miércoles, noviembre 22, 2017

Amantes de miseria

Se detiene el reloj de mi pecho
Cuando a mitad de la tarde
Le doy refresh a mi correo.

Porque a decir verdad
De un modo ya tan distinto
Todavía la quiero...

Tantas veces la última vez
Tantos abrazos los últimos
Que se ve que nunca hubo tiempo
Para los amantes.


lunes, noviembre 20, 2017

Lo que pasa

Hoy imaginé tu piel. Tal vez no debí hacerlo, pero el color de viento de tus piernas acudió a mi mente, como una pequeña tormenta o como una ola demasiado cadualosa. La liquidez de la imagen fue definitiva y volví a suspirar mientras a penas me daba el aire para cantar. Roto, solitario y alérgico, hago lo que puedo para no tomarte en el acto. Pero después en el camino a casa recaigo y tu nombre surca mis labios como un encanto de ciudad. Pasan los edificios desvencijados, pasa una luna nueva, silenciosa e invisible, pasa el lunes también con todas sus muertes, pero en mi cama, con los huesos adoloridos, te vuelvo a pensar y hacia la madrugada marcho como frito, hacia un viejo amanecer de coral. Y no pasa nada.

Esas canciones

Las canciones caminan. Hacen un surco como de disco de vinílo donde se estaciona determinado tipo de polvo, o mejor dicho, cierto tipo de magia que nos arrea por nubes, perfumes, lugares o besos. Las canciones vuelan por adentro de uno y en su vuelo, dibujan ventanas en la sangre por donde se escucha el sol y la lluvia. Yo canto algunas muy seguido. Porque evoco los besos que traen entre sus pliegues, porque guardan todo el verano y todos los inviernos y además porque me gustan mucho. Lo cierto es que las canciones tienen su vida propia, que es a su vez, un entramado entre todas las vidas, migas del universo en una cadena de luz que trasciende los relojes. Por eso las canto, las vuelo y las camino, pero sobre todo las vivo, en plazas, veredas, blacones y escenarios. 

domingo, noviembre 19, 2017

Veinte vuelcos verdes

Noche mimbre
Cielo rapaz
Brisa y marisma
Grito de gaviota
Mascar su nombre
Padecer el agobio
De la certeza de mi sangre

Luna negra
Comunión
Cielo partido
Oigo el trajín portuario
El lamento de la maquinaria
Mientras la abrazo
Imaginariamente

Tiré muchos versos a la basura
En los días pasados
Gasté margaritas
En una estatua de vapor
Que va tras el negro
Redimí mis pasiones
Con palabras amables
Y nada sucedió
Siguió helado el infierno
Y yo en mi torre
Afiebrado y solo
Vi ponerse el sol de sus ojos

Llegó un correo
Que puso de espaldas a mi corazón
Una respuesta de nadie
Que me hizo más humano

Noche humo
Noche almendra
Noche pausa
Ceguera de mil caballos

Allí todo el mar
Acá el sueño
Las aceitunas calladas
Reposan entre penumbras

Quiere volcarse el café
Quiere explotar el deseo
Hacerse flor
Tras nubarrones de adiós
Y noches de borrachos

Solo desearía que me leyera
En la soledad de su vino
Y que juntara el coraje
De abrazarnos...

Breve del sueño

Hay un campo en los sueños, donde se agita un amarillo sin tregua, un lugar de molinos y serpientes, donde el viento es una materia diferente al viento que ahora se agita en mi ventana. Allí la luna no es jamás la luna y el cielo toma infinitas tonalidades según la capacidad del soñador. Yo recorro a veces los senderos, me arropa un gris lavado y hablo con personas que extraño o que veo a diario. Tengo entonces expresiones que habitualmente suprimiría y se velan en mis manos, tiempos paralelos. Hace mucho que no practico el vuelo, siendo que en una época lo había aprendido von detalle. Entonces me recuerdo, planeando o zumbando veredas, me recuerdo en canteras de estudiantes o en la calle Buenos Aires, un lunes al mediodía. Siento nostalgia... O acaso una melancolía que podría desbordarme, si al final de cuentas este cuerpo fuese tan solo un recipiente de esencias fugitivas y esta vida una misión de engorde que tiene como cometido enriquecer la materia oscura, ese vasto mar de conciencia en suspenso. Pero quién sabe...

viernes, noviembre 17, 2017

Escribir otra cosa

Quería escribir "artillería", aunque no tenga muy clara la razón, quería escribir fogata y trueno, almizcle y velocidad, escribir en el rollo de la noche, los esqueletos y su mirada. Me subí en un 148 para ir hacia la aduana y en realidad estoy yendo hacia otro encuentro con el tiempo, voy a favor de la lluvia, tarareando gemidos imposibles, remojando la luna nueva en deseos y arrebatos, voy queriendo escribir epopeya y tigre de Bengala, y en verdad escribo "te extraño" con una languidez de ruina y un ímpetu de manantial que desordena las estructuras con una risa suicida y un clamor de abrazos que, definitivamente, se filtra entre todas las palabras. Una muchacha en la parada se acomoda el pelo y toda la belleza del mundo la orbita como en una penitencia. Juegan los semáforos en la esquina y llevo el boleto en la mano. Por un momento me pareció ser un búho que apostado sobre un balcón centenario, quiere escribir "artillería" y no encuentra un lecho donde su vuelo halle serenidad. Entonces paro. Me paso una mano por la cara mal afeitada y reparo en la humedad de mis pantalones, entonces me recuerdo aquella noche de whisky interminable, también de lluvia, donde corrí a su abrazo mientras reía. Será que estoy buscando el estallido de mia pasiones, será que anhelo la batalla de su sexo sin cuartel, o será que mi sangre no se cura y busca el veneno delicioso de su mano con la mía. Entonces se me da por escribir alumbramiento, me sale caverna y promontorio, pero en realidad estoy hablando del perfume de su cuello. Capitula la noche ante el séquito de gotas transversales, se firman tratados a espaldas del reloj, se desabrochan incendios de corazones de fuga y yo voy a escribir alondra y milagro, para soñar acariciarte durante el último suspiro del tiempo. Ahora me doy cuenta que te hablo a vos, que le hablo a ella, a la del pelo como cascadas de azabache suspendias en mis recuerdos más ardientes. Entonces cambió las personas y ella es la que fue siempre, tan lejos de mis orillas, y yo seré otra vez artillería mientras le tiro otra bici a esta ausencia. 

miércoles, noviembre 15, 2017

El viento del Solis

Un vendedor de la noche pasa y grita: flotar!! Y yo en la cama, lo escucho mientras trueno mis miedos y me río. Porque apareciste en la mitad de la noche, saltando charcos, cuando yo me iba a mi casa convencido que es mejor no abrazar. Entonces Asunción. Entonces instancia y lugar, mirarnos los ojos y saber dónde estamos. Contarte que murió una bandada de petirrojos, después del último ocaso de mi corazón, que ya hace mucho que no busco regalar mi cuerpo a una sombra que eventualmente derrapó cerca, que si quiero algo, cuando lo tengo lo quiero más y no cómo se usa tanto, que cuando uno encuentra desecha y desprecia. La simplicidad... Abrir las ventanas, llorar delante de alguien, abrazar con la nariz pegada a la piel del otro y suspirar porque la vida es demasiado corta. Tenía que decirte que me gustas tanto, que te pienso tanto y que no voy a trabajar un recio infinito de nuevo porque aunque las panteras y las sierpes de otros albedríos me hallan dejado la piel llena de muertes, yo voy a querer vivir, siempre. Necesitaba esa afirmación con alas que es tu sonrisa. Teníamos que abrazarnos en el viento del Solis...

martes, noviembre 14, 2017

Partir de la noche

Fa! No. 

No quiero creer que solo una letra
Posada en una pantalla
Logre hacerme humo y deseo
Dejarme en brasa 
Resucitar mi poesía

Temor elevado a la máxima potencia
Veo sus ojos en mi insomnio
Siento sus besos en mi pecho
Y mi corazón tiembla con desespero

Fa! No. 

No estoy pudiendo dormir
Porque me fuí
Atrás de la primer madreselva
De su respuesta mesurada 
Me fuí Atrás del tiempo
Debajo de la razón
Donde una sonrisa hermosa
Hace castillos de fantasía
En mi dolor descubierto

Fa! Porfavor, dios.

