domingo, febrero 04, 2018

Marisa Virginia (once)

Estoy en el tablado. La noche bellísima tiene un dejo de tristeza que se me hace eterna, una melancolía anunciando que falta poco antes que la Luna menguante trepe al cielo. El olor del humo y la risa de los niños en la pista enmarcan con justa alegría lo que para ha de ser una noche más del duelo que no termina nunca. Voy a abrir una lata de cerveza que apropiadamente ingresé de contrabando. Estoy solo, yo solo sentado alejado escribiendo. Voy a prender un cigarro y a fumarlo como quien adolesce de lo que ama, como quién padece una maldición siniestra de amores que no son. Voy a ahogar en mi silencio los coros de nuestra murga que acaba de bajar. Ya se fue, no hay ni rastros de su perfume en el tablado de mi alma. Porque hoy la he visto y ella también me vio. 
  Desperté a mediodía y antes que el apremiante dolor de mi codo, cayó encima de mí, el ardor sangrante del día anterior. La soledad dr mi casa solo admitía los acordes de nuestra murga, cantando desde antiguos carnavales. Todo el tiempo yo canté. Apenas pude comer, guardé en la heladera la mitad de lo que compré para un almuerzo frugal. A las dos de la tarde me llegó un correo de ella. Hablaba de no gastar más balas de plata en esto que ella se empeñaba en catalogar como "no sano". 
  Me invadió entonces la idea de ir al cementerio a visitar su tumba. No lo pude ni lo intenté combatir en momento alguno. Solo me bañe y me vestí bonito y de claro para que el veneno del luto no fuese tan evidente. Preparé el mate y partí a pié hasta el viejo cenenterio cerca del mar donde descansaba su cuerpo pero nunca su alma. Porque su alma padecía la singular maldición de seguir enganchada a mí. Partí de mi hogar con la certeza que iba a verla. Fui por la rambla temblando como una flor amarilla al viento fresco del verano. De camino, la poesía del carnaval me iba hinchando de grandes bríos y puedo decir que me sentí inmenso, valiente y por completo entregado a los mágicos poderes que dirigían los paranormales acontecimientos en los que ambos nos veíamos inmersos. Partí en busca de una epica de amor nunca jamás contada.  Sabiendo a todo momento lo descabellado de mi epopeya. Presintiendo acaso el fracaso asi como preparandome para una victoria del amor sobre la muerte, de una victoria de la luz sobre la oscuridad se todos los miedos. Cuadra a cuadra me iba acercando a la morada de mi amada inmortal, del más intenso amor que padecí en la vida. Marisa Virginia. 
  Llegué y me senté en la gran raíz dr un árbol que daba frente a su lápida. Le escribí entonces: te vine a buscar. Una hora casi pasó conmigo sentado al sol de Febrero. Nada, la quietud dominaba con lejanos cantos de aves a las cinco y media de la tarde. Yo seguía escuchando nuestras murgas en mis audífonos cuando, y que dios me quite las palabras si no es cierto, la música se detuvo de pronto y quedó en mis oidos el armónico de un silencio aterrador. Mi corazón comenzó a latir fuera de control, casi no podía mantener el dominio de mis procesos respiratorios. La vi. Pasó rápido y se metió como un vapor dentro de su lapida con flores frescas de otros amores.  Le silbé y ella no pareció oirme. Me quedé inmóvil, sentado en la vieja y retorcida raíz con el pecho como un terremoto, casi paralizado. Acaso pasaron así o unos 2 o 3 mintuos cuando me paré y me acerqué todo lo que pude a la sepultura. La llamé... Detrás de un ciprés apareció ella, Marisa Virginia, más hermosa que nunca, su pelo negro destruyendo la monotonía de la tarde y de mi vida, sus brazos tiernos, su boca suave y sus ojos... Sus ojos se llenaron de pánico al verme, tuvo un estremecimiento de horror y me hizo que no con su dedo para volver a esconderse tras el ciprés de su tumba. Partí entonces, como espantado en la lentitud de su rechazo, por la angustiosa negación de su miedo, me fui a toda prisa, lento, herido y desgarrado pero también feliz. Nos habíamos mirado. Los ojos chocaron en doloroso espanto. Me partió el corazón su terror, su huida agazapada tras un árbol, su indecisión temerosa que era más fuerte y mas eterna que la vida y la muerte. Me fui. Vine al tablado y antes de entrar le escribí que si sentía miedo de mí, se lo podía sacar de una viniendo hasta mí y comprobando con la libertad de su desconfianza que no soy ningún monstruo y que a mi modo, como pueda y como mejor me salga, la iba a amar y a perdonar siempre. Siempre la iba a adorar y a extrañar con lo más sincero de mi sensibildad de poeta de todo lo que no es y de lo que jamás fue. 
La tarde pasa en el viento
Su cuerpo de purpurina
Mi cuerpo ligeramente bronceado
Digo hola
Y ella adiós
No se por qué. 

