sábado, diciembre 31, 2016

2017

Los mierda de la calle sarandí
Dicen todos feliz año
Piden cigarros
Patean costuras rotas
Silban un requiem 
Y dicen feliz año

El degollado
La princesa del reino en escombros
El duro inmundo
Los amantes de las armas
Todas las putas rubias y morenas
El mediodía de la resaca
El salvadoreño de rastas 
Que pasa merca en el quilombo
Mi corazón roto y vuelto a hacer
Dice feliz año
Y manguea... 
Una gota más de agua
Para este maravilloso desierto

viernes, diciembre 30, 2016

Mil almanaques rotos

El perfume
Y la esencia

El vendabal
Y la luna

Viejo despertar
En palabras sin tregua

Quedan por 18
Restos del año
Cortados a pedazos

Besos sin dueño
Paredes gastadas
Y gatos ciegos
Que van a deambular.

Porque una niña
En su bicicleta de humo
Llora las cenizas
De su adultez

Y multitud de perros
Sin nombre
La veran pasar
Y rezarán su sombra
Hasta que salga el sol

jueves, diciembre 29, 2016

A boliches

Dio otra vuelta

Los ojos

Aplastamiento
Que trae con el viento
La penúltima comparsa

El cielo baleado
Y en la vanidad 
Otro rostro gratinado

Risa y farsa

Los ojos

Salud para mi sangre
En esta hora a punto
De caducar

Lentitud y un dejo de hambre
Recorre las plazas de Montevideo
En forma de melancólico calor

Después el fresco de la noche

Otra vez los ojos

Sobrepoblación de insectos
En voráz reacción en cadena.

Repica
Ritualizante
Estretor
 mortero y bengala

Sudor madrileño

Mareo y sopor

Cada paso que doy 
Sobre el asfalto
Éste parece hundirse
Como una materia surreal

Universo chirlo
Matemáticamente inexacto
Apoyar la mano
Sobre una cagada de paloma
En la plaza de los 33

Me abrazo a la ola de calor
Sumergidos mis ojos
Cantan y lloran
Bailan y esperan
A la princesa
De Carrasco
Que en sangrienta batalla
Se ganó mi corazón.

Con sus tiernas mentiras
Su cuerpo maravilloso
Su voz de ave del ocaso
Con su oleaje zarpado
Su mano inmensa
Con su corazón de durazno
Su sombra limpia

Con todo lo que ella sabe
La espero...

martes, diciembre 27, 2016

Av. Italia y Mataojo

Por qué el cristal en su estallido
Suena como el latido de mi sangre

Por qué ante la máxima hermosura
Mi corazón se muerde las venas

Por qué hoy al pasar por mataojo 
Creí sentir su ausencia
Sentada en el mismo muro

Con la minifalda verde
El cabello negro
La noche rellena
De suspiros y antojos
Clandestinos

La suerte del cantor
Su vino bohemio
Es despertar
En medianoche

lunes, diciembre 26, 2016

Vino del Fraternidad

No era todo
Todo era no

El alfiletero
Y un pedregullo
Imposible de olvidar

Soy 
Una serpiente
En espiral
Hacia mi muerte

Un pájaro
En la tierra
Bajo la vulgaridad del sol

Ahí van las amigas de los relojes
La cuña despelusada
Y otro arrabal
Que se va a la concha de tierra
en busca de otro final

Melancolía trasnochada

Relativa a historias personales
Detenerse y mirar a mitad de la ruta
El reloj de arena
La barca de suspiros
Por donde trepa la luna
Hasta endulzar sus labios pasajeros
En otro campanario.

Vuela la voluntad viviente
Ver y virar el vuelo hasta
Dejar de sonreír otra vez.

Hacia el romper del poniente
Vuelan las golondrinas sin regreso
Escuchar de frente a la murga
Que pudo se nuestra este carnaval
Y que por un azar que no busco comprender
Coincide exactamente
 con lo último que imaginé.

Paredón de escarcha
Vivo repitiendo
El tambor tardío
Alguna vez 
Evitará su vacío.


domingo, diciembre 25, 2016

El ventilador

El cuchillo habla el lenguaje de la sangre
Porque el ocaso es resultado de lágrimas

La hoja desganada hace vueltas por el aire
Porque la mano de su suerte la ha soltado

Yo cocino mis versos
En el caldo suspendido
Mientras un sapo negro
Trata de entrar en la casa

Las oficinas tienen perlas podridas
Porque también la angustia
 hace sucursales

Llovió en la mañana
Y el mediodía 
Fue casi una ciénaga
De ausencias.

sábado, diciembre 24, 2016

Besos a España

Ataviada con promesas 
Baila en la madre patria
Como ayer lo hizo otro sol
En el frío de diciembre

Acá se comen galletitas
Se escucha a Gilda
Y se toma cerveza fría
En la brisa veraniega.

Juegan los niños con osos panda
Andan de sombrero 
Apuntando el arco y la flecha
Entre los banderines que bailan.




viernes, diciembre 23, 2016

La estación de la frutilla

Los ausentes
Dominan la soledad
Y tras el césped
Se alza una luna nueva

Anillos de hielo
Corretean
Desmigajan carreteras
Atragantando olvido

Un hijo de puta 
Le pega a un perro

Ahi viene el carnaval
En su carroza íntima
A contracanto trompeta
Bufando y zarpando
Desgarradura de azúcar
En la estacion de la frutilla

jueves, diciembre 22, 2016

Esperar a los hermanos en la noche despiadada

Suelta la murga su adiós
En esquinas que se evaporan
Y que el tiempo volverá a germinar
Las manos con la tinta 
El vidrio de los ojos

Aguardando
En pausas y mostrdores
Mesas de pool
Que nunca voy a entender

Sale la guitarra
Como la luna
En la orilla de otro abrazo
Ramo de poesía
En caminos de jazmín

La botella 
Y sinfonía de vidrio
Que se anuda 
Por la pericia del brindis
A la salud de un carnaval
A sabiendas imposible

Calor gris

Época de gatos al acecho
La jactancia
Erizo embadurnado con mieles
Que detonan el amanecer.

No hay un solo llanto
Ni siquiera uno escurridizo

Solo envolver un paquete con comida
En la irrisoria fugacidad
De nuestro tiempo.

Pasan y pasan
Esquinas y sueños
Un bar libertador
En su estallido solitario
Alcanza a penas
Para soñar alivios
Pasajeros.

Un caballo con 4 alas
Galopará sobre el perfil
De una azucena.

Distancia que se termina
Vaso de grapa
Que hace equilibrio
Y atropella...

miércoles, diciembre 21, 2016

111 hacia la noche

Alguien dijo
Susurros de los árboles
Botellas responden
A destiempo

Y ese camino
El otro
Ese que sin varillas
Construye 13 palacios
Se queja y acusa un falso dolor
Para quedarse tranquilo
En la bodega del miedo

Una estrella parada
Al borde de su triteza
Conversando
Con su guitarra
Abandonada en el cuarto de pintura

Sueña con emigrar
Eternamente desconsolada
Llora por el horizonte
Y solo por el horizonte.

El tiempo que se hizo el vivo
Jugando a derretir las aristas
De aquello que pudo ser
Ríe por nosotros
En el chasquido de la medianoche 

Llega el verano a La Isla

Entrevero de semáforos
Piñas de luz 
Que van y que vienen.

Persiguiendo el amanecer
Se disolvió la coraza 
Y un lánguido rayo de sol
Se aquerenció en tu balcón.

Pierde el jazmín
Su virtud clara y sedante
La brisa de primvera
Se terminó.

El verano imperante
Arrasará el fresco de la tarde.


lunes, diciembre 19, 2016

Noche de vasos caídos

Se cae uno y después otro
Danza despacio 
Por conocimiento
Y dulce de remolacha
Abuso de lobo y la luna por la mitad

Vean el romantiscismo
Caotico
De volver a la isla del frio
A punto del verano

Roberto

Gaviota de mutación
Que dice que es una harpía

Hay un plato
Parado al filo del reloj
Y pocos murguistas
En el ensayo
Están para grandes cosas.