Todas mis pirámides cedieron
El pecho se me oprimió
Y fueron solo 6 palabras.
Qué sería de mí, entonces
Si a mitad de primavera
Pudiera volver a abrazarla
Y andar la noche de su risa
Con las cometas de mis versos
Orbitando su cintura.

Porfavor!!!

Claramente sigue siendo
 reina de mis suspiros
Ahora ya ni puedo dormir
Solo desearla
Muero ininterrumpidamente
Por la recreación de su orgasmo 
Y sin querer
Me vuelve a estallar la piel.

Oh... No.

Descorrer

Es menester. Anoche cuando volvía, en medio de revelaciones, vi la luna amarilla acariciar los edificios de la avenida. Estábamos cerca del amanecer y el mundo me pareció una madre con alas, regalando tanto y reclamando tan poco. Me pareció necesario estremecerme hasta las lágrimas, y lo hice, porque la perfeccion reside en la impoluta sucesión de imperfecciones, ruta de ancestrales señales que con fidelidad nos ha traído hasta este presente. Hablar con un amigo. Vivir. Resbalar en la inmesidad dejando huellas por el fuego y por el hielo. Cantar por cantar y cantar hasta morir en todas las esquinas de Montevideo, donde un sueño de moho y serrín, se esboza por las sombras y las iglesias, en los sotanos y a mitad de cuadra. No se pudo encontrar la manera de no llegar siempre hasta acá, hasta esta noche donde la primer madreselva fue pavor de soledades y donde el cielo, abrasador, se convirtió en abrigo y refresco para las almas que combaten. Nadie hablará de ruinas, donde el árbol inmenso se vuelve Amnistía y Abrazo. Gritan los pájaros nocturnos, porque una murga vive, sus decenas de manos toman tijeras y flores y aerosoles que son idénticos a la vida misma, esa que entumece, cuece y descose, donde las risas son más que cualquier plástico y donde las miradas de diamantes clavan al reloj, el vuelo de las almas. Voy a seguir abrazando, con las manos pintadas y los dientes apretados, voy porque vamos. Vamos porque allá también estamos, donde la vida y la sangre nos pondrá a última hora.

lunes, noviembre 13, 2017

Dudas

Estoy como perdiéndome en el laberinto de sus ojos. Creo reconocer en el color del amanecer, sus manos, el suspiro angustioso de su borrachera. Tengo miedo, pánico a que me encegezca, a extrañarla, terror de necesitarla. Me despierto a las 6 de la mañana a escribirle esta melada deconstrucción de mis sentimientos en forma de carta. Sé que no voy a tenerla solo para mí, pero a su vez, el deseo de volver a surcar su cuerpo se hace cada vez más invasivo y me duelen las manos, me arde la boca, febril y opresivo en mi cama, le escribo como si fuese una playa que en vísperas de un verano tardío, le pide al mar el más elemental de los abrazos. De momentos también me afilio a la sinrazón de creer que no fue lo correcto, pero mis huesos descartan al final, cualquier arrepentimiento, porque después de casi un año de engordar mi soledad en noches de nadie, pude abrir la tranquera y dejar que un rayo de luz, acaricie la sequedad de mis claveles. Y así ando ahora, en este domingo amarillo con viento, calado por una impresión, ansioso en mi pantano de silencios, con mis ojos acrílicos y mis manos ausentes, escribiendole...

domingo, noviembre 12, 2017

Vivir estos días

Encontré una sonrisa, no hace mucho. Los increíbles dibujos de mi hijo. La ráfaga, la azotea, el lugar diminuto donde la luna vuela y enfrente, una pantalla parpadeante en la que el sol rebota para todos lados, demasiado despacio o demasiado lejos. La brisa verde de la primavera que me da en la cara. Mis ojos derramados. Una serie de adolescentes. Dos rastrillos desafiando a mi hermana y a la casa del frío. Hablar con papá y por el teléfono, en su insistencia de hombre que pisa los primeros paños de su ancianidad, escucho un miedo que parece incertidumbre. Veo sus años de rifle y cortadora de pasto, junto con mis años de pelota, nogales y veranos de Peñarol.  Llego al edificio de mi madre y la vida tiene cara mujer de claustro, que a veces sonríe. Nos encontramos bajo el sol. Siento su hombro al darle un beso y la misma puerta de toda mi vida se abre para que entremos. En el espejo, un cartel  avisa que alguien murió. Entre bucles de anécdotas sombrías, estamos tan vivos, acá su café, acá el sillón de siempre, la ventana al mar, un gato blanco tirado en medio de su meditación vespertina. Morir para nacer. Arbusto en llamas que se niega a resisitir la explicación más sencilla. Ni el dolor me duele, solo me duele lo que nunca será, esta tarde ni el abrazo logra despertar el anhelo de abrazar. Ya ni sé, no me interesa. Se enciende el circo mientras la noche desata sus brazos de cartulina y jazmín. Sangre en los cristales. Voz violeta y añil de todos los arrabales. Canción sin tregua, una feria vacía, una guitarra, sol para todas las eras con todos sus muertos y me vuelvo a hacer las cruces, ante el horror de saber que nada es lo que parece, que siempre hay una jugada subyacente, un plan para devolvernos al río revuelto, a la grave necedad que ahueca el brillo de todos los caprichos. Hoy lloré por mi abuela, por el temblor de su labio y la palidez de su piel sudorosa, aquella vez, antes de perderla, que casi la perdí en mis brazos, una noche de carnaval en la que amaba tanto a Victoria. Entonces la tarde fue apenas un sepulcro para tan bienintencionados suspiros, la luna sobre tres cruces fue un faro burlón y el viento, nuevamente ahora, ladra en gargajos de tifus, canciones en las que yo debería reír y en las que en verdad muero, aterrorizado por saber que no eras para mí y que además, y para peor, no eras para nadie, o más aún, eras finalmente para todos de igual e inmadura manera, pero no para mí, al final de cuentas.

jueves, noviembre 09, 2017

Mediodía trasnochado de amor y llantos

Casi las 3. Después de meses de un deseo dulce y doloroso llegué a descubrir el color de sus piernas. Tal como lo imaginaba, palidez y desdén, risa baraja y y un planeado clavado que no tenía misterio. Me dolió tanto verte llorar así, bebé, quebrarte de lágrimas en gemidos inagotables, eran las 10, el mundo afuera cantaba con voz de pájaro y toda tu cara, entreverada por mis dedos, era fuego y pasión, confusión. Abordarte en un arrancar de pantalón, "volcán", de eso me acuerdo. Todos tus ojos de llorar por otro se abrían chiquitos para dejarse cebar por mi ansiedad de lobo herido por la noche, te reías como la crema, llena de alcohol, que no pasa nunca, me arrastrabas hasta el último abismo, mientras que en mi maravillarme me dispuse a aguantar el cielo doloroso que estaba por llegar. Y sí, ahora lo digo. Fui tu indesición, tu infracción de mediodía trasnochado, fui el atracadero secreto de tu despecho, pero vos fuiste para mí la verdad de la vida, el arroz de esta primavera que me sueña mientras la sueño, el dolor desparramado de mis tripas vampiras, fuiste el regalo cariñoso de mi lucha desgarrada, y yo te tomé, ineficiente pero feliz, te toqué altivo entre la melaza de saberte más lejana que nunca, pronta en esa conjunción de humo y marfil, de mármol y café, turquesas aturdidas en colchones viejos, cajas de vino, ruinas de tormenta en arenas sin fondo. Ya está. Ya fue. Ya era. Ya. Pero... Pero.... Pero. 

lunes, noviembre 06, 2017

Espejismos y canciones

Tarde de escollos. La Ternera reunida en la puerta del Jacinto Vera. Sonrisas nerviosas entre resaca reinante.  Demoras eternas, faltas de comunicación y torta de fiambre bajo trajes de murgas de otros años colgados en las paredes. Yo estoy. Yo soy. Yo en medio de la vereda del sol, los micrófonos, los retornos, la tensión, pero ella está ahí, sin estar, por supuesto. Ahí, allá, demasiado lejos cuando bailamos en un mismo son de retirada. Ella. También nadie, igual que yo, tampoco nadie, cantamos. Chorro de dorado reflejo, su pelo, catarata alucinada por donde mi piel se eriza en vaciamiento desinteresado. Cada día pienso más en ella, a deshora, puntualmente, mientras por la calle vacía me siento un pájaro púrpura con soledad de escándalo. Creo que es como un jazmín y pareciera que solo en su cuello podría hallar yo reparo para mi piel electrocutada. Ahora se acaba de ir. Yo estoy aprendiendo de nuevo a rezar. Quisiera ser su infracción, su indesición, su fuga de vida hacia besos secretos. Sigo un poquito atado a la mañana donde dormimos y leímos, sigo un poquito enamorado y maniatado mientras el cielo se nubla indisciplinado. La sueño. Busco alejarme cuando más la deseo y al rato todo me parece ilógico e imposible. Quiero besarla. Busco la posibilidad de su abrazo como una fuente de agua de rosas y vuelvo a encontrar mi soledad, ardiente y velada, haciendo aros de humo entre mis dedos vacíos.


domingo, noviembre 05, 2017

Esquirla

Encontrar entre las toneladas de polvo que aquietan las repisas, una pregunta del pasado que ahora ya no busca  respuesta. La luz amarillenta de Soriano;  el permanente recuerdo de un despertar y ver sus ojos; la copa de vino previa al amanecer; creer saber que su estela sigue engalanando las sonrisas de todos los incautos; dejar de desear, desertar.

