domingo, octubre 22, 2017

Otra calle Guayabos

Me parece que estoy imaginando cosas, porque el sol dio ya su vuelta y vos estás acá. Me parece que veo en mi propio living, la sonrisa que a la madrugada me roba suspiros y puteadas. Será el corazón lo que siento latiendo en mi sien? Me parece que soy como un calamar que se atora con sus palabras de tinta y de mar. Puede ser el viento de mi propia fantasía el que barre las estrellas que se me caen, o la noche, donde entre escupidas y barajas, quiero decirte que pienso tanto en vos... pero finalmente me voy por la calle guayabos, sólo, aturdido por la tosca gravedad de mis silencios y cantando siempre la misma canción final. Claro que el haberte acompañando hasta las 3 de la mañana, no tiene nada que ver con lo buena o mala persona que sea, sino con esta esencial cuestión: no podía apartarme de los misteriosos diamantes que me miraban desde tu cara, ese caribe, ese mediodía que me desvela en la permanente noche de mis versos. Sé que estamos lejos, separados por tanto más que los 20 centímetros que hay entre tus manos y las mías, lo sé, pero no podía irme, dejándolos flotar en la noche del estúpido jackson bar, donde gracias a la verdad de tus colores, y un poco (no tanto) a mi súplica silenciosa, no entraste. Tanto es así que hoy me da un poco menos de terror pasar por la Facultad de sociales o ver la antena del canal 10. Tanto es así que mis sueños se abren para que tu imagen se cuele y mis poemas desdibujan su atronadora oscuridad y me encuentro escribiendo flores o aves o árboles y no ya sórdidos palacios, ni escaleras podridas, ni gatos con rabia de adiós. Voy a tener que controlarme, por mi bien, dejar de vagar en esa realidad alucinada que me duró hasta que te tomaste el ómnibus y que ahora, con dolor en las piernas, me suena tan improbable. 

miércoles, octubre 18, 2017

Banco de la Matríz

Me rodea un círculo de cantos de gorrión, me arde el pecho y acaso tiemblan mis manos al darme cuenta cabal del lugar donde los pies me patinan. Todo ese encanto, toda esa risa, ennegrece de pronto ante una llovizna o un recuerdo. Los psiquiátricos y los muertos, los temporales y las alas abatidas del campanario. Todo da las dos de la tarde, mi reloj de pulsera se derrite, soy un sacerdote del sacrilegio, un hereje de la verdad de mi propio corazón, y eso está bien, para haber amanecido con vida.

Resta ahora el tiempo salvaje de la reconstrucción, cuando del poniente vengan y atraquen barcos cargados de luz, para que entre los bancos de niebla infinitos, adoloridos peones del fuego, vuelvan a instaurar una sonrisa, en mis labios de mueca combada. La ciudad es ansiedad, es un dolor vivo donde aquello que esta al venir, se insinúa apareciendo inasible e inaccesible debajo de un grupo de mujeres, que en su media hora de deacanso, celebran con gritos, algo que no alcanzo a distinguir. Envolvente, cansino, distraído, retrasado, solitario y con zapatos que lastiman, pasa Montevideo para que yo lo escriba, como un bichito de primavera, que huye a cobijarse en los brazos de un desconocido. 

lunes, octubre 16, 2017

Casi ganar

Desenlutar. Conjurar esa sombra y esa lápida, abrir para la inmensidad del cielo, las derribadas puertas del alma. Dejarse curar aquella llovizna y aquel camino con árboles y luz naranja. Vivir, parece tratarse, sin remedio, de ir adelantando obstáculos o zafando panteras o acomodando rulemanes rotos, siempre viene alguna jugada insólita que logrará poner a prueba nuestro temple, una y otra vez hasta que el sol se apague.
Una oruga recorre la madrugada, tarareando recuerdos táctiles, saboreando memorias de aceites de la más deliciosa pasión, entre estrellas perdidas y nubes de tormenta. Se traza una línea, que a nadie importa, donde de un lado unos y del otro lado nadie sabe, dicen que es la muerte o algo parecido, yo ya me refugio en mis miedos para poder soportar la tempestad y el olvido.