Claro que el lagrimón
Y ni que hablar del espejo.


domingo, diciembre 18, 2016

Domingo de lluvia

En las barandas de la tarde
Se apoya la melancolía
A mitad de Ciudad Vieja
Y mira el mar, como perdida

Porque siempre su sueño
Es anhelo confundido
Y la realidad
Hace el ruido de unas alas
Que aturden

Angel negro
Absurda multitud
De ojos plateados
Y esa comezón
Que anuncia
Placidez de jazmín
Será sendero y paisaje
Donde se abrazan cadenas
Y sueños de las 8 de la noche

Pero es de día....

sábado, diciembre 17, 2016

Cumpleaños de Piedra Lisa

Como una semana
De colgados al vacío
El rubor de la pálida perla
Viene a ver a la luna
Y admirar su desafío

Canción de reloj
Brisa de asilo
Tus brazos 
harán la extracción

Se desvanece el filo

Parecen viejos teatros
Sus voces al amanecer
Se van a esconder los
Retratos

Y pisa la lluvia
La mansa ensenada
En umbrales y veredas
Donde se anuncia la vida

Tronco de ingeniería
Y diamante berreta
Para combatir
Al confort de medianoche
Y llegar a la madrugada
Todavía vivo.

El percal

De nuevo la misma vuelta
Ahondar la frecuencia
Para el batallar y las puertas
Anda el viento 
Oliendo las flores
Diciembre es de asfalto
De vino y cigarra

El arrabal parece confundido
Pero es reloj y bala de plata
En la puntualidad del ocaso

Para qué seguir acallando
Lo que da vueltas por la boca.

jueves, diciembre 15, 2016

LXXIV

    Finalmente habían llegado los primeros minutos del 12 de diciembre. Exactamente un año desde aquella perfecta primera noche de amor con V, la noche de Aquel Abrazo, donde por la tormenta imprevista tras un tórrido día de calor, germinaron las rosas suicidas de nuestra pasión, dd nuestro mundo finalmente imposible. Además también se cumplían dos meses desde el último abrazo, aquella noche pesada y culminante en la que el calor adelantado en octubre nos fundió llenos de reservas en un ultima mirada del mas inmenso de los amores cobardes. En 18 y Yí, a las 21 horas se diluía la irregularidad que el destino puso frente a nosotros para que seamos felices y que al final desperdiciamos en un mutuo gesto de protección ante la amenaza de un amor verdadero. A diferencia de la última vez que pasé dos meses sin abrazarla, entre junio y agosto del mismo año, esta vez ya no deseaba hacerlo. Mi cuerpo no gritaba ya su nombre en medio de la soledad, sus ojos no tenían ni agua ni fuego para los míos, todo fue morirse de sed y eso eramos "alguien que una vez conocimos". Sobraron los motivos del adiós desde el día 20 de aquella no-relación. Sobraban ahora los motivos para abandonar definitivamente su hechizo de bravura delirante, su senda hacia una incertidumbre en espiral que fundió mis sueños, en otra despedida sin consuelo, otro pañuelo de sombra en el anden. Esa locomotora de pena y de glorias, finalmente se hundió en la profundidad del pasado. 
    Al escribir éste, el último capitulo, era necesario, casi vital, tener un gesto con su recuerdo. Dar el ultimo aliento de perdón y despojo ante el entramado del destino. Mientras lo hago, la luna soberbia enmudece alta tras la ventana del cuarto en la casa del Pela. Mi primo la había visto en la feria del Parque Rodó, cuando lo mencionó comprendí que aquel era el último estertor, era el sentimiento que necesitaba para afrontar la tarea de escribir el último capitulo, cuya creación fue por demás dificultosa ya que es sabido que el autor suele temer ante el desprendimiento de su obra, por que una vez culminada, esta deja de pertenecerle.      Ella estaba. Vivía y era toda ella, mas allá de mi aplastante voluntad de negarla para siempre, V siempre iba a estar ahí, inalcanzable, fuera todo rango de acción, a salvo y mas allá de cualquier eventual recaída de mi deseo, a medio instalar detrás de mis más crueles certezas, recordándome que a veces el corazón se niega a si mismo la verdad que el resto del universo nos despliega, cuya totalidad es resistida en nombre de una fuerza de voluntad casi desquiciada. Dejarla ir había sido un ejercicio de lo más tormentoso, tras el cual resulté bastante beneficiado por mis propias decisiones y fui capaz de, haciendo acopio de mi poder personal, restablecer un orden impecable a mi vida, forzándome a una disciplina inflexible y volcando los excesos insoportables de energía en mi cumplimiento con la demandante labor de cocinero el Quo. Cada día me sentía más agradecido de no haber podido enlistarme en el ejercito.
    Tampoco podría dejar de agradecer ni de mencionar a PM, quien desde todo su cariño, su corazón tierno, su valentía y su incalculable belleza, fue para-medico de mi melancolía y rompió las barreras de su asfixiante rutina para estar a mi lado, escaparse de las enredaderas oscuras de su laberinto, dejarse al crecimiento de mi flor en su mejilla, dedicarme su tiempo y su atención, así como su cariño, sus mañas y sus celos pueriles sin motivo. Haber, de forma espontanea y legitima, comenzado a quererla y que ella me empezara a querer del modo que lo hacía, con total valentía, fue también un componente de alto valor para esta victoria ante la adversidad que ahora celebraba en las noches de mediados de diciembre, con sonrisas y tremenda entrega y sacrificio y un humilde desapego que jamas había sentido antes, un sosiego activo que me ponía en situación de privilegio ante los últimos minutos de aquel 12 de diciembre, cuando con Andy y con Tati, nos sentábamos en la Plaza Matriz vacía y la campana de la catedral metropolitana nos saludaba al pasar con su último anuncio de aquel día de nuevas aperturas y de clausuras, en resumidas cuentas, de renovación del ciclo en su año lunar que tanto marcaría mi alma en todos los años subsiguientes.
    Todo el día trascurrió con la naturalidad de un lunes tórrido en Montevideo. Un calor que el viento era incapaz de disipar. Trabaje de forma habitual, incluso me quedé tres cuartos de hora mas por el simple hecho de sentirme bien y estar ahí. La cocina del Quo ya se había vuelto casi mi hábitat natural, el grupo de trabajo se compactó y era aun mas eficiente y los lazos de camaradería generados,  se hacían sentir en el frenesí del almuerzo como una clara materia aglutinante que facilitaba la cooperación y la colaboración. Disfrutaba una enormidad de la aguda y rustica inteligencia y el ácido sentido del humor de León, que tenía mi mismo cargo pero con un año de antigüedad, disfrutaba de la practicidad alborotada y la calidez de Natalia, la esposa del chef, hasta disfrutaba de la perturbada arrogancia y la tierna veta humana de Fernando, que padecía un efecto similar al apunamiento, tan común entre los que como él, trabajaron  muchos años en el primer mundo y volvieron a Uruguay, donde el ritmo es pasmoso y la chatura casi infinita. Pero tal vez el goce máximo era disfrutar del conocimiento, la visión creativa del chef Guillermo, quien desde su impecable serenidad, dominaba aquella cocina casi siempre sonriendo o cantando o enseñando fundamento gastronómico o avisando que cuidado la focaccia, aunque también era capaz de transmitir una lección embebido en sorda furia y cambiar el color de su rostro con refinadas puteadas siempre sin perder el respeto, con el cual se abrió camino en la vida y a sus 40 años, era ya el completo señor y dueño de su destino. 
   A las 20 horas salía yo de la casa de mi madre, previo café y conversaciones íntimas con mis dos hermanas y otras de caractet mas abarcativo con mi mamá, quien desde su hermosura serena y cansada, sentenciaba sus tiernas verdades con el puño apoyado en la sien, sobre su cama ubicada en el justo lugar donde fui concebido. Atendía yo a la melodiosa frecuencia de su voz y me dejaba viajar sin reservad en los meandros de sus decretos, su espiritualidad y su sabiduría pecada por una educación demasiado aferrada a los bienes materiales y a cierta calidad de vida que su marido, con muchísimo esfuerzo y su superlativa minusvalía emocional, era apenas capaz de brindarle. 
   Salía entonces, cerca de las 20, igual que otras miles de veces a lo largo de mi vida, por la puerta del edificio hacia la amplia explanada. El día había estado colmado por el calor y en los inicios de la noche, éste no aflojaba, persistía con la luna entreverada en oscuras nubes de tormenta que moteaban el cielo, mas allá. 
   Seguía siendo 12 de diciembre. En ningún momento padecí debilidad ante la certeza de saber que ella pendía al otro extremo del hilo que me remontaba como una cometa en la tranquilidad de su ausencia, al reparo de su muerte en mi corazón. Ni siquiera tuve que refrenar el impulso de correr a su balcón, a cantar mi serenata de jazmines y que no abra su ventana, porque a pesar de haber existido, fue tan débil frente al proceso de crecimiento personal que había atravezado para llegar a ese momento de mi ser, que ni siquiera en estado de ebriedad hubiese movido un pié hacia la sombra de una mera posibilidad de volver a enfrentarla, ya no. Caminé por peatonal Sarandí respirando un aire igual al de aquella primera noche de encuentro y aun así, aunque el revés del tiempo fuera una caricia de calma y consuelo para mi sangre, no podía evitar sentir su presencia como una cicatrpiz definitiva en mi vida. Sentía finalmente bajo mis piés, la costa de su duelo,  a la que arribaba cascoteado y todo tajaeado, pero hacía pie, me apoyaba finalmente en la tierra firme de mi propio destino, una vez que crucé la calle Colón y aceleré el paso hacia la abstracción y el silencio de la casa del pela, me detuve. Giré sobre mí y dando la vuelta recordé la retirada ganadora de la Gran Muñeca del 15, aquel verso, ir tan solo apenas, un poquito mas despacio y ver a los amigos, delirar un rato... y me arrimé a la puerta de la casa de Andy, chiflé y salió a abrirme. Bajamos a la calle y camino a la rambla, el cielo comenzó a iluminarse con las luces de los rayos. Rompió a llover. Al igual que el 12 de diciembre anterior, de forma sorpresiva y en el comienzo de la noche, el cielo regalaba su gesto de amor por la tierra y al igual que aquella primera noche junto a V, lo que parecía una lluvia hasta el amanecer, se detuvo a los 10 minutos y el olor a mar y a tierra y polvo mojado se apoderó del aire. En ese momento sentí un minúsculo desgarro en el plexo solar, era la confirmación, la ultima y certera señal de la misma muerte. El cierre redondo de lo que nunca había comenzado. Solté su perfume y la magia se disolvió en la lejanía del río de la plata. 