Chilló la puerta, al entrar un perfume invadía las escaleras como un temblor acuoso. Llegué a abrir la ventana solo para ver el despliegue púrpura del amanecer entre nubes. Prendí un cigarro y lo termino de fumar en este mismo colchón donde no mentí cuando, después del opresivo amor del carnaval, dije te amo por última vez. Entonces palo santo, que no llego a prender por éste frenesí de caracol galáctico que me arranca las palabras para revolcarlas en el barro de "ya no te quiero", de verdades de grasa, este barro insomne donde se termina de forjar la palidez y la humanidad. Se van cayendo entonces, navegando la aurora, mis imágenes desvencijadas. Me comprimo a la vez que me explayo, me desdigo infinitamente cuando me doy cuenta que mi piel todavía te reclama. No soy yo. No es nadie. Nada lava el hollín que tantos adioses me han dejado pegado en las pestañas, nada acusa más mi hermosa soledad que la perpetua dicotomía de ya no hablarnos nunca más. Eso que el ácido.. Pero no. Ni siquiera cantarle a la luna esa canción que nos define, ni amar más el desamor, ni adorar más la descreencia de saber que vas a volver, nada cristaliza más que la revelación ultima y definitiva de saber que no existe más revelación última y definitiva que la muerte. Por eso me doy el lujo y la libertad de escribirte y de romper la promesa de erradicarte se mis versos para siempre, porque soy mientras no soy. Ahora sí que se viene el día, todavía está la luna, hecha de cristales y rocas de otra vida, agonizando de realidad hacia el poniente.

sábado, noviembre 04, 2017

Quién fue ella?

El ojo sin pupila
En su lecho de sombra
Brilla tan helado
Como el latido de mi sangre
No hay primavera
No hay más tiempo
Que esta noche 
Llena de viejos mareos
Y cantares abandonados
Pero el pierrot
En la delicia de su maquillaje
Ata la risa y el dolor
En los destellos de sus lágrimas
Y la vanidad de su sonrisa
A los balcones plateados

Quedará otra vez la misma pregunta
Quién era ella?
La de mis horas más intensas
La del cabello más lindo
Y el corazón más despiadado

lunes, octubre 30, 2017

De La Casa (1)

Mi hermano se llama Octavio y aquel domingo, al despertarme de la siesta, salí apresurado al comedor para contarle que otra vez había soñado con La Casa. Lo encontré, como esperaba hacerlo, viendo por VTV, nacional contra cerro en el parque. Era un empate aburrido y Octavio refunfuñaba y se pasaba la mano por la cara. Creo que me sintió, porque me miró por encima del hombro con un gesto inexpresivo. Nos miramos. Él se devolvió al partido. Yo me hallaba todavía algo exaltado por la claridad de lo que terminaba de soñar. Abrí la heladera y desayuné un trago de coca fria y con poca efervescencia. El mundo volvió a sus cabales y me relajé, alfojando la mente y cediendo mi cuerpo al entumecimiento propio de quien pasa varias horas acostado. Fui al sillón y me senté junto a Octavio. Nos unimos en la muda contemplación del partido. Un nueve de tez oscura y cabeza afeitada de Cerro eludió a Polenta y con gran habilidad logró un remate a distancia que se estrelló contra el segundo palo y terminó por perderse tras la última línea. Octavio apagó la tele y casi mágicamente, se deshizo del estrés del juego y de la nada conveniente posición de su cuadro en la tabla del clausura. Lo hizo a un lado, como con una descarga casi felina y me miró a los ojos.
- Qué soñaste?
- una fiesta nocturna en La Casa.
- Qué tipo de fiesta, Servio? De casamiento? De 15? Una orgía bacanal?
- si me dejaras terminar...

Pude controlar mi ansiedad y me ganó el interes por saber más acerca de la fiesta en La Casa. Servio solía tener una inagotable capacidad de recreación en sus sueños y este asunto de La Casa se había tornado algo grande. Hacía varios meses que cada tantos días uno de los dos soñaba con La Casa. Ni el ni yo estamos seguros que represente una casa real que hayamos conocido, pero es un sitio donde transcurren varios de nuestros sueños e incluso algunos que hemos compartido, por lo cual el recuerdo visual que ambos tenemos de ella, es bastante minucioso. La Casa fue escenario de sueños muy diversos, sin embargo hasta ahora nunca una fiesta. Por eso me ganó la curiosidad y apagué el partido de mierda para preguntarle por su sueño. Después que logró apaciguar mi primer impulso de saber, Servio me contó acerca de su sueño.
- Había guirnaldas con luces leds. Amarillas, azules, verdes y rojas. Se veían recortadas contra un cielo de tormenta con gordos bordes rojizos. Había una luna desproporcionada, exactamente media. Estaba vestido de fiesta, veía con la periférica, un suave brillo en la solapa y un nudo de corbata contra un primer botón suelto de la camisa. La gente de todas las habitaciones estaba ahí, incluso un montón de personas que eran conocidos lejanos pero de esa realidad. Sentía la fuerte presencia de botellas de alcohol y me divertía viendo a todas las compañeras con sus vestidos, sonrientes y con aires exagerados de elegancia. El único cambio fuerte con respecto a los otros sueños es que dónde estaba la pérgola gigante, como en ese patio interior, te acordas?
- claro, donde nos dimos cuenta que siempre estaba estacionada la moto del Edi?
- ahí mismo, en lugar de la fuente y los tres banquitos, había una piscina muy bien iluminada, con juegos de luces y todo. Me acuerdo del particular diseño de la piedra que bordeaba toda la piscina, de una piedra negra con vetas como doradas, algo tremendo.

miércoles, octubre 25, 2017

Otra vez a la muñeca

Volver, después de un año de mate lavado y 51, después de la rabia y de la amnesia, de 300 lunas vacías y 5 o 6 botellas, volver entre los brotes de las veredas, al barrio de mi murga, donde canta hasta la medianoche la gran muñeca de mis amores profiados. Vuelvo enamorado del desamor, como siempre, cantando un cuplé de viejos carnavales y mascando el chicle junto con las ganas de abrazar este presente lleno de calles y de barriles. Por avendia Italia, con la inyección de olvido que es menester en estos casos, vuelvo a la isla, a dormir la grapa aguada, a fumar en mi silencio, que es otra vez, el cantar de la murga.
Entre las sábanas viejas de una canción nacen los pétalos nuevos, reverdece la esencia y vuelve a sonreír, distinta, parecida a siempre pero hecha completamente por células nuevas, cavidades donde la vida revoluciona y se arman los acordes, los solistas despliegan sus colores y yo brindo y aplaudo con el corazón para mis adentros, mientras sonrío como si fuese un niño de humo.

Ahora ya espero el bondi, los grillos acallan al último susurro de una moto que se pierde en la distancia y dobla un chevrolet gris y la vida sigue y acaso su recuerdo pulsa un sol menor en mi viejo corazón de caballo. Existe una constelación donde todos los miedos son trompetas y donde un abrazo equivale a un costal de trigo. Ahí la recompensa es solo un recuerdo tras el cual vamos a tientas, tristemente esperanzados.
Llega al fin la medianoche, demorada entre dobleces, pero inflamada de una paz movilizadora, se trata de cazar el poder, recuperarlo entre latigazos y fuegos de metralla. Se trata de visualizar la luz que se resblandece bajo el agua y encausar el nado, deseando que algo valga la pena, que tenga un significado y cristalice antes del último desenlace. Los murguistas se tomaron ya su ómnibus, Nico Grandal se fue en Uber, yo me hago eterno en la parada mientras dobla otro chevrolet y pienso en gasalla. Pienso en el señor N y en la vasta madrugada de su cyber, donde el fanjo adornaba en girnaldas y donde la mañana llegaba siempre con total puntualidad.