Las balas de plata no nos matarán
La luna y su voz
Febrero
Jardín de imposbiles
Se abre de golpe
Y hay que tirarse
Porque el tiempo es hoy.

Vamos!

sábado, febrero 03, 2018

Marisa Virginia (diez)

Vení.

Freesat

Necesito que tengan conmigo, al menos un mínimo cuidado de las formas de expresión. Suelo desbarrancar. Lo reconozco. Mi año no dejó se ser edificante porque lo tuve que sobrevivir , y lo hice con mucho suceso, gozando de un gran avance en mis condiciones de vida, y no fue fácil, por lo partido que me quedé aquella noche. Esto no es parte del cuento, Vicky. Este es nuestro corazón en la linea. Sí fue edificante, me volví a construir desde el barro de lágrimas más hondo. No es solo un recurso decir que aquella noche hubo una muerte. Porque hubieron varias.

Miro Sherlock, eso sí. Re todo Londres, una salsa. Un restaurant de verde terciopelo y una mesa donde alguien propone matrimonio. Yolanda era la canción. Watson se va en un cabby.. No, en un uber. Hay túnicas blanquisímas y Molly Hooper. Lestrade se prende un pucho y hay un cuarto que da vuelta y se superpone al cepillo de fregar de Ms Hudson y ella grita y en una sucesión se primeros planos se le ve la campanilla. #SherlockIsNotDead.

I'm not shaving me for Sherlock Holmes.

El hermano le dice que no esta solitario y le responde que cómo lo podría saber. Si acá en mi casa entra la Luna derecho por la ventana. La luna toda de carnaval. Y me cae un correo, y se me estremece el corazón, pero era google y yo interrumpí el capítulo para escribir esta oración. El beso que me haría pucherear. Cae un poquito de nieve. No me juzgue, señora jueza. No me deseche por sentir intensamente, que ese es mi gran regalo de revolución. Estar acá mirando la tele para no estirar la pata, porque el codo ya ni estira. Andan en moto, yo juego a escribir entre una escena y la otra. Me pierdo un poco la línea argumental. Ya hay ruido de tambores. Grita una niña y hay una fogata bien grande. Le dijo que estaba muerto para cuidarlo. Letal. Bigote afeitado y listo. 

Y ta. Lloran, todos lloran.. Y en algún punto se tienen que abrazar. Y lo hacen.

Marisa Virginia (nueve)