FIN


   

miércoles, diciembre 07, 2016

LXXIII

    Finalmente llegó el día del estreno en el teatro Paso de las Duranas del espectáculo 2016 de la murga Se Mamó la Ternera. El día empezó en el cuarto del fondo de la casa de mi amigo el Pela, de forma completamente habitual, salvo que ese día había aprovechado para dormir al menos 30 minutos más, de cara al desafiante día que me aguardaba fuera de la cama. 
      El cielo limpio y celeste se agitaba con suavidad por encima de la Unión y en la parada de ómnibus de 8 de Octubre y Comercio, la gente poblaba el paisaje con su habitual torpeza. El sudor matinal provocaba una pátina de brillo en las frentes de quienes aguardaban su viaje al Centro. Pasaban los Tala-Pando y los 7A que van a Zonamérica por la vereda opuesta y de sus ventanillas se volcaba ausencia y frialdad, mi pecho sentía cada uno de sus movimientos y a la vez... los dejaba pasar sin más. 
     Llegué al Quo con 5 minutos de anticipación a mi horario de ingreso, saludé cordialmente y bajé a cambiarme. La jornada que me aguardaba al volver a meterme en la cocina, no iba a ser fácil de pelar. Vestido con mi uniforme y mi gorro de cocinero, comencé junto a Natalia a verificar que todos los alimentos para el servicio estuviesen en orden y en su cantidad necesaria para afrontar la hora del mediodía sin tener ningún sobresalto ni agotamiento de ningún producto. El chef Guillermo puso un par de Pides del día anterior al horno y como era rutina antes de las 10 de la mañana, hicimos café y desayunamos mientras íbamos haciendo huevos duros, preparando arroz del día, cortando tomates, contando lavash y el chef horneaba pan de focaccias y armaba también una o dos bandejas de Pides para el servicio. 
     El sol iluminaba el salón, contagiando un calor intenso que poco a poco fue ganando terreno tras la barra, instalándose para todo el tirón entre el personal. Fue soportable. A eso de las 11 de la mañana ingresó al establecimiento una señora mayor, de unos 75 años de edad en pésimas condiciones de salud a juzgar por su apariencia. Se sentó en una de las sillas, su cara lucía grave y tosía provocando un sordo ahogo, un sonido perturbador similar al de la muerte. Fernando, el otro dueño y cajero del Quo Pide House se aproximó a la señora con aire de sobresaltada curiosidad y le preguntó si se sentía bien. Yo pelaba los huevos duros y hacía papas para las ensaladas mientras limpiaba mi lugar de trabajo para llegar al mediodía con el orden y el aseo que es vital si se pretende atravesar las dos o tres arduas horas del almuerzo. La señora dijo que estaba bien, pero no lo estaba. Tosía de manera muy brusca y al rato sacó de un bolso un inhalador al que le dio varias chupadas antes de quedar como ida, apoyada sobre la mesa. Fernando, nuevamente muy atento, volvió a ella y ante su falta de respuesta la sacudió con suavidad, la señora le preguntó si podía llamar a la ambulancia y en un segundo el local quedó paralizado, era ella la única ajena al personal. Llamamos al 911 y en menos de 10 minutos la policía había estacionado en la intersección de Colonia y Tristán Narvaja y se llevaron a la mujer que entre balbuceos preguntaba en qué idioma hablábamos nosotros, que si era ruso o griego. Evidentemente estaba muy confundida. 
    Todo el incidente logró deshacer por completo la fragilidad en la que se sostenía mi estado de ánimo, una profunda angustia me ganó por completo a raíz del episodio. Tanto fue el impacto de la escena que ingresamos en el horario del servicio casi sin darnos cuenta y cuando quise acordar el salón estaba lleno y las comandas salían disparadas a toda velocidad. Yo iba y venía tras ellas, pero no estaba realmente allí, me volví impreciso, desconcentrado y me sentía terriblemente triste. Se me quemó un Wrap en el horno y tuve que cambiarlo de lavash a la carrera y sin que el cliente se percatase, Guillermo me asistió con severa celeridad y el incidente no pasó a mayores, sin embargo, cualquier error en la cocina, trabajando o no, siempre me produjo una sensación de enojo muy grande, esta vez no fue la excepción y tuve que combatir la mezcla de impresiones mientras salían los licuados, los exprimidos, las limonadas, los Fast-Fun de Panchas, de enchilada o de pollo. Estaba peligrosamente ausente. En una, Natalia se me arrima y me dice, no te desconcentres, no me dejés sola. En las pocas semanas que llevaba trabajando con ella, había aprendido a conocerme en ese sentido, se daba cuenta que cuándo me equivocaba, me enojaba y terminaba desconcentrado, esta vez se aproximó para pedirme que no lo hiciera.  Asentí con la cabeza pero no pude volver de lleno al partido. En determinado momento a mitad del servicio del almuerzo las ganas de llorar me arrollaron totalmente, tuve que, con el último esfuerzo, pedirle al chef que me dejara salir a "tomar aire" un segundo porque no me sentía bien, sin dudas no era el momento indicado para salir, pero me vi forzado a hacerlo. Dale, me dijo, pero andá volando. Salí efectivamente volando y me senté a un costado del local, donde por lo general salía a fumar en mis breves momentos de descanso. Una ola de emoción rompió sobre mis espaldas y unas cuantas lágrimas se me cayeron de los ojos sin poder ofrecer más resistencia que la de la de la mano que las restriega con un poco de negación. 
    Volví adentro y me zambullí en lo que restaba de la locura del almuerzo, a los pocos minutos había ya podido restablecer la relativa solidez de mi estado de ánimo y por sobre todo, la efectividad y la prestancia a la hora de atender las exigencias que tenía el puesto del cocinero. Porque el chef me lo había dicho ya, vos no sos ayudante, los ayudantes pelan papas y lavan lechuga. Vos sos cocinero pelas papas, lavás lechugas pero también hacés masa, controlas que las cosas no se quemen, armas los platos, aprendes las técnicas, metes los dedos y probas todo lo que se vende. Tenés mucha responsabilidad, hay compañeros tuyos que hace mucho más tiempo que están y no hacen muchas de esas cosas. Era cierto, debía encontrar fuerza en la flaqueza y estar a la altura del  desafío que tenía por delante, que por más intenso que fuese, era todavía previo a la al que me deparaba la inminente noche del estreno.  
    Amarillo dorado que derrite su brillo en la grasitud del pavimento, tránsito humano ligero y trabado, perdido, vulnerable y siniestro a mitad del día, pasan los coches, tocan sus bocinas, la luz se hace como una mandarina que se parte en gajos, revelando la infinidad del tiempo y enfrentándola a la fugacidad de nuestro tiempo, este otro manojo de luminosas que le mustra los dientes a la muerte, al menos una hora, una hora ida, una hora perdida, hora de honorable atenuación de los dolores, hora de crema batida en las penúltimas espaldas de un amor que jamás existió, minutos que parecieron horas podridas, horas podridas que se sintieron como minutos de divina eternidad o una hora de relleno, sustancia de esta vida, sentimental refuerzo de soledades y compañías apenas comprensibles. 
    Mientras escribo, el gato del Pela lucha ferozmente contra una bola de pelo incrustada en su garganta y tose haciendo el ruido de una niña vieja, surfeando una oscuridad que simula un cándil varado en la nada, pero que no lo es.  