60 ciudad vieja. La ciudad cambia sus ojos para los que, al fin, vamos camino a casa. Resuena otra despedida, por los viejos pasillos donde la perdí y en los que grité por ella. Ahora el omnibus es como una pecera, rabiosa, llena de nada, en la que suena Serrat y se escucha el silencio, hacerse fuerte entre el motor y los pozos, entre una tos y un olor acre, entre Santiago de Anca y Colombes. Siempre en el 60. La noche se mueve de a poco, definitivamente no estoy levitando. Pienso en lo comida que es la Diva, en lo comida que fue esa morocha de mi muerte, en lo comida que soy yo, pataleando por el mundo, lastimando a la gente por el placer de no sabernos letales, por la angustia de querer ser aquello que nunca será. Qué comidas! Suben las veinteañeras al 60 y pienso en lo comida que ha de ser también la rusita de mi volver a padecer el deseo, la gema de adrenalina que se confunde en los bailes de moda, donde es la nieta del fletero y es, definitivamente, el golpe del bajo y la batería sobre el caballete de la noche... Siempre enel 60, Ciudad Vieja.

domingo, octubre 22, 2017

Otra calle Guayabos

Me parece que estoy imaginando cosas, porque el sol dio ya su vuelta y vos estás acá. Me parece que veo en mi propio living, la sonrisa que a la madrugada me roba suspiros y puteadas. Será el corazón lo que siento latiendo en mi sien? Me parece que soy como un calamar que se atora con sus palabras de tinta y de mar. Puede ser el viento de mi propia fantasía el que barre las estrellas que se me caen, o la noche, donde entre escupidas y barajas, quiero decirte que pienso tanto en vos... pero finalmente me voy por la calle guayabos, sólo, aturdido por la tosca gravedad de mis silencios y cantando siempre la misma canción final. Claro que el haberte acompañando hasta las 3 de la mañana, no tiene nada que ver con lo buena o mala persona que sea, sino con esta esencial cuestión: no podía apartarme de los misteriosos diamantes que me miraban desde tu cara, ese caribe, ese mediodía que me desvela en la permanente noche de mis versos. Sé que estamos lejos, separados por tanto más que los 20 centímetros que hay entre tus manos y las mías, lo sé, pero no podía irme, dejándolos flotar en la noche del estúpido jackson bar, donde gracias a la verdad de tus colores, y un poco (no tanto) a mi súplica silenciosa, no entraste. Tanto es así que hoy me da un poco menos de terror pasar por la Facultad de sociales o ver la antena del canal 10. Tanto es así que mis sueños se abren para que tu imagen se cuele y mis poemas desdibujan su atronadora oscuridad y me encuentro escribiendo flores o aves o árboles y no ya sórdidos palacios, ni escaleras podridas, ni gatos con rabia de adiós. Voy a tener que controlarme, por mi bien, dejar de vagar en esa realidad alucinada que me duró hasta que te tomaste el ómnibus y que ahora, con dolor en las piernas, me suena tan improbable. 

miércoles, octubre 18, 2017

Banco de la Matríz

Me rodea un círculo de cantos de gorrión, me arde el pecho y acaso tiemblan mis manos al darme cuenta cabal del lugar donde los pies me patinan. Todo ese encanto, toda esa risa, ennegrece de pronto ante una llovizna o un recuerdo. Los psiquiátricos y los muertos, los temporales y las alas abatidas del campanario. Todo da las dos de la tarde, mi reloj de pulsera se derrite, soy un sacerdote del sacrilegio, un hereje de la verdad de mi propio corazón, y eso está bien, para haber amanecido con vida.

Resta ahora el tiempo salvaje de la reconstrucción, cuando del poniente vengan y atraquen barcos cargados de luz, para que entre los bancos de niebla infinitos, adoloridos peones del fuego, vuelvan a instaurar una sonrisa, en mis labios de mueca combada. La ciudad es ansiedad, es un dolor vivo donde aquello que esta al venir, se insinúa apareciendo inasible e inaccesible debajo de un grupo de mujeres, que en su media hora de deacanso, celebran con gritos, algo que no alcanzo a distinguir. Envolvente, cansino, distraído, retrasado, solitario y con zapatos que lastiman, pasa Montevideo para que yo lo escriba, como un bichito de primavera, que huye a cobijarse en los brazos de un desconocido. 

lunes, octubre 16, 2017

Casi ganar

Desenlutar. Conjurar esa sombra y esa lápida, abrir para la inmensidad del cielo, las derribadas puertas del alma. Dejarse curar aquella llovizna y aquel camino con árboles y luz naranja. Vivir, parece tratarse, sin remedio, de ir adelantando obstáculos o zafando panteras o acomodando rulemanes rotos, siempre viene alguna jugada insólita que logrará poner a prueba nuestro temple, una y otra vez hasta que el sol se apague.
Una oruga recorre la madrugada, tarareando recuerdos táctiles, saboreando memorias de aceites de la más deliciosa pasión, entre estrellas perdidas y nubes de tormenta. Se traza una línea, que a nadie importa, donde de un lado unos y del otro lado nadie sabe, dicen que es la muerte o algo parecido, yo ya me refugio en mis miedos para poder soportar la tempestad y el olvido.

Después sale el sol, al distraerse juega un rato entre los pastos, ahí pasará un hornero y más tarde otra vez la noche. Entonces tornar y sonreir despacio, hasta que cante otro pájaro ansioso, cuando ya parece que definitivamente nunca volveremos a abrazarnos, porque amenaza el sol desde algún rincón para siempre y la noche sigue hasta desembocar en esta otra aurora, que no es más que un larguísimo reguero de ausencias, mientras entono, con resignación, los versos finales de este tango para orquesta de golondrinas y sábanas vacías, lo voy desenvolviendo, último y susurrado por el bulevar... Suena el bandoneón del amanecer. Mis amigos ya se han ido a sus casas.


jueves, octubre 12, 2017

Una flor... Del cielo

Esta noche es delicia de mi curiosidad, porque el viento trae un perfume demorado entre las flores, a jugar a medio camino de tus ojos y los míos. Me pareció ser un reloj de arena, cuando casi se cae de tus labios un beso inmaduro, bajo el cielo recien barrido y la luna que adelgaza de paciencia y fascinación. Al momento de cantar, no me hace falta ver tu perfil de marfiles y turquesas, porque me recorre el fluido natural de tu pasión como un rocío o una fina niebla de nuez y de alegría. Entonces sé lo que te pasa, entiendo porque a veces te retiras apenas del friso para ser cariatide de ausencias en la frágil longitud de la clarinada. Pero cuando tu voz alcanza a la mía y ambas se funden en un conjuro sin trancaderas,  el infinito de tu pelo se vuelve canela y vapor, irracional amuleto de mis ojos, caricia al vacío en el aire sonriente del chulo.