No tardo Astophet en volver a batir sus alas de bruma sobre la cara frágil de nuestra lenta reconciliacion sobrenatural. No tardé en hacerla enojar, siempre ella tan susceptible, tan sensible como un árbol de luces en la tarde de los sentimientos secretos, siempre sin terminar de convencerse que soy un idiota, un idiota gruñón que no ha dejado de amarla ni por un segundo desde aquella primera noche que la vio con su hermosura, parada en la puerta del almacén, el mismo idiota que cegado por lo inexplicable, quiso besarla sin entender que estaba muy por fuera del protocolo. El mismo idiota que lloró su muerte y se culpó sin límite y se castigó a conciencia y que se sanó solito, en el tibio seno de la murga y en el salvajismo indómito de los servicios gastronómicos. El idiota que ama sin pensar y que cada tanto piensa sin amar. La hice enojar con mi estupidez de arrebato, porque sentí que dejaba yo de existir al creer, falsamente, que ella prefería los brazos de la muerte antes que los míos y en realidad, lo que me quiso decir, fue que por mis brazos podía trascender la muerte, volver a mi vida por una mirada más. Pero yo no entendí de tanto miedo que me dio todo. No entendí y ella se enojó. Entonces se desvaneció, se envolvió en un mutismo que me ocasionaba erupción de sarna del lado de adentro de la piel. La infernal resaca, las 3 horas de sueño y el dolor de mi codo no ayudaban en absoluto. Siempre fue como un picaflor asustadizo, y yo un ogro sensible que es mucho, mucho menos que su reputación. Corríamos en círculos de pánico por calles laberintos donde la luz se podía pudrir en un abrir y cerrar de un correo que conectaba la vida con la muerte. Mi muerte con su vida. Ahora había perdido el turno y lo inmediato se mostraba con disfraz de incertidumbre. Lo inusual es que ella se enojó al creer que yo, enojado, pretendía dañarla con palabras. Como si se pudiese también, matar a los muertos. Pero no hubo en mí, intención de daño alguna, solo impaciencia de temeroso distraído, solo un dolor de lejanía macerado un año en madrugadas de duelo sin testigos. Ahora me recorre un sentimiento parecido a la tristeza, que en los meandros de su "chau, de nuevo" me hace todo como tijeras por la piel. abunda, como dice la murga "la exquisita alquimia de morir y revivir". Una retirada que dura todo el rato, una retirada que es como el mar, como la lluvia. Mi niña de ojos nuevos, que llevó a pisar charcos bailando en el aguacero. Mi mano duele, duele de toda tu vida muerta, Marisa Virginia, duele en el medio se mi pecho. Esta mañana me emborraché con mil litros de tristeza y confusión. Pero ahora, en esta zozobra de barco roto explota un coro de espera pastosa en la frescura de mi sala de estar, acá donde nos amamos por última vez, aquella vez que los dos faltamos a trabajar para quedarnos abrazados, deseando vivos, que el tiempo no terminara nunca de pasar. Pero pasó. El silencio se va haciendo arena, el cielo cristaliza como una tarde de verano, anda el carnaval por la calle, descalzo y sin remera, todo se me junta y se mezcla en el caldo de una confianza extraña, como de desapego, que me susurra al oído que todo va a estar bien, que simplemente son ajustes o afinaciones de dos orgullosos sin remedio, que se quieren, eso sí. Que la voy a ver en la noche de carnaval y sus ojitos de luna me mirarán con ternura y reproche. Que va a volver a la vida en la calle de mis brazos. Que nos vamos a abrazar, que nos estamos abrazando entre las lágrimas del último adiós la sonrisa de la primera vez. Será más largo que nunca el día de hoy, mientras espero un correo mágico que con seguridad no llegará hasta dentro de un tiempo que para mí, más que largo, será el infinito tiempo de la muerte. 

viernes, febrero 02, 2018

Después del umbral, febrero

Flota una luz en la birra
Un crepúsculo danzante
Que susurra asustadizo
Sobre la piel de la espuma

Me tiembla la boca
Y sonríe con preocupación
Mi corazón sereno
Agita el vino de la sangre

Voy saboreando el color
Que trajo febrero entre sus plumas
Alguien dice basta
Alguien sueña laureles
Todo puja siempre por ser

Pasan los trenes vacíos
Suspiran los cauces de los ríos
Y se estremecen de amor
Las copas de los árboles.

Amor con gotas de adiós
Amor de carne desgarrada
Amor de universo secreto

Caen todas las palabras
En cíclica redundancia
Todo es hoy y todo es ahora
Frente a una vieja Iglesia
Repleta de relojes de nadie

Yo mismo caigo podrido
En un charco de insuficiencia
Donde la luna se burla de mis palabras
Y pasan mujeres con shorts
Arando la quietud de la madrugada

Esto es el último suspiro de la noche
Pronto cortará el alba
Acariciará el mar
Y empezará a patinar sin prisa
Por los primeros balcones

Flecha de noble penacho
En estanterías inmóviles
De júbilo y cantina con risas
Prenderé otro cigarro
Y volveré a llenar mi vaso
Para que todo lo que aun no es
Venga a pararse de manos
En la cara sin miedo
De mi mesa de afuera de Las Palmas.

Manzana de móviles aceros
Donde los semáforos mandan
Cielo blanco de una luna que hoy
Comienza a menguar...

Los camiones se llevan
El ruido de los ojos trasnochados
Los errantes aguardarán
Cementerios ambulantes
Y crucifijos de ciruelo
Donde la luz prohibida
Se descomponga de aburrimiento.

Un bandoneonista
Fuma cruzado de brazos
Se baja otra vez la murga
Por mis oídos y mi pecho
El mismo juego de cartas
La misma cortina azul
El mismo acertijo se dobla
Haciendo moños de nadie
En la lejanía que añoran mis brazos.

Su pelo, su cabellera de jacinto
Es como el éter y la sombra
Y yo lo toco... Sin las manos
La beso con ternura
Dese el palacio de mi mente
Y ella... 
En su espiral de miedos cómodos
Sentirá algo como un susurro
Que la mira y que la quiere
Y sabrá aunque duerma
Que mi amor la acompaña

El viento me habló de su perfume
Dejando un rastro de olvidos piadosos
Entre las mesas del bar
Y en la soledad desprevenida
De la vereda. 