      Pasa de golpe el servicio del almuerzo, destellos celestes van de una punta a la otra sin que nadie vea nada, las naranjas cortadas en mitades dejaron sus cáscaras en la papelera junto a la bacha, su jugo en los vasos de los clientes, pero toda su esencia se fue emplazada en mi alma, su destino de exprimido fue estela de rabiosa pasión cítrica, pulsando por Tristán Narvaja, rumbo norte. Caminé hasta la tienda de mi hermana, hacía días que no nos veíamos, muchos. Toqué el timbre y desde adentro me sonrió con esa sonrisa que me derretía de amor y salió con su alocado paso saltarín a abrirme, su abundante y enrulada cabellera venía a mí con su tremenda alegría, pero estaba triste, había olvidado que ese día tenía un examen de fagot, simplemente se había olvidado y estaba triste y hacía días que no la veía. Nos abrazamos, ese fue otro abrazo lindo. Estaba muy apurado ya que en el club todos mis compañeros estarían en ese momento, ya maquillados y con la maquinaria dando sus últimas vueltas antes de emprender el viaje hacia las Duranas. Carla iba a ir hasta Colón a buscar a Lucio y a Tamara y junto a mi cuñado y mi sobrina, irían a verme. 
      Me despedí de ella y medité acerca de qué ruta me convendría hacer para llegar al Recoveco lo antes posible, evalué combinaciones de ómnibus que podría hacer y ninguna me resultó viable ya que no tenía en ese momento la tarjeta STM que te permite realizar viajes compuestos, de modo que al tampoco tener una línea directa hacia Garibaldi y Terra, tuve que caminar unas 15 cuadras desde Tristán hasta Rondeau, donde un 169 me dejaría bien cerca de mi destino. Recuerdo que antes de decidirme a caminar, el apuro y la intranquilidad me vencieron, forzando a mi cabeza a preguntarse "qué hago" y recuerdo también mi reacción espontánea de tranquilidad y placer cuando la parte más saludable de mi personalidad dejó escuchar su voz en mi oído diciendo "y bueno, me voy cantando murga", eso hice. 
     Tal vez unos 40 minutos después de haber cumplido mi horario de trabajo, llegaba finalmente a la puerta de el cómodo local de ensayos de la calle Garibaldi. Me metí para adentro en una mezcla de euforia, calma y total abandono. Mis ojos fueron colmados con la poesía del panorama, el color, la prisa, la luz del día invadiendo la sala grande del Recoveco por las ventanas de hierro esmaltadas hace mucho tiempo con color blanco, algún niño corría en círculos, se respiraba una tensa tranquilidad, una agradable antesala para lo que serían las horas venideras.
     Mis compañeros maquillados por mi tío Raúl, iban y venían cargando cosas y apilándolas de forma más práctica. Me pintaron la cara en 10 minutos, Camilo me colocó la base blanca de forma tan rápida y eficiente que apenas lo pude creer, de ahí, cambié de asiento a uno que daba hacia la ventana y el sol se me caía arriba. Mi tío, me pintó los colores y los rebordes negros bastante rápido también, parecíamos una suerte de mapaches festivos. Llegué a la última estación de maquillaje, donde B, aquella amiga de la murga con quien tuve sexo casual después de un festival, allá por el mes de julio, me ponía brillantina por toda la cara. Todo muy a lo tablado, nada de exquisitos  y rebuscados maquillajes. Todo era desmedidamente real y legitimo y estaba sucediendo a toda prisa.
      Cuando quise acordar el camión estaba prendiendo el motor y adentro, Se Mamó la Ternera partía sin temor hacia la verdad de su suerte, salía desde su barrio hacia lo desconocido, en su viaje trascendental, partía por Garibaldi en su odisea de resiliencia y constancia, como una flor silvestre sin clase que admira la caricia del sol de noviembre, amando hasta los huesos ese ritual de cantar con amigos, de compartir lo que creemos, ese gesto de amor colectivo hacia el arte, la sociedad y la vida misma. 
      El tema del camión fue algo digno de un detenimiento en este relato, resulta que ese año, a diferencia del anterior, no salía Pablo Lazo con nosotros, el gordo. El gordo tenía suma facilidad para pensar en dinero y en cómo producirlo y administrarlo, era un tipo práctico y cerebral que se recibió de Economista y dejó la murga. Sin embargo podíamos decir que era nuestro principal seguidor. Al dejar el proyecto, allá por Mayo, la murga se vio incapacitada en su visión comercial y el dinero recaudado no era mucho en comparación con lo que debería ser tras un año de experiencia. De modo que nos vimos a recortar, entre otras áreas, en el rubro destinado al transporte. El año anterior, en su debut, la murga fue a las Duranas en una bañadera tradicional que nos costó algo así como 100 dólares de éste momento. Este lo año solucionamos con 30 dólares al rentar un camioncito con toldo donde una vez que nos fuimos subiendo, nos dábamos cuenta que no había sido lo más prudente, ya que en el espacio tan reducido, donde estábamos por supuesto, parados, apenas cabíamos todos y el apretuje era infernal y faltaba el aire y había olor a cuerpos con ansiedad y demasiado calor. Sin embargo, todos encontramos en ese incómodo viaje hacia las Duranas, la verdad de la murga de nuestra infancia, cuando todas las agrupaciones viajaban exactamente del mismo modo que lo hacíamos nosotros ahora.
   Al llegar a la calle lateral del teatro, el camión sufrió un pesado estrés al verse demasiado cargado de peso para remontar el repecho que asciende hasta la calle Trápani. Más allá de la abertura trasera del fondo del toldo, la nube de humo despedida por el escape era de un gris denso y se percibía a todas luces que los que estaban en la vereda, nos puteaban fuerte. Tras largo esfuerzo y carcajadas de nerviosismo y gritos y cánticos, el camión rodeó el predio del teatro para llevarnos a la entrada al escenario. Descendimos, bajamos las bolsas con los trajes dentro y fuimos ingresando al recinto de a uno, ascendimos la escalera, el tiempo era un remolino feroz cargado de ilusión carnavalesca, el estómago daba vueltas como las luces de un circo perdido en la madrugada de la tarde que estaba por ser apenas noche en el barrio del Prado. Pusimos todos los pies arriba del escenario y los trajes, y la escenografía, todo era una maravilla milagrosa de nuestro afán por estar ahí, el verdadero gesto del universo hacia el temple de nuestra voluntad grupal. No había casi nadie tras el telón cuando subimos a poner la escenografía y aprontar el vestuario tras bastidores. 
   En uno de mis idas y vueltas del escenario al camión, me topé con una muchacha  que en la vóragine del armado me pidió un minuto para una nota en una tal radio on line. Accedí, por supuesto y junto a ella ascendí las escaleras de la platea hasta el puesto donde  estaba la consola, los micrófonos y la gente del programa. Aproveché la instancia para tocar un tema que me inquietaba casi desde comienzos del año. Los recortes en el presupuesto destinado al encuentro Murga Joven. En resumen intenté centrar el contenido de la nota sobre los moderados pero progresivos ajustes l presupuesto destinado al encuentro, recordé que en la últimas ediciones, cada vez más sacaban poquito más y que era evidente que ante tiempos como éstos, la clase gobernante prefería disminuir el ruido de las voces cuya opinión podría no estar del todo acompañada con sus políticas. Qué era prudente estar atentos y defender ese espacio de tanto tenor militante, porque éramos solo un amplificador de la voz de la gente. Mil jóvenes en accion conjunta eran una fuerza que gustarían mantener moderada con vistas a un futuro de retracción económica y de intensificada fractura social.