Toda mi agonía es un volver a florecer alguna vez para tus piernas de arquitectura helénica. Nos darán las 3 en una plaza, acaso mañana o tal vez nunca,  mientras te busco en las penumbras.  

miércoles, octubre 11, 2017

Historia de Valentín Fonseca (final)

 Algo dentro mío cedió, como una cuerda vieja y florecida ante lo inevitable del tiempo. Pasé instantáneamente de una posición pasiva hacia la terrorífica magia del sueño, a una agresiva, dominante, consciente a un nivel de profundidad que me sorprendió por lo familiar que se me hizo, era como si toda la vida hubiese habitado en mi interior aquel ser de posibilidades infinitas y que recién en el momento en que los vi parados en medio del living, vino a despertarse, cargado de una confianza apenas tan grande como su curiosidad ante un mundo que, era en verdad infinitamente más complejo que este y donde las reglas establecidas en nuestra "civilización" ordinaria, se desdibujaban ante el peso definitivo de los hechos.
   El doctor Fonseca clavó sus ojos en los míos, adivinando el sismo que acababa de sacudirme. Devolví su mirada con un mensaje telepático que el respondió del mismo modo.
  - Veo que va empezando a agarrar antena, doctor. Claro que está despierto y que estamos en la más pura realidad... aunque adivino que ya no le esta costando tanto admitir que el mundo es mucho más grande de lo que nos contaron.
  Su mirada era su voz y yo la escuchaba con toda claridad dentro de mi cuerpo. Mientras tanto el ser acuoso se aproximaba muy despacio hacia donde estaba yo, levitando a 20 milimetros del suelo. Me llené de inmediato de una sensación de fascinación y admiración ante la insólita longevidad de su consciencia, sentí ganas de abrazarlo, como si se tratase de una especie de árbol anterior a la creación del mundo. El ser pareció sentir mi emoción y respondió dando un saltito hacia atrás para volverse a guarecer detrás del doctor Fonseca.
  Pude darme cuenta que la intensidad de mi estallido lo había sobresaltado y creí entonces conocer mucho más de su naturaleza inorgánica de lo que jamás hubiese podido predecir, amén que dos semanas antes, me negaba rotundamente a admitir que tal forma de vida era si quiera posible.
  - Administre su intensidad, doctor - dijo Fonseca. - Recuerde como reaccionó nuestro amigo cuando usted le entregó un pánico desmedido. Se le apareció como una figura aterradora, verdad, bien, esa es su forma de responder ante las emociones peligrosas, como el miedo. La admiración que sintió recién lo hizo retroceder ya que es un poco más compleja de lo que ellos están acostumbrados a sentir.
  - Pero el miedo que sentí cuando salió del agua tambien fue intenso, propio de un ser orgánico, cómo fue que pudo distinguirlo y reaccionar de tal manera.
  - Se equivoca, el miedo es universal, doctor, la admiración y el afecto no. Le puedo asegurar que el miedo trasciende todos los niveles de la vida consciente, que son mayormente inorgánicos. De hecho este es el único nivel de vida consciente orgánico. Nosotros somos los raros, aunque todos son capaces a su modo, de sentir miedo. Nuestro funcionamiento es más breve, nuestra forma de vida está llena de luz dado la alta fricción de nuestros organismos, nuestra consciencia es cálida, como una pequeña hoguera. No resulta descabellado entonces que se sientan naturalmente atraídos al resplandor lumínico y el calor de nuestra corta vida de huesos y sangre. Eso me recuerda al asunto medular de nuestro encuentro, quería proponerle formalmente una oferta única: Venga con nosotros. Dígalo y vayamos en un viaje de eternidad y conocimiento.

  En ese momento crucial, en el que debía decidir sobre el destino de mi cuerpo y mi  futuro, tuve la inquietud de girar sobre mí y volver a empujar la puerta de mi cuarto. En efecto, mi cuerpo dormía semi envuelto en las  sábanas beige y el acolchado blanco. Sentí que perdía pié, que comenzaba a caer, el peso de mi cuerpo, desparramado en la cama comenzó a transferirse al mío que estaba parado, hablando con Valentín. Me mareé y sentí náusea, todo el ámbito de mi apartamento cedió ante un giro de vértigo y volví a despertar, esta vez envuelto en las sábanas beige y el acolchado blanco. Un calambre en el posterior derecho me hacía retorcer de dolor, intentaba estirarlo, pero no podía. Así y todo me volví a tirar de la cama, desesperado por ver si el doctor y el ser acuoso continuaban ahí, no estaban. Me derrumbé en el sofá de dos cuerpos y no terminaba de disociar ambas realidades.  Sentía mucho sueño y el dolor de mi pierna era todavía grande, pero yo había quedado fragmentado, partido por todo lo que acababa de ocurrir. Pensé en volver al apartamento de mi colega, arrastrando la racional esperanza de encotrarlo ahí y que al contarle lo ocurrido el se hubiese reído y descartado todo, diciendo que todo era culpa del estrés a causa del trato con la gente del laboratorio, pero me pareció inútil, pues ya estaba convencido que mi amigo ya no pertenecía a este mundo. También en ese momento recordé la reunión con la gente del laboratorio y me pareció todo tan intrascendente, tan vacío y falto de sustancia que tomé una decisión que ahora me doy cuenta, es la única que podría haber tomado: tomé mi agenda, apagué mi telefono celular y me puse a escribir sobre los días del calendario, toda la historia, lo más ajustada a la "realidad" que me fue posible. Han sido ya casi 5 horas de continua escritura. Aún tengo sentido el posterior y me duele mucho la espalda debido a la exigente postura. Luego iré a orinar y después a dormir.

domingo, octubre 08, 2017

Oktöberfesti

Fernet en vaso de utilería
Delicia celeste que no alcanzo
Porque vestidito hasta el tobillo
Porque redoblante y micrófono
Sedas de la pasión en silencio

Chela brasilera y frutillón negro
En los dientes color del amor
La de momolandia
Y la de total fruición
Que padece la desidia del amor
Son hoy la misma persona.

La ventana con silencios
El viento en la universidad
Y tuvimos una conexión
Espectral, de tensión
Casi ausente...

El domingo avanza
Con su cochero gris
Y un viento suave
Que estira la mano

Yo voy a escribir
Hasta que fugue la luna
Hasta que vuelva a morir
En manos de mi destino.


jueves, octubre 05, 2017

Historia de Valentín Fonseca (penúltimo)


  Obedecí a su propuesta y me dejé llevar por una oscura y mórbida curiosidad. Aquella ensoñación, lejos de perder fuerza, iba adquiriendo ribetes cada vez más viscerales y toda la capacidad de mi atención se hallaba concentrada en la inusual claridad cognitiva de la descabellada experiencia.
Una parte de mí, dura, recia e inflexible, se hallaba plenamente al tanto de que todo era un sueño, una construcción de los sentidos oníricos y nada más, y se dejaba fluir sin temores ni trancas de ningún tipo; otra parte, menor aunque en extremo tenaz y cauta, padecía un pánico primitvo y se negaba a dar todo aquello por una simple proyección mental inofensiva, alertando, a su vez, a todo mi ser físico con un mensaje de absoluta necedidad de sobriedad y de cautela, en la que la laxitud que la otra parte experimentaba y me transmitía, era en verdad, un verdadero peligro para mi vida.
  Mi colega pareció percatarse de inmediato de mis tribulaciones y con un susurro contenedor me instó, desde algún punto indefinido, a que me permitiese maravillarme, sin preguntas, con la incomprensible magia que estaba protagonizando.
  Me tumbé de lado en el piso de madera de la propia cúpula del Salvo e intenté volver a quedarme dormido, cosa que para mi sopresa ocurrió en el mismo instante.
  La infinita negritud me abrazó como una fuerza etérea, sus alas, como las de un cuervo infinito, me cubrieron de silencio por un lapso que me pareció muy breve, pero que, dada la pasmosa gomosidad en la que discurrió, lo supe finalmente larguísimo, y me di cabal cuenta que al menos transcurrieron tres cuartos de hora mientras las sensaciones incorpóreas más indescriptibles me iban desarmando y volviendo a armar. Tuvieron lugar en mí una serie de sensaciones nunca antes experimentadas por mi cuerpo. Hablar de una dualidad de escencias propias, girando y acercándose en un juego magnético de conciencias insospechadas, sería exagerado y para nada explicativo. Más acertado sería decir (aunque tampoco alcanzaría a describirlo con efectividad) que cada punto de mi ser, fue consciente de todo lo que estaba sucediendo y que pude al fin dejarme llevar hacia una unión natural, aunque algo incómoda, entre las dos partes de mi consciencia que mencioné más arriba, esa difusa fusión de dos elementos no del todo conocidos pero singularmente familiares, acabó en una actitud o sensación de protección, de seguridad y abandono, de cauta valentía y serenidad que finalmente me tomó por completo.
Intenté despertar.
Entonces vi que un resolandor se colaba por detrás de mis párpados y escuché con toda claridad un sonido similar a un murmullo eléctrico lejano.
- Ahora abra los ojos, vamos - la voz de mi amigo sonó asombrosamente cristalina, tan cerca de mí, que me pareció escucharla dentro de mi cabeza.
  Abrí los ojos. Estaba despierto y en mi cama de todas las noches. Había amanecido y la palidez de la luz celeste del alba, flotaba lánguida entre los rincones de mi cuarto. Tuve la instintiva reacción de incorporarme y lo hice, motivado además por una profunda sed de agua que me llevó a bajar las piernas de la cama y obligar al torso a ir tras ellas para girar el picaporte de la puerta, tirar de ella y salir al pasillo, tambaleante y algo mareado, con rumbo a la heladera.
  Casi ni me costó creer ni digerir la presencia del Doctor Valentín Fonseca parado en medio de mi sala de estar, acompañado por dos anchos seres acuosos que brillaban y ondulaban en curiosa e inquieta actitud.

