sábado, agosto 05, 2017

Historia de Valentin Fonseca (parte 3)

  Simplemente me aterrorizó. Algo a un nivel primario se disparó dentro de mi cuerpo a causa del carácter inesperado de aquel olor de mar revuelta, salido de la nada, inapropiado por demás dentro del baño de mi amigo que siempre olía a la misma mezcla de lavanda y lejía, de brocha de afeitar y jabón astral . No pude siquiera racionalizar la causa de aquella reacción, me hallaba algo confundido, como fuera de mí incluso antes de entrar al baño, pero después de esto mi estado de ánimo sufrió un derrumbe de sismo que definitivamente aflojó toda la musculatura de mis prienas, me mareé, me recorrió un estallido de sudor frío y los finos azulejos del baño giraron sin control al rededor mío. Me hubiese desmayado, de no ser porque en el preciso instante en que mis ojos se llenaban de destellos blancos, mi colega golpeó la puerta preguntándome, a través de ella si me encontraba bien. Dije que sí y pude entonces, juntar la fuerza suficiente como para aparentar dominio sobre mis facultades, acomodarme la ropa y tras lavarme las manos y la cara, salir del cuarto de baño para volver a mi anfitrión evitando dar una imagen de indisposición.
    - Se encuentra bien, doctor?- preguntó mi amigo.
    - Sí, no se preocupe, todo esta en orden- repuse intentando enmascarar la insólita sensación de ahogo y mareo que, aunque desvaneciéndose, aún me recorría.
    Los ojos de mi colega, el brillo pálido de su piel y el tono profundo de su voz, lejos de tranquilizarme, me provocaron todavía mas desconcierto. Una sospecha extravagante se apoderó de mí al percibir el disimulado temblor de sus manos. No dije nada. Volvimos a sentarnos, la música de Beethoven cesó y el sonido de una lluvia pesada se hizo con el silencio de la sala. El tiempo se volvió grumoso y viscoso durante unos minutos. El doctor estaba de espaldas mirando por la ventanas, como más allá de la gruesa cortina de agua que se batía sobre el vidrio, como con un chasquido interminable. Mi celular vibraba dentro del bolsillo con regularidad, pero yo pretendía ignorarlo, imponiéndose en mis pensamientos la idea de Celia haciéndose cargo de todo, tan operativa y leal. 
    Solo intentó mi amigo comunicarse conmigo en una ocasión y fue cuando se dio vuelta y me miro con unos ojos inquietos y una mueca de contracción en los labios. 
   - A pesar de tanto estudio no sabemos nada de este mundo doctor. No alcanzarían cien mil vidas para entender... - dijo y era una sombra cuyos pasos se perdían en la risa de la lluvia.
   Sus palabras y el tono que empleó para pronunciarlas me arrinconaron forzando a mis ojos a clavarse en el suelo, solo pensaba en irme apenas se mitigara el agua. Pero llovió todavía más fuerte y no me quise resignar a quedarme más, pero el atronador rugido de un trueno reventó en la cercanía de la aduana y me sentí paralizado.
   - Pero qué le voy a decir a usted, si veo que sabe más de lo que piensa qué sabe.
   No contesté. Un enfermizo caos de sensaciones hicieron un nudo en mi cavidad abdominal y emití una vaga expresión de asentimiento. Mi amigo a mis espaldas se rió entre dientes de nuevo mirando la lluvia sobre los techos vacíos.

martes, agosto 01, 2017

Historia de Valentín Fonseca (parte 2)