Después sale el sol, al distraerse juega un rato entre los pastos, ahí pasará un hornero y más tarde otra vez la noche. Entonces tornar y sonreir despacio, hasta que cante otro pájaro ansioso, cuando ya parece que definitivamente nunca volveremos a abrazarnos, porque amenaza el sol desde algún rincón para siempre y la noche sigue hasta desembocar en esta otra aurora, que no es más que un larguísimo reguero de ausencias, mientras entono, con resignación, los versos finales de este tango para orquesta de golondrinas y sábanas vacías, lo voy desenvolviendo, último y susurrado por el bulevar... Suena el bandoneón del amanecer. Mis amigos ya se han ido a sus casas.


jueves, octubre 12, 2017

Una flor... Del cielo

Esta noche es delicia de mi curiosidad, porque el viento trae un perfume demorado entre las flores, a jugar a medio camino de tus ojos y los míos. Me pareció ser un reloj de arena, cuando casi se cae de tus labios un beso inmaduro, bajo el cielo recien barrido y la luna que adelgaza de paciencia y fascinación. Al momento de cantar, no me hace falta ver tu perfil de marfiles y turquesas, porque me recorre el fluido natural de tu pasión como un rocío o una fina niebla de nuez y de alegría. Entonces sé lo que te pasa, entiendo porque a veces te retiras apenas del friso para ser cariatide de ausencias en la frágil longitud de la clarinada. Pero cuando tu voz alcanza a la mía y ambas se funden en un conjuro sin trancaderas,  el infinito de tu pelo se vuelve canela y vapor, irracional amuleto de mis ojos, caricia al vacío en el aire sonriente del chulo.

Toda mi agonía es un volver a florecer alguna vez para tus piernas de arquitectura helénica. Nos darán las 3 en una plaza, acaso mañana o tal vez nunca,  mientras te busco en las penumbras.  

miércoles, octubre 11, 2017

Historia de Valentín Fonseca (final)

 Algo dentro mío cedió, como una cuerda vieja y florecida ante lo inevitable del tiempo. Pasé instantáneamente de una posición pasiva hacia la terrorífica magia del sueño, a una agresiva, dominante, consciente a un nivel de profundidad que me sorprendió por lo familiar que se me hizo, era como si toda la vida hubiese habitado en mi interior aquel ser de posibilidades infinitas y que recién en el momento en que los vi parados en medio del living, vino a despertarse, cargado de una confianza apenas tan grande como su curiosidad ante un mundo que, era en verdad infinitamente más complejo que este y donde las reglas establecidas en nuestra "civilización" ordinaria, se desdibujaban ante el peso definitivo de los hechos.
   El doctor Fonseca clavó sus ojos en los míos, adivinando el sismo que acababa de sacudirme. Devolví su mirada con un mensaje telepático que el respondió del mismo modo.
  - Veo que va empezando a agarrar antena, doctor. Claro que está despierto y que estamos en la más pura realidad... aunque adivino que ya no le esta costando tanto admitir que el mundo es mucho más grande de lo que nos contaron.
  Su mirada era su voz y yo la escuchaba con toda claridad dentro de mi cuerpo. Mientras tanto el ser acuoso se aproximaba muy despacio hacia donde estaba yo, levitando a 20 milimetros del suelo. Me llené de inmediato de una sensación de fascinación y admiración ante la insólita longevidad de su consciencia, sentí ganas de abrazarlo, como si se tratase de una especie de árbol anterior a la creación del mundo. El ser pareció sentir mi emoción y respondió dando un saltito hacia atrás para volverse a guarecer detrás del doctor Fonseca.
  Pude darme cuenta que la intensidad de mi estallido lo había sobresaltado y creí entonces conocer mucho más de su naturaleza inorgánica de lo que jamás hubiese podido predecir, amén que dos semanas antes, me negaba rotundamente a admitir que tal forma de vida era si quiera posible.
  - Administre su intensidad, doctor - dijo Fonseca. - Recuerde como reaccionó nuestro amigo cuando usted le entregó un pánico desmedido. Se le apareció como una figura aterradora, verdad, bien, esa es su forma de responder ante las emociones peligrosas, como el miedo. La admiración que sintió recién lo hizo retroceder ya que es un poco más compleja de lo que ellos están acostumbrados a sentir.
  - Pero el miedo que sentí cuando salió del agua tambien fue intenso, propio de un ser orgánico, cómo fue que pudo distinguirlo y reaccionar de tal manera.
  - Se equivoca, el miedo es universal, doctor, la admiración y el afecto no. Le puedo asegurar que el miedo trasciende todos los niveles de la vida consciente, que son mayormente inorgánicos. De hecho este es el único nivel de vida consciente orgánico. Nosotros somos los raros, aunque todos son capaces a su modo, de sentir miedo. Nuestro funcionamiento es más breve, nuestra forma de vida está llena de luz dado la alta fricción de nuestros organismos, nuestra consciencia es cálida, como una pequeña hoguera. No resulta descabellado entonces que se sientan naturalmente atraídos al resplandor lumínico y el calor de nuestra corta vida de huesos y sangre. Eso me recuerda al asunto medular de nuestro encuentro, quería proponerle formalmente una oferta única: Venga con nosotros. Dígalo y vayamos en un viaje de eternidad y conocimiento.