  Sonrió. Nada volvió a ser lo mismo dentro de mí luego de ese momento.

martes, octubre 03, 2017

Urgencia chiquita

Figura en fuga feroz
Fragil fecundidad
Fueron los fuertes
Los que nos fallaron

Final del fuego fácil
Ahora caer, mañana cantar
Fundar y fundir el ayer
Para no volver, jamás

Paso por planos perdidos
Perder por perder
Y pelear al planear
Para quedarse parado

Y reir
Bajo el paño bombé
De la noche y la sed
Que locura esta fe
De vivir....

Y reír
Rodar, roer, romper
Bajo luna y papel
Que reloj infernal
Es vivir...

No hay nadie en la calle
Ningun astronauta
Podrá navegar
En la esquina vacía

Dudar al durar
Y decir demasiado
Detrás del dolor
Devenir, delirar

y reir
Rodar entre rosas
Bajo pianos de almendra
Que demencia esa fe
De vivir

Y reir
bajo el globo del sol
en la tarde una voz
con relojes de piel
Y Volver.


sábado, septiembre 30, 2017

Pedido del autor


Che,en estas fechas hace 10 años que publico mi más honda privacidad en este blog. Hay un montón de gente que viene todoslos días, a ellos agradecerles y para ellos la intimidad cruda de mi obra diaria. Jamás pedí nada a cambio. Pero hoy sí: saluden y dejen al menos un comentario, porque se que hay anónimos que vienen todos los días y se hacen los otros. Son el real de mi barça así que por lo menos mandenme a la mierda, no se hagan los anónimos!!!

miércoles, septiembre 27, 2017

Historia de Valentín Fonseca (parte 9)

- Qué quiere decir con que vive acá?... - pude esbozar finalmente tras un instante en el que creí que toda aquella escena descabellada se iba a disolver lof el peso de su absurdo flagrante, pero no fue así.

- La unica forma de saberlo es estando de este lado. Solo digalo, exprese su deseo de quedarse aquí y podrá averiguar todo sobre esta nueva forma mía y saciar su curiosidad de maneras que todavía le son imposibles de concebir.

   Durante un momento la vista en derredor me cautivó tanto que me fue imposible continuar con la charla. Los edificios de 18 de Julio habían adquirido un nivel de detalle ampliamente superior al que me era posible percibir durante el estado vigil y ahora su complejidad y el entramado de sus formas y colores se estaba llevando mi atención como la atención de un niño es capturada y arriada en una juguetería. Pensé que aquella vez era la primera vez que estaba en presnecia de formas y colores de verdad. Fui consciente que jamás antes se me habían aparecido con tal totalidad.

  Me sentí entonces flotar, acercarme a las molduras cenicientas, ver a través de los vidrios de las ventana la muerte fresca de las oficinas, el mutismo de los escritorios, las líneas blancas de la calle en su paralelismo, contrastando contra el gris envejecido de la avenida. La plaza, con los dibujos insospechados de sus baldosas, se revelaron ante mis ojos de una manera que solo el que flota sobre ellas es capaz de conocer. La estatua de Artigas en su caballo improbable, la altura simiesca del Radisson Victoria Plaza, la cantidad de antenas que coronaban los edificios en torno mío, todo me apabullaba en su inmensidad pero sobre todo me sentí dominado por la claridad sobrenatural con que todo Montevideo se desnudaba para mí. Yo flotaba, volaba sin arrastrar la pesadez de mi cuerpo, solo como un cúmulo gaseoso, intensamente consciente de sí, veloz y ligero, yendo y viniendo en lo que parecía ser la volatilidad de un domingo soleado en el centro de la ciudad.

   Escuché la voz del doctor Fonseca hablando en mi cabeza que me decía: ha visto o sentido alguna vez algo de similar porte. Verdad que nunca pensó en esto como una probabilidad tangible y tan cercana como lo esta su decisión de permanecer acá, lejos de la muerte y de la mediocridad de un cuerpo orgánico, para siempre tan ligero como un soplo de conciencia, con total libertad de recorrer a su antojo el mundo entero y también más allá del mundo ...

- Esto es real?- pregunté ahora enclavado en la duda vital acerca de la realidad de toda la experiencia. Y cuando lo hacía, la intensidad con que mi percepción trabajaba se disminuía de manera casi total y me podía saber en mi cama, sentir el color de mis sábanas, percatarme que estaba sudoroso y frío. Tenía la sospecha íntima de que todo se trataba de un simple sueño, pero a su vez, la solidez de lo atestiguado, su homogeneidad y su perfecta continuidad, en verdad me estaban pareciendo más real que el resto de mis experiencias durante la vigila.

- Por supuesto que es real, amigo. Está usted volando sobre la plaza independencia como lo hacen esas palomas que pasan ahí.

Entonces volví a la escena, ahora apostado contra un vidrio de lo que supuse se trataba del edificio Libertad, estaba dentro, dándole la espalda a un cuarto donde no había nadie. El efecto de intensificación de mi percepción se restableció.

- Y cómo es que nadie me ve?

- Digamos que estamos en un estrato más alto de la misma realidad, vibramos en una frecuencia que toda esa gente de ahí es incapaz siquiera de concebir.

   Entonces descendí la vista y me fijé en las personas que esperaban el omnibus, en los techos rojos y blancos y negros y verdes de los autos que se detenían en el semáforo de la calle Andes. Era consciente del pulso vivo de la ciudad, su personalidad algo distante, su olor de mar dulce, del flujo de pensamientos y sentimientos que la recorrían como sangre por arterias de baldosa y alquitrán.

  - Le voy a enseñar una cosa, permítame.

  Me di vuelta y nuevamente estábamos en la cúpula del Salvo, con la ciudad derramada a nuestros pies.

  - póngase cómodo e intente dormir.

  - pensé que ya estaba dormido.


  - se va a sorprender, se lo aseguro.

viernes, septiembre 22, 2017

Monólogo

Otra vez en la noche, Vrolok. Otra vez desvanecido rehén de la llovizna caminando entre el vacío y los charcos. A quién busca ahora tu alma de perseguidor, bajo los ríos de lágrimas y la Luna florecida. Nunca te cansas de mendigar pasto y agua para tus penas secretas que ya todo el mundo conoce, hasta cuándo, Vrolok, con esa angustia de camionero sin importar lo que valga tu sonrisa de mil dientes. No pases más por esa ventana, trascender es cambiar se calle. Hoy que la primavera acusa enrejados y manantiales, justo esta noche donde sos florecimiento, volúmen y ausencia, donde sos vos y solamente vos, Vrolok. Justo hoy se te viene a aglutinar toda esa pastelería incómoda, en tu deslumbrante soledad de caminante. Sos incapaz de dar pena, no hay en tu brillo más espada que la de todas tus sombras amontonadas como revistas en el consultorio del silencio. Cuánto tomaste. Cuántas veces pisaste el acelerador de tu ruina, cuánto dormiste sueños de nácar herrumbrado... No importa. Miráme cuando te escribo, Vrolok, no ocultes el resplandor de fuego que te come los ojos de lobo, no escatimes en la ilusión de tu voluntad de cazador hambriento, que son las cuatro de la noche y deberías madrugar. Quién te dijo que no, quién te volvió a decir que no, casi seguro fue porque las afirmaciones son el lujo de los osados y no la entorpecida herramienta de autopreservación de los cobardes. Jugá, que la vida es ahora y no hay más tiempo que el de tu poesía, pará de castigarte Vrolok, que aquella princesa no era para vos pero tampoco era para nadie, no la llores ni a ella ni a la otra nena rubia que una noche de lunes te dio la errónea impresión de ser refugio para tus alas torcidas y que el mismo jueves se fue atrás de un silbido dejandote en la lluvia, casi borracho, casi vivo, casi asustado. No llores por vos ni por ninguna de las princesas de Disney que acogotaron tus venas demasiadas madrugadas. Porque el café se olvida cuando se duerme y el vino se duerme cuando uno se olvida de uno mismo. Pará de castigarte y dormí, juntá fuerzas, Vrolok, que queda todo un día por delante y tendrías aue madrugar.

miércoles, septiembre 20, 2017

Chiquita

Se me corta el aire

No llega a mis venas

Más que la nueva cercanía

De tu estrella aromática

Mezcla de plaza y de cielo

De ardor inesperado

Y juegos incomprensibles
Me voy desvaneciendo

En cada vaivén de tus manos

Me hago etéreo y traslúcido

En mi temblor solapado

Cantando contigo, te sueño

En el nacimiento de la primavera
Después de tormenta

Y negrura y cardos y ratas

Sobre las baldosas deshechas

Nace este brote impertinente

Esta ansiedad olorosa de flores

Que en el aire de mi cuarto

Se vuelve tórrido silencio

Al murmurar tu nombre.
Porque no me lo explico

Porque tampoco lo quiero entender

Solo me alcanza la ráfaga celeste

De estanque diáfano

Que de tus ojos me salpica

Y me restablece

A la vez que me persigue

Y conmigo se queda

Hasta despertar.
Y con la mañana...