   Cuando regresaba, escalera abajo hacia el universo fugaz que habita el escenario antes de descorrer el telón, me crucé con mi papá, mi tía y su marido, el tío Daniel. Desde el día del penoso y violento incidente que no veía ni hablaba con mi padre, más allá de la breve correspondencia que mantuvimos apenas un mes antes. Me acerqué a saludar e intenté naturalizar el momento y así fue, sin embargo, dentro mío, poder abrazar a mi padre, cuidando que el maquillaje no se me arruinara, fue un instante que me produjo una honda sanación y un tremendo bienestar. Lo necesitaba antes de subir a cantar. 
   La murga se posiciona detrás del telón, cada uno ocupa su micro y por un flanco del escenario pude ver que el crepúsculo había profanado el día ya, dando lugar a una cálida y mágica noche de carnaval en noviembre. El espectáculo comenzaba con la murga parada estática en una foto de fingida arrogancia, ahí estábamos, finalmente. Desde afuera se escuchaba la voz de la presentadora leyendo por los parlantes los agradecimientos que el director había escrito días atrás. El corazón dentro de los huesos pateaba el esternón con estrépito salvaje. 
     Se abrió el telón y ya era de noche, las últimas luces del día resbalan definitivamente por el poniente. Dejé de sentir el latido frenético y pide percibir con clarifad la vastedad de los sonidos minúsculos del teatro, el silencio expectante era casi atronador. Acomodé mi cuello durante ese momento casi infinito y entré en la zona, el poder ritual de la experiencia fue muy fuerte, en ese segundo el tiempo se volvió una sustancia gomosa, como una melaza muy viscosa que se arrastraba lenta y abrumadoramente, volando por cada una de mis células hasta encender con las luces de la murga la totalidad de mi ser. No era de extrañar que frecuentemente se le adjudicarán cualidades divinas al carnaval, cualidades relativas a los dioses y a sus sempiterna fiesta bacanal. El universo regula y se comprime en una solo punto amistad de mi pecho, el aire de torna una materia de ensueño y realmente la existencia pende de un solo hilo de luz. El director lanza los tonos y choca las palmas de sus manos, la murga se planta y combate el delirio del mundo cotidiano con un acorde libertario . Retuerce el trapo mugroso de la vida en la ciudad y zarpa la clarinada en un desenfrenado raíd de locomotora hacía la nada. Escupe, vomita, sangra fuego contenido y mil espadas plumas cervezas y esquinas se derraman de golpe  bajo la diversidad de las luces. Momento de hondo egoísmo previo a la total entrega desinteresada. Zigzag de púbico vibrando en una misma constelación de acordes dispares, de lanza llamas y diminutas linternas de oscuridad azul o luz violeta. Danza posea ante una mirada inquisitiva y a su vez conmovedoramente permisiva, pero sobre todo fugaz, todo es tan fugaz, vieja juventud. Litros de insomnio y compromiso de fierro fundido en abrazos esporádicos y funciones de sombra que derriten las barreras del orgullo y ahora un vino, una gota de polen dentro de el viento asustadizo. Vernos vagar por la Ciudad del tablado perdido, sentir la remisión del dolor de estar presente, apartada del sol de esa muestra de sangre en banal vanidad sin fronteras. Humo de la piel que se quema de encantos. Viaje al superior país de toda el agua del mundo. Vamos, bohemios desdichados del pasado. Remontando todas las tormentas que vendrán, bailando en la veredita del amor, perdiendo el miedo al adiós en un gesto de legítima alquimia que trasciende el berretín de cantor que nos creímos sin permiso. Estar de fiesta, pegado al mostrador, arreglando el mundo sin darse cuenta que la luna ya se durmió. Canta la Ternera, entregada de costillar abierto al mundo finito. Como aquel maniquí que al sur del atardecer se despidió de su vidriera,  con la loca alegría que inexplicablemente le vuelve a la boca, con los besos que guardó, el tiempo que esperó y las sombras de algún sueño de la vida, en su avalancha despiadada de gente común, que con ese disfraz sentía que sin la murga no encuentra la ciudad, que quisiera ser toda la multitud que lleva adentro,y le pide al mundo inexorable del carnaval que nos guarde siempre un lugar donde retornar, cuando las campanas de la vieja catedral. Los monstruos de mil cabezas dejando su tristeza bajo otra la llena, distinta, tropezando con ella y con esa pequeña brisa que te la lleve algún día, como si el amor fuera invento nuestro, disfrutando el regalo del cielo, todos parte de una misma retirada, en el corso del ser humano, breves mascaradas, heridos moribundos en su épico salto a lo desconocido, donde detrás del tiempo estará la vida, errática, imprevisible como siempre, casquivana y mágica, tétrica y febril, la vida toda en un vicio cíclico sin culpa dónde canta por cantar, volviendo a su paradero, con su herida al costado y su rato de luz, levantando nuevos mapas en el barro y dando todos los abrazos que precisen. Finalmente se libera el caudal de la emoción. Se parte el dique de un esperado final, se escucha aplausos. Risas. Se escucha clarita la noche que nos escucha con indiferencia Saltimbanquis de esquina, actor sin papel en la tragedia demandó  oscuro voyeur bajo el reflector. Encandilar. Ensimismado en su texto payasezco el pierrot lloroso caminando en la cornisa, baila, baila y canta el ciego del pecho, el muerto del aire que pesa un infierno y bajo los las lucecitas de colores la murga es amor, amor y nerviosismo, tiembla en su cantar, no se ve para adelante, es tanta la concentración que la vista reduce su poder sobre el mundo y pasa al mando el corazón, la vida que salta y toma el mando y se queda con todo. Vuelan los flecos por el aire trazando universos que se evaporan de inmediato. Cuando quise acordar, estábamos cantando la bajada. Todo el fuego junto inflamando a rabiar las gargantas. Cantamos con la sangre, bajamos entre el animado público que ahora sí colmaba las Duranas, cantando con la fuerza que quedaba, con el último y renovado clamor de la pasión, entre la gente que aplaudía, se vació la platea para acompañarnos a lo alto del teatro donde los sombreros finalmente volaron al cielo cuando todo acabó. Al girar, la familia, mi padre, mi tío, mis hermanas y Lucio. La exresión en sus ojos fue lo que más me conmovió de toda la noche, ese abrazo, esa conversación, el abrazo con mi papa, ahora sí todo sudado y casi sin maquillaje en la cara, el abrazo con mi hermana y el abrazo crucial con cada uno de mis compañeros que habían dejado todo arriba del escenario. Todo volvía a caer en las garras del pasado, todo salvo el presente, el momento eterno del presente era ese regalo de pura magia que tanto habia esperado, acabado y renovado a la vez, fugaz e infinito. El presente, caminar llevando a mi hijo hacia atras del escenario, compartir con él un vaso de refresco, lo unico que podía pagar, fue un momento maravilloso, revés maravilloso de los engranajes del tiempo. Amor sin fronteras por la vida y volver en el camión cantando al Piropo a seguir cantando en una noche bacanal que fue de unión, de amor a la murga, de resiliencia, con la misma pasión, la misma de la primera vez, repetir el adios hasta volver, quién sabe cuándo a vivir otra vez el momento sin final.