  En ese momento crucial, en el que debía decidir sobre el destino de mi cuerpo y mi  futuro, tuve la inquietud de girar sobre mí y volver a empujar la puerta de mi cuarto. En efecto, mi cuerpo dormía semi envuelto en las  sábanas beige y el acolchado blanco. Sentí que perdía pié, que comenzaba a caer, el peso de mi cuerpo, desparramado en la cama comenzó a transferirse al mío que estaba parado, hablando con Valentín. Me mareé y sentí náusea, todo el ámbito de mi apartamento cedió ante un giro de vértigo y volví a despertar, esta vez envuelto en las sábanas beige y el acolchado blanco. Un calambre en el posterior derecho me hacía retorcer de dolor, intentaba estirarlo, pero no podía. Así y todo me volví a tirar de la cama, desesperado por ver si el doctor y el ser acuoso continuaban ahí, no estaban. Me derrumbé en el sofá de dos cuerpos y no terminaba de disociar ambas realidades.  Sentía mucho sueño y el dolor de mi pierna era todavía grande, pero yo había quedado fragmentado, partido por todo lo que acababa de ocurrir. Pensé en volver al apartamento de mi colega, arrastrando la racional esperanza de encotrarlo ahí y que al contarle lo ocurrido el se hubiese reído y descartado todo, diciendo que todo era culpa del estrés a causa del trato con la gente del laboratorio, pero me pareció inútil, pues ya estaba convencido que mi amigo ya no pertenecía a este mundo. También en ese momento recordé la reunión con la gente del laboratorio y me pareció todo tan intrascendente, tan vacío y falto de sustancia que tomé una decisión que ahora me doy cuenta, es la única que podría haber tomado: tomé mi agenda, apagué mi telefono celular y me puse a escribir sobre los días del calendario, toda la historia, lo más ajustada a la "realidad" que me fue posible. Han sido ya casi 5 horas de continua escritura. Aún tengo sentido el posterior y me duele mucho la espalda debido a la exigente postura. Luego iré a orinar y después a dormir.

domingo, octubre 08, 2017

Oktöberfesti

Fernet en vaso de utilería
Delicia celeste que no alcanzo
Porque vestidito hasta el tobillo
Porque redoblante y micrófono
Sedas de la pasión en silencio

Chela brasilera y frutillón negro
En los dientes color del amor
La de momolandia
Y la de total fruición
Que padece la desidia del amor
Son hoy la misma persona.

La ventana con silencios
El viento en la universidad
Y tuvimos una conexión
Espectral, de tensión
Casi ausente...