Volver a contar las horas

En las que tu proximidad

Sea una inocente analgesia

Para el insomnio y los temblores

Que con esta opresión del pecho

Te recuerdan y te ansían.
Me quedo trasnochado

Fugaz pretendiente de sangre

Que sueña ser cuenco

Donde tu amor encuentre forma
Más de cuatro madrugadas...


lunes, septiembre 18, 2017

A perder

Pega el verde del semáforo

En la tibieza del pasamano

La noche tiene bacterias

Que anuncian un temporal

Por las últimas avenidas
El ómnibus es una celda móvil

Un destello reflejado en una vitrina

Que el tiempo va llevándose

Gota a gota a las seis de la mañana
Truncado ya el nombre de la bestia

Contra los recortes perversos de la luz

Baila Se Mamó la Ternera

Cantando retiradas del tiempo de ayer

Sobre los ojos del espejo de hoy
Avenida Italia, cuándo pararás

De sugerirme su extinta compañía

Cuándo agotaras el veneno

De aquella madrugada

De sillas y de fotos
Pero no! Este poema no es para vos

No quiero que tu corazón baile

En la patética delicia de mi abismo

Ya no quiero que vuelen por mi alma

Tus alas color de mar.
Quién recuerda los muertos de marzo

Quién abanica con negro pavor

Las soledades del invierno

Quién ha de clausurar mi sangre roída

Quién tras mi amor

Quién por su dolor de aguja

Clavará puñales de júbilo

En el retrato vacío.
Terminal

Ruta hacia Rocha

Días de otro exceso

Ver las caras que sonriendo

Hablan de la soledad
Tu reloj y el mío

Ya no pueden volver el tiempo atrás

Y esas caras que sonríen

Hablan de la soledad

Estudiadas por el tiempo

Se quedaron sin mirar

Y llegarán las golondrinas...

sábado, septiembre 16, 2017

La vez que volvió a morir en Trueba

Un loco borracho canta
Canta llorando y riendo
Una retirada vieja
Que parece suya
Grita en su rebeldía de perseguidor
Baila en una bicicleta
Se cae y vuelve a cantar
Un loco por Montevideo
Adormecida sin testigos
Ve una luz en una ventana
Y canta borracho
Una canción final
Que nadie acusa
Serenatas de nadie
Nadie en ningún lado
Solo esa luz de novios
Que le dice que el reloj
No encontrará rerorno
Tras las dos de la mañana
Es de la noche
Hace la noche
Es la noche
Cuando grita derrotado
Victorioso y gris
Canta y rie
Llorando y gritando
El loco azul
Encontrando aves
Donde hubo jazmines
El café de sus ojos
Se volcó de nuevo
Poeta de los huesos
Con frío en las manos
Y el corazón de fuego



Historia de Valentín Fonseca (parte 8)


   Sin embargo el temor de caer dormido y regresar a aquel manglar de sensaciones me estaba consumiendo, mis piernas se resistían a obedecer el impulso de la razón y transportarme hasta la cama. Tal vez pasé en aquella disyuntiva unos 15 o 20 minutos más, hasta que desde detras de mi cabeza, una oleada de tibieza me arropó por completo y sentí en mi esternón como el sonido de un inmenso chasquido, lejano pero atronador que me sumió de inmediato en una atmósfera cargada de susurros y de una luz amarillenta que en contra de todo sentido común, me otorgó una placidez total, como si el peso que cargaba a causa del miedo primitivo que padecí durante el día, fuese súbitamente liberado de mis espaldas, sobreviniendo entonces una relajación y un estado se sobriedad que hasta entonces me era largamente esquivo.
   Una vez que se afinó en mi interior el intenso cúmulo de estimulos, apareció delante de mis ojos, la dorada escenografía del mediodía en la rambla Francia. Era tan completo el efecto, con el mar ondulante y el cielo limpio que me estiré y disfruté con tranquilidad de aquel reparo en medio de la tormenta de mis pavores diurnos. Comencé a caminar entonces, con rumbo al oeste y sin apuros, hacia el puerto.
  Todo parecía en su sitio y se me era mostrado como revestido por una serenidad pasmosa, nadie había a la vista y los contenedores apilados me parecían exquisitos laderos para los monstruos altísimos de las grúas metálicas. Ni un ave rompía la cristalinidad del silencio, solo el susurro de estuario, bailando de manera diminuta dentro de su vasto cauce. Tuve la certeza que era domingo y que me encontraba dentro de un sueño. La vividez de mi percepción era deslumbrante. De pronto todo el asunto volvió a mi cabeza y manifesté en voz alta mi deseo de ver a mi amigo, no sentí miedo ni ninguna otra sensación incómoda, solo lo llamé: Doctor Fonseca.
    Escuché su risa como una bandada de palomas dispersadas detras mío y volteé de inmediato. Estaba ahí, parado, su sonrisa era luminosa y benevolente, sus ojos que por lo general eran severos, se veían ahora llenos de placidez y flexibilidad. Me estiró la mano y se la estreché con gusto.
   - No sabe qué placer volver a verlo, mi querido amigo, le mentiría si le digo que no lo estaba esperando. También le mentiría si le digo que no sé por lo que esta pasando, porque yo pase por exactamente el mismo camino - y en su sonrisa se inflamó un gesto de honda comprensión.
   - Me cuesta creer que todo esto se trate de algo real... Perdón que se lo diga. - apunté tan apenado como mortalmente fascinado por los sucesos que tenían lugar en mi percepción.
   - Le cuesta creer... Pero sin embargo acá está, supo donde encontrarme sin ninguna dificultad. Venga, tengamos esta reunión en un sitio más apropiado - dijo y con una sonrisa amable, hizo un amplio gesto con su brazo indicandome que lo siguiera. Accedí y en cuanto realicé el primer movimiento, nos hallábamos los dos sentados en sillones elegantes y antiguos. Me costó bastante reconocer dónde estábamos, pero al percatarme de la cantidad de ventanas que nos circundaban, eché un vistazo a través de ellas y la respuesta acudió al instante a mí, estábamos en la cúpula del Palacio Salvo.
   - Se que adora este lugar y quiero que se encuentre cómodo.
   - Es increible... Y dígame estos... Seres. No lo acompaña ninguno hoy?
  - oh si, claro que están, de hecho es su energía y su conocimiento lo aie funciona como sostén para este sueño aue usted está teniendo.
  - Pero y usted? Usted esta soñando lo mismo que yo, entonces?
  - Bueno, yo en realidad soy algo más que eso, yo vivo acá. - y al decir esto pude ver un destello de fascinación y misterio en su mirada, parecía invitarme a que le hiciese más preguntas. No pude articular ninguna frase.

jueves, septiembre 14, 2017

Errar

Beso en la Luna perdida
Balcón de mi calvario
Que me anunció otra muerte
Y me caí de la bicicleta
El mundo sin queso
La soledad en camiseta
Y el cantor en su duelo
Que se cansó de morir
Arrastrado por el silencio
En tormenta de pedregullo
Y sales de un cuento podrido
Hoy me llena la resaca
Y la angustia y el dolor de un sueño
Triste, abandónico, cruel
Se pasa la madrugada
Se agita el polvo dormido
Del aire clausurado
Y me voy de paso
Hacia nadie o peor

miércoles, septiembre 13, 2017

Historia de Valentín Fonseca (parte 7)

(parte 7)
Entonces desperté, escapando hacia la confortable seguridad de la vigilia y de la mañana, y toda la tempestad de miedos e inquietudes que había padecido momentos antes, durante el encuentro en la plaza, se borraron inmediatamente de mi memoria, dejandome en paz y desapareciendo hasta aquel fatídico momento en que recordé todo de un tirón, ya entrada la tarde. Y ahí estaba, con mi viejo Toyota Tercel rojo, detenido a un lado de la calle Rivera, con las balizas encendidas, entorpeciendo el tránsito y herido hasta el desgarro con la impresión corporal de volver a cuestionarme, ahora como algo inhumanamente cierto, la oferta que me hizo mi amigo durante el sueño.