sábado, noviembre 26, 2016

LXXII

   Desperté algo confundido, el día afuera estaba gris y se sentía acaso un poco de viento fresco. Desperté esperando un mensaje de P, que no llegó hasta una o dos horas más tarde. Estaba bien, no era eso lo que me inquietaba de tal manera. Desperté presintiéndolo y mi cuerpo se estremecía con una ansiedad mucho mayor a la que sentía a causa de la falta de solo 7 días para el estreno, mucho mayor a la que me hizo sentir V, en su momento, esto era verdadero pánico, terror total a asumir de forma fehaciente, las consecuencias de mis acciones.
   Me tomé un 2 destino Saint Bois. Desde que abordé el moderno y cómodo coche de la marca Volvo, en la esquina de Comercio y Agustín Sosa; y durante todo el largo viaje hasta la otra punta de la ciudad,  sentía una especie de electricidad en todo el cuerpo, una estática leve pero que dentro del cuerpo se sentía gigantesca. 
   Iba a hablar con él. A verlo. Iba a intentar explicarle algo cuya sustancia significante era apenas discernible para mí, pero que le debía hacía ya un tiempo. El hecho de saber con tanta certidumbre que él no me esperaba ver hoy y que lo iba a hacer, me producía una ansiedad monumental y con ella iba luchando, empecinado en cortar las cabezas de su hidra y viéndolas volver a nacer con fuerza renovada, cuadra a cuadra, esquina tras esquina por Propios, rumbo al destino.
   Cada tanto me venían ganas de llorar, pero solía sucederme hacía ya 11 años, en este tipo de circunstancias. Un resplandor difuso y tibio se metía por la ventanilla del ómnibus y cada tanto una brisa apenas fresquita, contrarrestaba el efecto anterior y todo parecía equilibrado.. 
   Llegando a la Terminal Colón, las formas del barrio se me aparecieron con una intima familiaridad y el olor de siempre, de la infancia, la adolescencia y ahora en la adultez, los árboles regalaban su perfume y el césped y el cemento y la gente le daban matices de renovada permanencia. Era increíble la cantidad de tiempo que perdía el ómnibus al entrar y salir de la terminal, yo venía a contrarreloj para variar. De todos modos  si bien al filo, la hora parecía a mi favor.
   Descendí en la calle Pinta y Lezica. Un pulso de inexplicable confianza me invadió por completo. Estaba entregado totalmente a los poderes que guían al destino. 
    Caminé y los niños de la escuela venían en mi dirección. Entre todos ellos, mis ojos buscaban a uno en particular: mi hijo, Lucio. Distinguí su rubia melena entre un pequeño grupo de otros niños que venían. Todo mi temor provenía desde hacía cerca de unos dos meses, cuando por la noche hablé con él y quedé en ir a buscarlo a la escuela, previa confirmación de su madre, Danae, mi primer y gran amor, junto a quién, 11 años atrás habíamos emprendido la terrorífica pero milagrosa y tan noble tarea de traer una vida al mundo. La confirmación nunca llegó, lo que no era de extrañar ya que durante casi todo aquel año, a causa de mis deficiencias económicas, nuestra relación fue empeorando hasta el punto en el que el diálogo se corta. El problema fue que Lucio quedó esperándome y me lo hizo saber con sus descargos, que transmitió por teléfono a mi padre, por la época en la que me echó de su casa. 
   No aparecí al otro día, ni al otro ni al otro. El miedo y la vergüenza de dejar a mi niño esperando por mí, me produjeron una parálisis tal que por casi dos meses no tuve la valentía de volver a verlo. Ahora había juntado el valor para encarar su primer enojo hacia mí. Nuestra relación siempre fue muy cercana e intensa, sentíamos el uno por el otro una admiración y un amor que lógicamente sería imposible explicar por medio de las palabras. Como su madre y yo nos separamos cuando él solo tenía apenas 3 años de vida, tras 7 largos años de relación, su crianza se efectuó siempre en la modalidad de padres separados. Lucio siempre adoró pasar el tiempo conmigo y por supuesto también yo, no importaba dónde, el niño siempre estaba feliz de venir conmigo, cuando vivíamos con mi primo en casa de mi abuela, luego cuando nos mudamos juntos con L, después en mi vuelta a lo de mi abuela, en mi pasaje por la casa de Colón, Lucio no hacía preguntas, solo tomaba aquella escapada con su padre como un viaje en el camino de la sabiduría que emprendíamos de la mano, a través de historias, relatos, chistes, reflexiones, siempre nuestro tiempo juntos era destinado al enriquecimiento intelectual y cada tanto también físico, ya que gusté siempre de hacerlo caminar largas distancias mientras hablábamos. 
    Lucio fue siempre un niño extremadamente avanzado, comenzó a hablar muy temprano y siempre intenté estimularlo a desarrollar sus capacidades. Con solo dos años, conocía a la perfección los colores y los números y hablaba con impactante claridad y fluidez, a todo el mundo impresionaba con sus tiernas demostraciones de inteligencia y madurez que siempre fueron acompañadas por una conducta prodigiosa que jamás nos costó mayores enojos. En pocas palabras Lucio siempre fue mi mayor orgullo, mi completa debilidad, mi amor más indescriptible y noble, mi vida y mi sangre. No era de extrañar entonces, que durante aquel período sórdido de mi propia existencia, en el que perdí la noción del amor propio, mi hijo fuera quizás el más lastimado de entre las personas que quería y me querían. 
      Tampoco creo que halle usted, lector, mayor sorpresa en el hecho de que decididamente haya dejado por fuera de estos relatos tan sombríos, toda la luz y la pureza de semejante tesoro. Sin embargo, tan cerca del final, este capítulo se imponía con soberana fuerza para ser compartido y revelado. 
     De modo que Lucio venía caminando en mi dirección, pero todavía no me había visto. A apenas 4 metros de toparnos, él levantó su cabeza y la expresión de sus ojos, tan parecidos a los míos, me petrificó por completo. Había en ellos un enojo, un reproche y una dureza que jamás antes vi en él, un atisbo de lucida madurez que me dejó hecho un manojo de nervios, por otro lado, un poder superior guiaba mis actos hacia él en ese momento y permanecí firme, decidido a pedirle perdón y a volver a ganarme su cariño incondicional. Le toqué el hombro, dio vuelta su cara y cambió de dirección levemente mientras continuaba hablando por su celular. El pequeño grupo de sus compañeros permanecía en silencio y noté que presentían la intensidad y relevancia de aquel momento. 
    Pasé mi mano sobre su hombro y cortó el celular sin mirarme, estaba tenso, por primer vez en mi vida lo sentí enojado conmigo, pero con un enojo ya no de niño sino con la madurez propia de quien atraviesa conflictos importantes. Nos apartamos unos metros de los otros gurises. 
   - Vení - le dije guiándolo hacía los bancos de la plaza - vamos a hablar.
   Tomamos asiento los dos y su expresión continuaba tan rígida que mi corazón se resquebrajaba a cada instante.
     - Primero que nada quiero que me digas todo lo que tenes para decirme, si estas enojado y me querés insultar o rezongar, acá estoy y tenemos que hacerlo.
        - Y vos? Vos que haces acá? No sabes que te esperé todo el día la otra vez, hasta las cinco de la tarde, te esperé. Porque no avisaste que no venías. 
      Su rostro con las primeras expresiones adultas me miraba con una mezcla de reproche e incomprensión. Mi corazón temblaba fuera de todo remedio. Estuve dos meses sin hablar con mi padre ni con mi hijo, no era de extrañar que me hallase en el último fondo de mi abismo. Había escuchado por boca de mi amigo Andy que Lucio le decía a su abuela que yo no iba a verlo porque tenía miedo a su reacción por haber incumplido mi palabra de irlo a buscar, poco antes del incidente con mi propio padre. 
     -Tenías razón - comencé - cuando dijiste que no venía por miedo a lo que vos me fueras a decir. Me moría de miedo de que estuvieses enojado conmigo. Quiero serte bien honesto, se que no tenes edad para lidiar con temas de adultos, pero tengo que decirte mi parte. No quiero hacerme la víctima ni nada por el estilo, porque todo lo que pasó fue bajo mi propia responsabilidad, pero tuve un tiempo muy difícil. 
     Le narré con detalle los pormenores de mi último tiempo, la carencia, la incertidumbre ante la ausencia de un lugar propio dónde pasar las noches y todo lo que eso me acarreó. 
     - Ese tipo de cosas en las que uno se mete, las malas decisiones que se toman en la vida, inevitablemente traen catástrofes cuyas consecuencias estamos obligados a afrontar y sucede que a veces una mala decisión o una serie de malas decisiones te arrastran a un punto en el que dejas de quererte como persona. Empezás a pensar que sos una fuente de angustia para quienes te rodean y esa situación te produce un miedo tremendo, que a su vez te lleva a seguir tomando decisiones que no te ayudan a seguir adelante. 
      Lucio me miraba fijamente, el rigor implacable de su primera expresión fue cediendo ante el entendimiento, la empatía y el perdón. El perdón más puro que jamás experimenté. 
      - Quiero que siempre te acuerdes de esto, que en cualquier circunstancia de la vida, cuando estés parado ante el miedo, te acuerdes de lo que hice yo en esa circunstancia, arrugarme, darme por vencido, asumir derrotas antes de jugar al partido y quiero que te acuerdes de cómo te afectó a vos mi proceder y sepas que ese no es el camino. También que veas que más allá de, en un principio, no haber podido superarlo, junté mucho valor y vine, acá estoy, reconociendo que estuve mal, que me equivoqué y pidiéndote perdón por haberte hecho daño. Nunca tengas miedo de reconocer que te equivocaste ni de pedirle tu sincero perdón a aquellos a quienes lastimaste, aunque haya sido sin querer. Y entre vos y yo, te cuento que esto de perdonarse lo vamos a practicar toda la vida, porque me tendrás que volver a perdonar por los errores que voy a cometer así como yo mismo voy a perdonarte siempre, cuando llegue el momento y cuantas veces sea necesario, porque soy tu papá... Y vos mi hijo.
          El resto de la charla, después de ese punto, transcurrió a menor intensidad y mi hijo y yo, nos sinceramos y compartimos pareceres e impresiones de profunda intimidad, hasta que en un momento el clima pareció aflojarse por completo y entre lágrimas, nos dimos un abrazo. El abrazo más indescriptible, hermoso, purificador y sanador que jamás dí en toda mi vida. Pasamos unas dos o tres horas juntos después en la tarde perfumada por los eucaliptos de la primavera. Caminamos y reímos, nos contamos historias, recuerdos, sueños y fantasías, como siempre lo habíamos hecho antes, con grandes sonrisas. Caminamos por Colón sintiendo que nuevamente estábamos tan cerca como siempre estuvimos, desde el minuto mismo en que su madre y yo nos enteramos que él estaba en el mundo con nosotros. 
          Le recordé que en pocos días ibamos a actuar con la murga, a presentarnos en el marco del concurso de Murga Jóven y le pedí que me acompañase ese día, como lo había hecho en la misma instancia el año anterior. Los ojos de Lucio brillaron de amor y alegría. Claro que quería estar, claro que iba a estar.  