 Por lo tanto no es de extrañar que al otro día, cuando dieron las siete, con su frío y su gris, y sonó la alarma de mi teléfono celular, yo me encontrase desprovisto de toda fuerza. Intenté incorporarme en mi cama y como es inquebrantable costumbre en mí, salir a enfrentar el día con determinación y disciplina, pero no pude. Algo me retenía, me cargaba cada músculo con una pesadumbre ignota que definitivamente me inmovilizaba en mi lecho. Entonces la otra pesadumbre, la de mi deber, acometió sobre mi mente y en un acceso de voluntad llamé a Celia, para que cancelara todas mis consultas del día. Del otro lado, Celia se asombró tanto que pude distinguir un temblor de incertidumbre en su voz, generalmente recia, inflexible y sin lugar para dudas de ninguna índole. 
  -Tranquila Celia, todo esta bien. Necesito dormir hoy, pero estoy bien.
   Volví a dormir en un acto de desahucio, sometido por las extrañas fuerzas que, como nunca en mi vida, me obligaban a permanecer en la cama. Un sueño plomizo descolló entonces y en él transcurrieron acaso seis horas sin interrupción, luego me desperté y atiné a chequear el celular, pero la cantidad de mensajes y de llamados perdidos me pareció un peso imposible de levantar en aquella penumbra entre el día y la noche, generada dentro de mi cuarto con sus persianas cerradas en la que, casi como un acto involuntario, volví a dormir. 
   Lejos de acomodarse, las cosas se volvieron cada vez mas irregulares, cuando salté de la cama por despertar nuevamente en la misma tonalidad de penumbra y me paraeció escalofriante ya que tenia constancia que el tiempo había pasado. Me hallé desorientado y tomé el teléfono de la mesa de luz. 18:40. 
   Corrí a casa de mi amigo, saltando los charcos de una lluvia que jamás llegué a percibir, plenamente indistinto a todo lo que sucedió, podría decir olvidado del ser acuoso y de las horas de irregularidad del sueño. Corrí por la ciudad vieja, literalmente. Sin saber bien por que, me agobiaba el apuro por ver a mi amigo o tal vez por salir de mi casa. Llegué a la puerta del antiguo edificio de apartamentos de la calle sarandí y toqué el timbre del 301. La voz de mi amigo como un crujido ancestral preguntó quien era a traves  del portero electrico y en menos de un minuto estaba yo ingresando a su hogar, con las manos heladas y el corazón acelerado. Me invitó a tomar asiento y ambos ocupamos lugares opuestos en la antigua mesa de lapacho que su padre le había regalado cuando se mudó solo, allá por el año 1998, al mismo apartamento del tercer piso en el que estábamos ahora trabando una charla algo trancada. Algo nos sucedía pero ni él ni yo soltábamos prenda acerca del motivo de nuestra inusual conducta. Mi amigo se levantó de pronto y fue hasta la cocina. Trajo un paquete con un budín de chocolate cuya apariencia era polvorienta e insospechada, temí que la conservara desde las nacida des, lo que me resultó inapropiado en mi colega, ya que sus hábitos siempre se han distinguido por la pulcritud y su orden. Lo puso sobre la mesa de una forma que lo hizo ver más fuera de contexto todavía. Yo miraba el suelo e intercalaba por entre las cortinas, con la vista sobre la peatonal sarandí. Mi amigo simuló buscar algo en su biblioteca con aire desinteresado. Ninguno hablaba. Al final puso un disco. El emperador, de Beethoven. 
   Logramos sentarnos y distendernos aun sin intercambiar diálogo alguno. El budín permanecía inmóvil y como olvidado sobre la mesa. La música llenaba entonces el aire con estilizada belleza y el piano amaba rudamente a la exuberante orquesta. Afuera parecía haber comenzado a llover. El cielo estaba oscurecido. 
   La casa de mi colega era especial en sus olores. Incluso antes de enviudecer, el apartamento resumaba ciertas fragancias leves, producto de su metódica existencia y sus higiénicos hábitos. Cada ambiente del amplio apartamento regalaba un matiz distinto del mismo perfume, que en realidad era la suma exacta de cada una de las cosas que el doctor tenía en su casa. Pasaron ya casi 15 años desde la época en que nos conocimos, cuando coincidimos en las primeras clínicas y trabamos una solida amistad, y los suaves matices de aroma propios de este hogar, siempre han despertado en mi una mezcla de solemnidad y distancia, fundada en la inalterabilidad de los mismos. Por eso sentí un espanto repentino cuando pase al baño y me dispuse a orinar... No lo capté inmediatamente, pero cúa do llevé las manos a la zona baja el penetrante olor de mar revuelto me abofeteó estremeciendome. 

viernes, julio 28, 2017

historia de Valentín Fonseca (parte 1)