    Sin embargo, un minúsculo soplo de racionalidad se apoderó de mí y puse en marcha el automóvil con destino a la aduana, a la peatonal Sarandí, a enfrentarme cara a cara con mi amigo, el Dr. Valentín Fonseca y darle un punto final a aquella insana incertidumbre que había sido capaz de poner en tela de juicio todo lo que creía saber sobre este mundo.

  Llegué antes de darme cuenta y estacioné el auto en Fracisco de Sostoa para caminar hasta la puerta de calle del edificio. Me prendí al timbre con una actitud casi agresiva, como si mi mente buscase una verdad que solo con la fuerza de la determinación y la valentía de sanear el asunto, fuese capaz de encontrar. Nadie atendía, aunque yo seguía tocando. Me puse irremediablemente histérico y sospechoso, otra vez estaba perdiendo el control... Y me estaba dando cuenta. Me rascaba la cabeza, pasando una otra vez las palmas de mis manos por mi cara, y a mis ojos comenzaron a acudir agrias lágrimas de desesperación que me ganaron por completo. Más timbre y más timbre toqué sin obetener respuesta. Unos minutos negros se descolgaron después, hasta que una señora anciana a quien conocía de vista y saludaba a menudo por el barrio, apareció en el hall del edificio y abriendo con llave propia, salió encontrandome. Tuve el tino y la entereza de alma para poder no aparentar toda la vorágine de espanto que me trituraba el estómago y la saludé apelando al último dejo de compostura y sobriedad que poseía.

- Buenas tardes, señora.

- Qué tal joven?

- Casualmente no habrá usted visto al Dr. Fonseca?

- Ay! No querido, hace mas de 15 o 20 días que no lo cruzo, supuse que estaría de viaje. Usted no sabe nada de él?

- Por supuesto... - repuse mintiendo para reprimir un acceso de náusea inducido por un primitivo temor de confirmación.
-El doctor fue a un seminario de cardiología en Mendoza, seguro aún no ha vuelto.

  La señora se dio vuelta para ayudar al brazo de la puerta a cerrar, diciendo algo en tono como de queja y forzando su mecanismo automático con la fuerza de su ansiedad, una ansiedad de viejo que tanto conocía yo por la naturaleza de mi profesión. Aproveché ese lento giro de su cuerpo para salir de allí a toda prisa por la peatonal hacia el oeste, hacia la calle Maciel, donde girando a la izquierda apresuré el paso para encerrarme en mi apartamento, intentando en todo momento evitar mirar el vasto reino del Río.

  Amarga fue la resaca última de aquella tarde. Mi apartamento sumido en una incertidumbre cremosa, era el escenario peor para el derrame de mi propia ansiedad. Una y otra vez repasaba go las imagenes del sueño y cada repaso me untaba más y peor en la espantosa sospecha... Un lagarto de primaria curiosidad circulaba en mis arterias, más grande que la sangre, indeciso, terminante, cuyas bases fundamentales se apoyaban en algo rotundamente descabellado, algo que hasta aquella vez, no hubiese considerado más que un mal sueño y que ahora me parecía terriblemente real. Tan real que mi cuerpo físico oscilaba en la penumbra de un saber imposible, entre espasmos y escalofríos interninables, una fiebre verde y escamosa que me producía tanta repugnancia como morbosa maravilla.


  Lo peor aún estaba por venir, ya que en un momento de la tortuosa meditación, caí en la cuenta que eran las 3:10 de la mañana y que irremediablemente debería dormir si pretendía asistir a la reunión con la gente del laboratorio con quien, no temo ahora confesarlo, me vinculaba un asunto de cifras bastante significativas a mi favor. 

viernes, septiembre 08, 2017

Historia de Valentín Fonseca (parte 6)


Fue tan impresionante su presencia, tan real e imponente, que mi miedo por el acusoso ser se vio apagado en contraste con el pánico que me causó su risa reventando en la azotea de mi edificio. Quise quebrarme, perderme, desaparecer, cualquier cosa que me alejara de la repugnante escena. Corrí, pero en lugar de salir andando, lo que conseguí con mi primitivo intento de escape fue cambiar la locación del sueño. En un segundo estaba en la plaza Matriz. Era de noche. Mire al rededor con las pulsaciones por las nubes, no vi a nadie. La plaza estaba vacía. Suspiré aliviado y me propuse tomar asiento, aun sin la más remota sospecha que me hallaba dentro de un sueño. 
  Entonces escuché otra vez la degenerada risa de sepulcro abierto y padecí un profundo escalofrío y giré aobre mí buscando de dónde provenía para poder huir con todas mis fuerzas en la dirección opuesta. No lo veía. Pero volvió a reir y el sonido se hizo como gelatina por todo el ámbito vacío de la plaza.
   - No tenga miedo, doctor. No hay forma de escaparse. Ellos nos encontraron, no son malos, de hecho lo único que quieren es aprender de nosotros y pagan por su servicio mucho más que nuestros pacientes habituales. 
   La voz rebotaba en todas partes sin provenir puntualmente de ninguna. Mi horror iba en franco ascenso y me sentía al borde del colapso. Finalmente y tras una busqueda angustiosa, lo vi, sentado en uno de los bancos, vrstia su traje beige , una camisa blanca impecable y una corbata oscura, prendida con un prendedor que yo mismo le regalé para uno de sus últimos snivetsarios de casado. Parecía nuevamente mi amigo de siempre y percibí en sus ojos un brillo de humanidad y de aprecio.
  - Después de todo lo que ha visto, las enfermedades, el sufrimiento, la falsa esperanza, del oscuro corporativismo que es inerente a nuestra profesión... Venirse a asustar por semejante milagro.
  - Nada de esto es real - dije con un temblor recorriendome el cuerpo entero.
  - Oh sí, ahí es donde usted se equivoca, mi querido amigo. Esto es muy real, tan real que solo pensarlo lo hace estremecer, pero le repito: no tenga miedo. Estos maravillosos amigos vinieron desde lugares demasiado remotos, solo para conocernos y usted esta agarrando el sartén del lado equivocado, si me permite, mire, solo permitase mirarlos con detenimiento - y con un gesto amplio de su mano me indicó el centro de la plaza. El panorama era inverosímil, pero nada me hubiese podido parecer más real: una docena de seres de agua ululaban rítmicamente alrededor de la antigua fuente. Me estaban mirando. Pude sentir en la médula de mis huesos todo el peso de su poderosa curiosidad, mi pavor cesó. 
   - Así está mejor - respondió mi amigo o lo que fuese que hablaba con la voz y se veía como mi colega. - Créame, si elije quedarse con nosotros no habrá más muerte ni tristeza ni ninguno de los horrores cotidianos que ennegrecen nuestra fugaz existencia. Digalo, digales que se quiere quedar acá con nosotros y todo sufrimiento habrá cesado definitivamente para usted, estos amigos se encargarán de cubirir todas sus necesidades y le ungiran con el conocimiento secreto de todas las eras. No tenga miedo. Es la conciencia eterna su regalo a cambio de nuestro simple consentimiento. Qué dice?
   Me hallaba absorto en la contemplación de aquel insólito grupo de seres conscientes, que ahora venían levitando bajito, acercándose tímida y curiosamente a mí. En un instante creí comprender todo y me deje llevar por una inusitada calma. La oferta no solo me parecía justa sino absolutamente seductora. Como médico, casi toda mi vida giraba entorno a la muerte y por supuesto era la cosa a la que más le temía en el mundo: mi propia muerte. De modo que evadirla y a la vez acceder a una fuente ilimitada de conocimiento, me parecía una oferta que solo un tonto podría rechazar de plano sin siquiera meditarlo.