martes, noviembre 15, 2016

LXXI

       Ese domingo la tuve demasiado presente. Me tocó hacer mucho rato de bacha (lavaplatos) y mientras fregaba un disparate de tuppers grasosos al extremo, tenía que rechazar su perfume que inoportunamente alguien llevó al Quo Pide House, la fragancia se imponía sobre los pestilentes vahos de la pileta y en ese momento los prefería antes que el aroma de su recuerdo como una pica insidiosa en medio de la última instanciade mi duelo. Restaba entonces ante aquel intento de profanación, parada estoica ante la andanada de candelas, la dureza de mi pecho, la heroica voluntad de quererme más, parada como un faro de velas en medio de la vasta oscuridad, haciendo frente ahora, al embate místico de su perfume. Quedaba tan solo la tenacidad de mi renuncia frente al pileton lleno de trastos y a esa señora sin rostro que usaba el mismo Calvin Klein.
    Los domingos, a causa del masivo público que se volcaba a la feria de Tristán Narvaja, el negocio enfrentaba su día fuerte, al igual que la tienda de ropa de mi hermana Carla, una cuadra y media más abajo. El turno de los domingos era de 10 horas, aunque curiosamente me pagaban como si fuesen 8. Gran eficiencia y concentración, además de agilidad y retención, eran requisitos excluyentes para llevar a cabo de buena manera la demanda resultante de toda aquella marea de gente, los turistas, los feriantes, los valientes de siempre y los ocasionales, a todos interesaba probar la propuesta del Quo. Por supuesto todo esto significa una cantidad de platos para lavar más bastante importante que el resto de los días.  
      Pero durante todo el domingo gris, bacteria de un olvidar constante, tuve que batirme a duelo con la multitud de imágenes y sensaciones que se escapan de las garras del pasado y montaban su tinglado de sangre oscura, en el terreno baldío tras mis ojos. Me encontraba ferozmente concentrado en mi labor y le daba cuenta que esto contribuía a aliviar el peso de su derrame, la melancolía furiosa, el renacer del amor propio parecía solo una barrera del orgullo a la sombra de la muda sensación de su cercanía. Pero de ningún modo iba a dar un paso atrás en el asunto y V era ya para mí, lo mismo que un libro ya leído. 
     Salí recién a las 18, tras 10 horas de fatigosa labor, aunque reconfortante para un espíritu largo tiempo embebido en las babas del ocio. Con confort o sin él, me dolían las piernas un disparate y la espalda todavía más. El domingo estaba gris. Fui hasta la plaza de los 33, compré cigarrillos en el quiosco de la esquina de 18 y Magallanes y me senté a fumar uno y a escuchar, una vez más, la canción final y la retirada de la trasnochada del 16. Esta vez no evocaría la magia de su esencia, no tiraría la cuerda luminosa que en aquel, ahora lejano, mes de agosto, la trajo de nuevo a mis brazos, por lo menos en una noche de alcohol en la que creímos que nos amábamos. 
       Ahora el cielo estaba gris, después de un rutilante sábado en el que fuimos a la playa con mi primo y el cabe, pero no a bañarnos sino a tomar sol y jugar a la pelota, de cualquier modo hubieron unos 29 grados y disfrutamos de la simpleza de la amistad y la camaradería. Pero el domingo estaba gris, un viento fresco era apenas sensible entre los bancos rotos, las cagadas de los pájaros y los rostros estáticos de las viejas, el vacío a medio poblar, los ómnibus distantes y las rubias paseando a sus perros. Yo estaba solo, me sentía bien, aunque consciente de la soledad intrínseca que acarreamos desde un extremo al otro de la vida. La sentía de pié junto a mi, mirando mi cuerpo y mis pensamientos con una vacua risa sin expresión. La sentía respirar cerca mío y gravitar en la espera de que mi propia mirada le devolviese una confirmación de su existencia. Eso hice. Miré en los ojos de toda aquella soledad y fumé... La Trasnochada seguía cantando "será eterna con glorias de nada, hoy serás, más que nunca Trasnochada, yo te perdono pase lo que pase, quedarán mis penas dentro de mi traje".
     Una vez que mis pantorrillas se aflojaron y pararon de latir en su agudo dolor, me puse de pié y avancé una cuadra por nuestra principal avenida hasta la parada del 180. Era jornada de vestuario y los compañeros de la murga, se juntaban a las 17 en casa de Sol y de la Maga, de quien una vez pasadas las 12 de la noche, celebraríamos el cumpleaños. 
     Restaban, como decía, 10 días hasta la noche de la presentación y aún no teníamos trajes. Los sombreros estaban casi prontos, pero faltaban los trajes de las puntas del espectáculo, había una idea inicial que yo mismo había propuesto y que para variar no había sido tomada en cuenta para el prototipo de la Maga, de modo que esperé pacientemente a ver cómo se desenvolvían con ese asunto. Cuando llegué a su casa, Mati, Marce, Nico, Horacio, Cabecita y Maru, Sol y la Maga, cortaban flecos en el patio frontal de la casa en la calle Colorado.
     La novia de un amigo de mi primo, también hincha de la murga nuestra, había sufrido hacía cuestión de un año, el fallecimiento de su madre. Cuando esta murió, quedaron en su taller de costurera, unas 5 o 6 bolsas grandes repletas de telas. Al ser Reina (la mamá de Katy) una persona de mucho gusto por el carnaval en general y por la murga en particular, Katy, decidió que sería lo que ella hubiese deseado, donar todo aquel material a una murga para que hiciera su vestuario. Recibimos el regalo con gran emoción y alegría. Utilizar aquellos materiales en la confección de nuestros trajes, tenía además, un alto valor simbólico. 