  •    Parece normal ahora, pero no lo es y hasta yo mismo puedo advertirlo. Incluso aunque mi concepto de normalidad diste mucho del suyo estimado lector o lectora, reconozco que estas experiencias, de las que voy a dejar constancia en el presente texto, escapan por completo a cualquier intento de digestión intelectual guiado por el sentido común. Ha pasado más de un mes desde la primer instancia, de la que guardo un estremecedor recuerdo y cuya singularidad me causó en ese momento, un terror paralizante que me impidió hasta ahora, intentar compartir con el mundo lo sobrenatural de los inusuales acontecimientos. 
  •  Era un martes gélido aunque soleado de principios del invierno y me hallaba yo en casa de mi mejor amigo , convidado por este a tomar unos mates y conversar de nuestras pasiones. Después de un buen cuarto de hora de conversaciones terrenales, mi amigo me invitó a que aprontase el mate. El frío dentro del apartamento era a esa horas, próximas al ocaso, como una presencia incómoda y dolorosa que a cada minuto se volvía más intensa. De modo que fui a la cocina y abrí la jarra eléctrica con el propósito de llenarla con agua para la infusión, desde la sala mi amigo me avisó que en el termo aun quedaba algo de agua y que la reutilice. Nada pudo prevenir a mi tranquila psiquis de lo que estaba por suceder, abrí el termo y cuando volqué su contenido dentro de la jarra pude distinguirlo con aterradora claridad: un cuerpo de agua sólida. Dentro del flujo que vertía en la jarra, un cuerpo informe y de apariencia casi gelatinosa se camuflaba con el agua y se perdió dentro de la jarra sin emitir sonido alguno. Fue tan clara y sustancial su presencia que ahogué un grito de sorprendido espanto dentro de mi boca y soltando ambos implementos di dos pasos hacia atrás. En ese momento me vi en la disyuntiva sobre si contarle o no a mi amigo acerca de lo que acababa de atestiguar y si bien la imagen no dejaba lugar a dudas sobre su aterradora realidad, decidí no compartirla, ya que por supuesto, cuando revisé dentro del aparato, no lo volví a ver. Me sentí pálido por unos segundos, hasta recuerdo haberme mareado un poco. Sin embargo toda sensación de molestia se desvaneció de pronto y en 15 segundos su impacto fue naturalizado en mí a tal punto que proseguí con la tarea que me habían encomendado y puse el agua a hervir e hirvió y tomamos mate y comimos pan con dulce de membrillo sin ninguna intervención ni del cuerpo misterioso ni de su recuerdo en mi cabeza. 
  •    Esa noche, ya en mi propio apartamento, maltratado por el frío del camino, tuve ganas de preparar un té para llevarme a la cama y realicé el procedimiento con absoluta cautela pero finalmente sin ningún tipo de sorpresas, así que descarté lo sucedido en casa de mi amigo y me fui a la cama con total tranquilidad. Caí dormido casi de forma automática tras haberme terminado el té e ingresé al mundo de los sueños promovido por un cansancio físico algo extraño para mis habituales noches de soledad. Eran poco antes de las diez y media de la noche. 
  •     El día siguiente se desarrolló con regularidad hasta poco antes de las seis de la tarde, cuando me hallaba apostado en el balcón mirando al sol sumergirse en las violáceas aguas del poniente invernal. Fue entonces que el recuerdo vívido del sueño me asaltó con despiadada claridad. Había soñado que estaba sentado al cordón de la vereda en una calle absolutamente familiar y que bajo mis pies corría un agua verdosa y pestilente y que me estaba humedeciendo los bordes del calzado, entonces me paré de un salto y fijé toda mi atención en mis pies, un poco molesto por no haberme dado cuenta de donde los había puesto. La molestia cesó y en su lugar surgió una honda sensación de curiosidad al ver como el minúsculo caudal de agua podrida se convertía en un delgado riachuelo de aguas cristalinas y el entorno trasmutaba de urbano a agreste con esa naturalidad que solo en los sueños sucede sin ocasionar profundos sobresaltos. El cielo era inmenso sobre mí y reinaba el silencio apenas perturbado por el fluir del agua. Me invadió una calma inusitada y me centré en la contemplación de la nueva escena, pero apenas se restableció la continuidad de mi percepción pude distinguir frente a mis ojos, en medio de la tenue corriente, un cuerpo sólido que parecía flotar delante de mí, se trataba de la misma materia acuosa que habitaba en el termo.En el acto lo asocié con la insolita experiencia en la vigilia durante el día y sentí una especie de curioso cariño por aquello que claramente había vuelto a mi encuentro dentro del sueño. De modo que me tendí en la fresca grama de la orilla y me dispuse a mirarlo con detenimiento, intentando, de algún modo, entablar una comunicación con el cuerpo que en ese instante se me antojó no solo vivo y consciente de sí mismo, sino amigable y más aún, ansioso por tener un contacto conmigo. Fue en ese momento que miré hacia abajo y me di cuenta que mi ser carecía de sustancia, es decir, al enfocar mi vista en el suelo, en lugar de mi cuerpo y mis pies, solo pude ver el mullido césped siendo apenas acariciado por una brisa delicada. Al volver a dirigir mi mirada al agua y al extraño ser que en ella parecía flotar, el agreste paisaje se disolvió de la nada y quedé entonces como entumecido en una infinita penumbra de gris rojizo, donde un ululante zumbido presidía el aire y dentro del cual, y frente a mí, a unos dos o tres metros, este fascinante ser acuoso me miraba. Digo miraba porque sin un ápice de dudas pude sentir el peso sobrenatural de su mirada, aun cuando carecía de ojos y de cualquier otra característica organica, hundiéndose en algún lugar indefinido de mi pecho, tocandome con una vibración muy grave, portadora de la seriedad impersonal de los siglos infinitos, sentí su afán por comunicarse conmigo y lo sentí con la profundidad de su remota personalidad. Aquel cuerpo liquido pero mágicamente encapsulado, estaba ahí, había venido desde alguna remota gruta de la inmensidad a comunicarse conmigo. 
  •   Una singular variedad de emociones me recorrió como un estampido y desperté con el sonido de la alarma del celular, sin recordar absolutamente nada del sueño hasta la tarde, cuando después de atender a mis obligaciones diarias, el recuerdo de las opresivas sensaciones padecidas, asestó en mi  ánimo un golpe devastador. 
  •    Se había puesto ya el sol, junio era una marmita de denso gris y el viento capitaneaba las esquinas de la aduana, donde la gente ya había dejado de transitar. 
  •    Esa noche me costó muchísimo caer dormido y recuerdo con cierta difusión que hebras sueltas de sueños sin sentido pero muy intensos, se entretejían con una molesta vigilia en la que parecía siempre estar despierto. Miré miles de veces mi reloj de pulsera y si bien conciliaba el sueño de forma breve, la parte vigilante de mi ser parecía no darse cuenta que cada breves intervalos se sumía en ensoñaciones fugaces pero puntualmente intensas. Advertí desde el inicio que estas experiencias no solo serian complejas de entender si nos guiamos solo por la común racionalidad y nuestras facultades de uso frecuente, sino que además serían aún mas complejas de narrar por su inusual ascendencia en la totalidad de mi propia psique.

