lunes, mayo 30, 2022

A raíz de un frío en el 526


Arrecia ya ese frío punzante tan característico del Montevideo periférico. Como nacido dentro del Fuerte de San Felipe, debo admitir que para mí, todo lo que esté por fuera del Ejido es necesariamente campaña. Así que en esta campaña remota, me doy el torpe lujo de perder el ómnibus y esperar que pase el siguiente, escribiéndo estas líneas reconcentradas en el aire helado del penúltimo atardecer de Mayo. Pienso en el Origen de la escritura. Me acuerdo de un volumen polvoriento de Las Flores del Mal. Se mastican chicles de arcoiris en el cielo próximo de escarcha.  Pasa el bus y viene con un tufo pujante de colonias frutales, al rato se cruza dominando la nariz, una incrustación olfativa como de guiso de lentejas de hace 2 días, pero no calientito y vaporoso, sino guardado en la heladera junto a jarras de vidrio sucias con agua de la canilla dentro. El olor sigue viajando con nosotros habiendo pasado ya unas 8 o 12 cuadras. Ahora una jovencita alta y rechoncha de cabello muy rizado, sube con una bolsa de nylon en la mano, en ella (en la bolsa) se hallan los restos de una hamburguesa de carrito, claramente con demasiada mayonesa... Y tal vez hongos. La luz grisácea del avanzado atardecer se torna igual a la de un sueño que tuve hace poco, en seguida creo revivir la exacta sensación que me sofocaba de melancolía en aquel largo tránsito onírico, pero afortunadamente se sube una parejita joven que recién ha salido junta de la ducha, y el perfume de manzana verde y coco del shampoo y la crema de enjuague Plusvalía, se apodera del ámbito del ómnibus... aunque no mucho después, entre las grietas mínimas del aire, se cuela la presencia un poco rancia de algunas camperas y bufandas que al terminar el invierno pasado fueron guardadas sin lavar, en infames roperos o en polvorientos cajones sin más ventilación que la respiración microscópica del moho.  El viaje se fue bastante ligero. Vamos a grabar canciones. Ahora hace hasta más frío, pero menos del que va a hacer al volver. 

domingo, mayo 22, 2022

A raíz de una tarde

 ómnibus. Por lo general a eso de las cinco de la tarde me encuentra la plaza Matriz, ahora y  más todavía en el invierno, con su manera  única de anochecer temprano, de ser capturada por las sombras al son inexorable de las viejas campanas. La catedral es un bostezo, los bancos frente a la fuente soportan la lluvia y la madrugada, estoicas en su transitar de eternidades y sucesivas capas de gruesa pintura verde. La otra vez soñé que volvía en el tiempo a principios del siglo XIX y que visitaba la esquína de la casa donde nací, maravillado e incrédulo en medio de un mediano grupo de personas que parecía llevar a cabo alguna especie de asamblea vecinal. Ahora, meses después mi lectura me transporta vigilante hasta aquella misma época, pero ahora en el agreste y salvaje exterior de las murallas del Real de San Felipe. Página a página mi cabeza se pierde con admiración salvaje y repudio republicano ante la vida de los matreros indómitos que poblaban los montes fugitivamente, en su silencio arisco de bayo o de alazán decidido y fiero ante la constante amenaza de peligro que tan bien escondía el sarandí, el tala o la coronilla. Una imagen en particular del libro Ismael de Eduardo Acevedo me sobreviene incomodando la paz de mi tarde. Se trata del degüello de un jinete del cuerpo de Dragones a manos de 4 matreros, que tras un inesperado giro de los acontecimientos, pasaron de ser presas a ser matadores de aquel joven subordinado que encontró la muerte en aquel perdido pastizal de la campaña Oriental. La descripción del autor en este respecto es tan anatómicamente correcta, tan escupitada de vísceras y sangre venosa, que sin previo aviso y tras apenas dos o tres inocentes asociaciones libres, se adueña de mis pensamientos, estremeciéndome y con más ganas de terminar de leer el libro. 

viernes, mayo 20, 2022

Parece

 Entre las ramas en el frente de mi casa, el celeste pálido se va desvistiendo dejando al desnudo a la noche próxima, mis ojos se pasean por las copas adelgazadas por el viento y un suspiro acompaña el mate meditabundo de la tarde. Sirenas a lo lejos testifican una ciudad que me parece ausente o demasiado lejana, voy avanzando entre las hojas de un libro viejo y los paisajes se amontonan en mi mente como un álbum apelmazado por la lenta ira de los relojes. El aire está lleno de cumbias del caribe, duermen los perros, las naranjas en el árbol, de a una empiezan a regalar su dulzor bajo un rayo fugitivo, de los últimos cálidos del otoño. Siempre parece que se hace tarde...