El tiempo dió toda la vuelta.
Me asaltó tras ésta esquina
El aire de la década anterior,
Con la angustia de sus duelos
Superpuestos
Sembró hebras de oro blanco
En el medio de mi barba.
El súcubo de su ausencia
Una vez más
Me hizo el amor en un sueño
y El Fiancheto Podcast
El tiempo dió toda la vuelta.
Me asaltó tras ésta esquina
El aire de la década anterior,
Con la angustia de sus duelos
Superpuestos
Sembró hebras de oro blanco
En el medio de mi barba.
El súcubo de su ausencia
Una vez más
Me hizo el amor en un sueño
Encadenado a la lluvia
El corazón liviano
Florece entre miedos.
La despedida continua
De un amor itinerante
Baila con los pétalos al viento
Y llora de felicidad.
Un temblor de vidrio
En la calle secreta.
Dos agujas que se persiguen
Absurdamente
Y aquellos ojos marrones
Son dos heridas
En la carne trémula del río.
Voy a terminar
antes de salir
De ciudad vieja.
Aniquilar el deseo en la multitud
Entre silencios de humo
Y manos traslúcidas
Que arañan el futuro.
Ahora recuerdo el vacío del verano
En la plaza mayor de Río Cuarto
Y la inmensa sombra de un cóndor
En la cordillera de los Andes.
La fortuna de no tener que explicarte.
Un suspiro tuerto se echa a dormir
En el barro.
El sol estira un dedo lánguido
En la tarde celeste del sábado.
Respira el invierno, tomando carrera.
Me sorprende el mismo mar de siempre
Plateado por la súbita claridad
Que dobla el horizonte.
La venganza de la noche fue fatal,
No hubo milagros que acallaran el dolor.
Sitió la bruma una bahía de metal
Y un caserón se hizo cenizas frente al cerro.
Rugió el silencio con un súbito rigor
Fue cosechando telarañas en los techos.
Cuando amanezca se termina el carnaval
E ira apagándose en los ojos de los perros.
No hay más nada que decir,
Mis palabras se rindieron.
Quedó el reflejo de una mísera ilusión
Tras las noches que se fueron.
Flores de tinta se agotaron sin perdón
Nunca llegaron a la orilla de su puerto.
Y su mirada tan idéntica al amor
Siguió caminos que sin lágrimas huyeron.
El reloj empecinado en recordar
Hirió de nubes madrugadas y viveros.
Un vino lánguido que se fundió en el mar
Manchó su nombre y las ventanas de mis sueños
El sábado en ciudad vieja tiene la sal celeste de mis lágrimas, la emoción profunda de la pertenencia y una brisa húmeda que llega llena de alegres fantasmas. Las calles vacías, los balcones quebrados y el teatro apagado de una vida fugaz. A veces cuesta soportar los vacíos que dejaron los abrazos del amor, aunque todavía existan. Aunque todo se renueva siempre; y el invierno en su inclemencia, haya devorado los pétalos de la juventud. Se me caen éstas palabras, es verdad, pero mi mano -a veces cruel- se empecina en escribirlas con cariño.