lunes, julio 24, 2017

canción de nada

Sacar la jugada
En su tiempo
Previa a cristalizar
Noches de ajenjo

Luna vil cristal
Llena de viento
Nacerá al cantar
Un pensamiento

Ramos de caricias
En la calle del arrabal
Se asustan las culpas
Y es un santuario
Ese lupanar

Quedan por las veredas 
Todas las noched
De una ciudad

Murga melancolía 
Rincón vacío 
Y otro soñar

Cada cual ante el mundo
Con sus conjuros 
Tras las cortinas
Despertará

Baila en la madrugada
Con sus poderes 
Regresará

Maleficio de amor
Una flor
Asediada de olvido 
En el barrio dormido
En cada azucena
Una casa vieja
Para cantar


jueves, julio 20, 2017

uno mgtow

Entonces 
La neblina de rosas se disipa
Por un instante amargo 
Y sale a la luz
La inflexibilidad de su hipergamia
Me choco contra el ardor
Se ser un perdedor
Y acabo por entender
Los vericuetos de su mente
Donde la hora del amor
Ya pasó
Y resta la búsqueda de proveedor
Y mesetear los sueños de suburbio
Y hogar lleno de cositas bellas
Ya nos es hora de amar como locos
Solo aceptar
Lo que ese libro demanda
La estabilidad sin dolor
La risa de nylon
El abrazo frío
Y la lluvia en fotos
Que ya pasaron

El tiempo nos jugó una mala pasada
Que pena...
Mi amor. 

martes, julio 18, 2017

ya no es la luna

Le estoy hablando a una muerta
Le estoy hablando a un olvido
Difrazado de lejano demonio
En los harapos de la noche
Le estoy hablando a tres recuerdos

Y me canso, me agoto, me muero
Una, diez, cien mil veces 
Con pruebas falsas y testigos de amnesia
Le estoy hablando a un espejo
Que no devuelve la imagen 

Solo puedo imaginarla
Y no quiero, ya no quiero
"Pobre hombre" dirá ella
Y no dedicará un pensamiento más
Mientras yo le hablo
Y nadie responde nunca. 

Porque tal vez no hay más respuesta 
Tal vez no quedan palabras
En el bodegón moribundo
De tantas idas y vueltas 
Al rededor del tiempo

Flotaré, con suerte, en la noche
En la infinita densidad de su ausencia
Voy a aguantarme como una boya
Anclada en el lecho de un amor
Que no encontró desagüe

Y le seguiré hablando a su tumba
En esta viudez romántica
En este apocalipsis programado
Donde el dolor ya no es dulce 
Y la luna ya no es mas la Luna 

lunes, julio 17, 2017

otro cuervo

Cargar en la espalda
Las luces del día
Sentir que nada pasa
Que el tiempo muere
Que no hay momento
En que no desee
Haber dormido con vos
Aquella noche

Herido y mal barajado
Leí viejos correos
En mi afán de monstruo
Tu letra llorada
Mis manos temblor
Y el universo falso
Que me quedó

Función tras función
Se agotan los personajes

Grita un reloj como un cuervo
Y este poema es una mierda