El domingo avanza
Con su cochero gris
Y un viento suave
Que estira la mano

Yo voy a escribir
Hasta que fugue la luna
Hasta que vuelva a morir
En manos de mi destino.


jueves, octubre 05, 2017

Historia de Valentín Fonseca (penúltimo)


  Obedecí a su propuesta y me dejé llevar por una oscura y mórbida curiosidad. Aquella ensoñación, lejos de perder fuerza, iba adquiriendo ribetes cada vez más viscerales y toda la capacidad de mi atención se hallaba concentrada en la inusual claridad cognitiva de la descabellada experiencia.
Una parte de mí, dura, recia e inflexible, se hallaba plenamente al tanto de que todo era un sueño, una construcción de los sentidos oníricos y nada más, y se dejaba fluir sin temores ni trancas de ningún tipo; otra parte, menor aunque en extremo tenaz y cauta, padecía un pánico primitvo y se negaba a dar todo aquello por una simple proyección mental inofensiva, alertando, a su vez, a todo mi ser físico con un mensaje de absoluta necedidad de sobriedad y de cautela, en la que la laxitud que la otra parte experimentaba y me transmitía, era en verdad, un verdadero peligro para mi vida.
  Mi colega pareció percatarse de inmediato de mis tribulaciones y con un susurro contenedor me instó, desde algún punto indefinido, a que me permitiese maravillarme, sin preguntas, con la incomprensible magia que estaba protagonizando.
  Me tumbé de lado en el piso de madera de la propia cúpula del Salvo e intenté volver a quedarme dormido, cosa que para mi sopresa ocurrió en el mismo instante.
  La infinita negritud me abrazó como una fuerza etérea, sus alas, como las de un cuervo infinito, me cubrieron de silencio por un lapso que me pareció muy breve, pero que, dada la pasmosa gomosidad en la que discurrió, lo supe finalmente larguísimo, y me di cabal cuenta que al menos transcurrieron tres cuartos de hora mientras las sensaciones incorpóreas más indescriptibles me iban desarmando y volviendo a armar. Tuvieron lugar en mí una serie de sensaciones nunca antes experimentadas por mi cuerpo. Hablar de una dualidad de escencias propias, girando y acercándose en un juego magnético de conciencias insospechadas, sería exagerado y para nada explicativo. Más acertado sería decir (aunque tampoco alcanzaría a describirlo con efectividad) que cada punto de mi ser, fue consciente de todo lo que estaba sucediendo y que pude al fin dejarme llevar hacia una unión natural, aunque algo incómoda, entre las dos partes de mi consciencia que mencioné más arriba, esa difusa fusión de dos elementos no del todo conocidos pero singularmente familiares, acabó en una actitud o sensación de protección, de seguridad y abandono, de cauta valentía y serenidad que finalmente me tomó por completo.
Intenté despertar.
Entonces vi que un resolandor se colaba por detrás de mis párpados y escuché con toda claridad un sonido similar a un murmullo eléctrico lejano.
- Ahora abra los ojos, vamos - la voz de mi amigo sonó asombrosamente cristalina, tan cerca de mí, que me pareció escucharla dentro de mi cabeza.
  Abrí los ojos. Estaba despierto y en mi cama de todas las noches. Había amanecido y la palidez de la luz celeste del alba, flotaba lánguida entre los rincones de mi cuarto. Tuve la instintiva reacción de incorporarme y lo hice, motivado además por una profunda sed de agua que me llevó a bajar las piernas de la cama y obligar al torso a ir tras ellas para girar el picaporte de la puerta, tirar de ella y salir al pasillo, tambaleante y algo mareado, con rumbo a la heladera.
  Casi ni me costó creer ni digerir la presencia del Doctor Valentín Fonseca parado en medio de mi sala de estar, acompañado por dos anchos seres acuosos que brillaban y ondulaban en curiosa e inquieta actitud.

  Sonrió. Nada volvió a ser lo mismo dentro de mí luego de ese momento.