El misterio de quererla
La dura verdad de preferirla
Se vuelve ahora
Un vaso de jazmines
En la guitarra de un dios exiliado

Camino cantando
Bajo serpentinas de suspenso
Bailo poseido
En un paso de confiada austeridad.

Se demora el amanecer
Entre canciones que la contienen
Que la guardan exacta
Como en las noches donde se atrevía

Igual al nacimiento y la muerte
Distinta a todo lo que amo
Vórtice inexplicable
De donde sale mi cielo de poesía
Heroína pagana de mi epopeya
Verdugo de las alas de un ave sin nombre

Escapista, escalera, estrella necia
No tiene prisa, pero sí planes
Que nunca salen bien.
Viejo trapecio donde cuelga el tiempo
Ahora de día
Y hay ladridos de motor
Y bichos tijera
Que le escupen la cara
A la muerte
Desafiando la dureza del aire
Y las languidas olas de su miedo

jueves, febrero 01, 2018

Marisa Virginia (ocho)

Después de eso, ya a las puertas de febrero, me fui a pasar una noche con mi familia a un balneario del Este. Fui perseguido, esta vez, por los recuerdos idílicos de nuestro primer verano. Recordaba haber venido a la misma cabaña, con el mismo sol tórrido y el mismo amor por ella que traía ahora, después de su muerte. A decir verdad, me era difícil precisar una diferencia sustancial entre la dificultad que ella proponía para nuestro amor estando viva, de la que proponía tras su defunción. Tanto en una como en la otra, yo me sentía presa del mismo desamparo y la misma incertidumbre, y me engrandecía la misma férrea voluntad y la misma determinación de estar en sus brazos a toda costa. "El hombre no se doblega ante los Ángeles ni cede por completo a la muerte como no sea por la flaqueza de su débil voluntad", ese pasaje de Joseph Glanville era, por encima del vulgar caparazón de las palabras, el faro espiritual que me guiaba, sosteniéndome, a través de toda esta locura. Conocía de primera mano los milagros de los que era capaz mi propia voluntad, pero también recordaba sin aletraciones, la voluntad de Marisa Virginia, su amor por la vida, su inagotable pasión por existir, y no creía descabellado en modo alguno que fuese capaz de trascender la muerte para cumplir los designios de su albedrío, tiñiéndolos con la gracia y la confusión de su histeriqueo sin límites. De modo que cuando la luna azul de fin de enero reinó sobre los pinares, volví a escribirle, ahora sí, manifestando de lleno mi resuelto deseo de volver a abrazarla, doblando por completo las más naturales normas de la propia existencia. Cuando ella respondió, solo habían pasado unas 2 o 3 horas desde que envié mi correo y lo que escribió venía afirmado en la misma tónica que sus anteriores respuestas. Simplemente: "No. Basta.". Entonces acometí haciendo uso de lo más fuerte de mi verba afiebrada por la locura y el deseo. Le recordé las maravillas orgánicas y los misterios de amor que eramos capaces de alcanzar juntos, sin más tiempo que la fugacidad de una noche o el del pálido estretor de una tarde de verano. Le recordé cuánto y cuán ígneo era el fuego que de irregular pasión manaba con caudal de océano y viento de selva. No escatimé en intensidad para convencerla, para hacerla entrar en la razón última que nuestro amor debería prevalecer a la muerte y sobre todo, trascender el oprobioso sentimiento que reinó durante nuestra nefasta despedida. A los 5 minutos, desde los oscuros dominios de lo innombrable llega su respuesta, esta vez, algo más blanda que la anterior: "hay luna llena y estás en el Este, deberias dejar el celular y yo, debería descansar". Esa noche me invadió el desconsuelo y la ansiedad. Di incontables vueltas en la cama mientras el inmenso astro derramaba su líquido marfil, plateando los verdes y alargando las sombras de la noche veraniega. Antes de caer finalmente dormido, casi pude sentir una veta del perfume de su cuello, flotando por el aire blanquecino que se colaba por entre el mosquitero. Luego, las alas neblinosas de la antigua Ashtophet volvieron a batirse en la noche y ella no volvió a responder durante mis pequeñas vacaciones, y yo no pude evitar sentirme embebido en los verdes efluvios de los celos. No podía soportar que los desconocidos placeres de la muerte pudiesen ser para ella, más atractivos que el calor y la verdad que mi vida le ofrecía. Mi humor se tornó sombrío, mis ojos, dos pozos de amarga desolación. Ya poco me importaban los dictámenes de la naturaleza, la continuidad de la conocida existencia. Solo quería arrastrarla, sacándola del Estigio para reanimarla con el ardor de mis besos, con la honesta propuesta de mi abrazo de amor inmortal.