       Estaba yo mortalmente fatigado, sin embargo, mi afán por avanzar en aquel tema, me llevó a renovar mi voto de compromiso por el grupo, agarrar la tijera y dedicarme casi de manera febril, en una primera instancia a cortar flecos junto a mis compañeros. A los 15 minutos me pesaban las bolas de seguir y me senté a fumar. Tomé varios mates más y fui hasta el fondo siguiendo a mi primo y al Mati, que iban de camino a probar la estructura del traje. El diseño constaba de dos maples de huevos, pintados de color blanco que hacían las veces de hombreras, bajo ellos un fino manto de plastillera con agujero para el cuello y desfondado para funcionar como una fina malla. Una vez en el pequeño patio trasero de la casa de las gurisas, Matí y mi primo ideaban una estructura que funcionara como conector entre ambas hombreras y con las cual hacer de las 3, una sola pieza rebatible y de fácil producción. Meta y meta con un alambre, lo torcían y retorcían buscando una forma de generar dicho enlace. Yo los miraba mientras fumaba, abrumado por la complejidad en la realización del modelo diseñado. Ninguno de nosotros tenía experiencia en la elaboración de ropa, salvo la Maga, que estaba al frente de la comisión vestuario pero carecía, por otro lado a igual que el resto de nosotros de la experiencia en vestuarios de murga. 
       Después de un rato me pareció apropiado sugerirles probar con una tira de tela por detrás, que ajustase y otra por delante que hiciera lo mismo. Lo probamos y las hombreras quedaban sujetadas entre sí pero carecían totalmente de estabilidad y su eje se perdía descontroladamente. Mati y mi primo se ofrecieron de voluntarios para ir a hacer las compras necesarias para el asado, ya que después de las 0 horas, iba a ser el cumpleaños de la Maga. Masi y yo nos quedamos a cargo de la tarea de idear la estructura, el esqueleto del traje. Pensamos, discutimos, probamos distintas técnicas pero ninguna nos proveía de la estabilidad necesaria como para que las hombreras mantuvieran su forma ajustadas, propiamente a los hombros. A las cansadas, la imagen del puente de las américas me vino a la cabeza. Las eslingas que le dan estabilidad a la estructura nacen espaciadas en el plano horizontal y todas conectan a un solo punto de solidez en sentido vertical. Pensé que en este caso podría aplicarse el mismo principio y realicé cuatro agujeros ubicados en diferentes partes cóncavas del maple y enhebré con flecos de un metro los agujeros, repitiendo la operación en la hombrera opuesta y además perforé en tres otras partes cóncavas pero de la parte trasera del maple y también enhebré largas tiras de tela por ellos. La idea entonces fue colocar las hombreras en su sitio y atar las tiras por delante, cada una con su respectivo simétrico haciendo un nudo sobre otro para formar una especie de nudo colectivo a la altura del esternón y casi que con su misma función. Al hacerlo directamente sobre el cuerpo del Masi, la estructura quedaba perfectamente sujeta por delante y por detrás, a su medida. De las "cuerdas" que se anudaban entre sí al medio de la espalda, iban atados  un sin fin de largos flecos casi hasta el piso, elegidos por la Maga y por mi primo en distintas paletas de colores para cada par de componentes de la murga. El efecto logrado era de una frondosa capa de flecos voladores por detrás que al bailar tomaba un vuelo, un colorido y una gracia que era realmente impresionante para nuestra falta de experiencia previa en la tarea. Por delante: la pechera, estaba hecha de la siguiente manera, en lo que vendría a ser la clavícula de aquel esqueleto, iban del mismo modo que de atrás pero menor cantidad de flecos que posteriormente Soledad tejió en forma de red de cuyo extremo inferior, de cada esquina, salían otras dos tiras que funcionaban como las tiras de un delantal, para que fuesen atadas por detrás, dándole a la estructura una fijación al cuerpo que aportaba desde la comodidad y lo estético. 
    En determinado momento, estábamos con el Masi tan concentrados en la confección que la hora se nos voló a la mierda, cuando quisimos acordar nos estaban llamando para comer, la barra estaba sentada a la puerta, donde semanas antes zapábamos candombe y cumbia en el cumpleaños de sol, ahora la murga comía asado y bebía cerveza y se reía y vibraba en el aire la proximidad del estreno. La luna, después de las doce era la llamada "super-luna", una luna llena imperceptiblemente más grande que el resto de las lunas llenas. Hermosa, gobernante indiscutida del cielo de aquella noche en la que por fin y demasiado sobre la fecha, teníamos terminada y funcionando la estructura de los trajes para las puntas del espectáculo, ahora faltaban hacer nada más que 16, pero había un modelo. 
   Masi salió a donde estaban los compañeros ya hacía rato descansando, todos estaban ahí ahora, salvo por Nico que se fue un poco más temprano y por Camilo, que directamente no apareció. Todos lo miraban saltar y bailar y quedaban hipnotizados por el vuelo de aquel mar de flecos, que calcaba con mínima demora, los movimientos del murguista, que con la sonrisa de un niño pegaba saltos y giros.
     Cantamos la retirada y varias otras canciones del repertorio, muy suavemente, muy tranquilos, muy en son de comunión. Los apenas lejanos focos del alumbrado público, en su mezcla de azules y naranjas, patrocinaba el encuentro. El fuego, en el medio tanque era el alma ardiente de nuestro sagrado ritual. La carne... el vino casero que trajo el Pela, el cogollo de mi primo, el casillero de cerveza helada que iba y venía, todo era compartir, todo era dar y disfrutar en la complicidad de la noche y la luna llena, de el tiempo mágico, sus hechizos y sus imprevisibles idas y vueltas, todo era la vida misma, discurriendo en la eternidad de la vereda.