Un temblor de vidrio
En la calle secreta.
Dos agujas que se persiguen
Absurdamente
Y aquellos ojos marrones
Son dos heridas
En la carne trémula del río.
Voy a terminar
antes de salir
De ciudad vieja.
y El Fiancheto Podcast
Un temblor de vidrio
En la calle secreta.
Dos agujas que se persiguen
Absurdamente
Y aquellos ojos marrones
Son dos heridas
En la carne trémula del río.
Voy a terminar
antes de salir
De ciudad vieja.
Aniquilar el deseo en la multitud
Entre silencios de humo
Y manos traslúcidas
Que arañan el futuro.
Ahora recuerdo el vacío del verano
En la plaza mayor de Río Cuarto
Y la inmensa sombra de un cóndor
En la cordillera de los Andes.
La fortuna de no tener que explicarte.
Un suspiro tuerto se echa a dormir
En el barro.
El sol estira un dedo lánguido
En la tarde celeste del sábado.
Respira el invierno, tomando carrera.
Me sorprende el mismo mar de siempre
Plateado por la súbita claridad
Que dobla el horizonte.
La venganza de la noche fue fatal,
No hubo milagros que acallaran el dolor.
Sitió la bruma una bahía de metal
Y un caserón se hizo cenizas frente al cerro.
Rugió el silencio con un súbito rigor
Fue cosechando telarañas en los techos.
Cuando amanezca se termina el carnaval
E ira apagándose en los ojos de los perros.
No hay más nada que decir,
Mis palabras se rindieron.
Quedó el reflejo de una mísera ilusión
Tras las noches que se fueron.
Flores de tinta se agotaron sin perdón
Nunca llegaron a la orilla de su puerto.
Y su mirada tan idéntica al amor
Siguió caminos que sin lágrimas huyeron.
El reloj empecinado en recordar
Hirió de nubes madrugadas y viveros.
Un vino lánguido que se fundió en el mar
Manchó su nombre y las ventanas de mis sueños
El sábado en ciudad vieja tiene la sal celeste de mis lágrimas, la emoción profunda de la pertenencia y una brisa húmeda que llega llena de alegres fantasmas. Las calles vacías, los balcones quebrados y el teatro apagado de una vida fugaz. A veces cuesta soportar los vacíos que dejaron los abrazos del amor, aunque todavía existan. Aunque todo se renueva siempre; y el invierno en su inclemencia, haya devorado los pétalos de la juventud. Se me caen éstas palabras, es verdad, pero mi mano -a veces cruel- se empecina en escribirlas con cariño.
Usar la sangre como cadenas, los corazones como hogueras donde arde la indignación errática, una estrategia estudiada cuyos cadáveres aguardan aún sepultura tras los entretelones de la historia. Nunca imaginé un regreso tan explícito del fascismo, nunca preví este nuevo despertar del odio, ésta nauseabunda simplificación de la realidad, ésta humanidad furiosa que se aniquila a si misma con la metralla de su incomprensión.
Pasa la vida, pero nunca la sensación de urgencia que contagian sus diferentes respuestas. Como si el permanente escape de su singularidad fuese, para nosotros, la única manera de existir. Sin embargo, jamás se distancia del todo, siempre estamos a tiro de su lazo definitivo y a pocos minutos de presenciar la verdad revelada. Estamos siempre en la punta de la lengua de dios .