Volver, como una sombra sonriente, agazapado bajo las luces de una amnesia arrabalera que domina con su bandoneón, los bordes de la noche, esa noche que se construye a si mismo por los tejados con sarna y bulevares donde solo algunos travestis, bancan el mostrador del otoño. Hora que precede al lunes, en la ciudad que entre terrores, amortigua todos los silencios, apilándolos, amontonándolos bajo la piel del dolor. Callando de forma enfermiza la congelación que la inmoviliza, que la vuelve eternamente una hora inmóvil, previa a la primer claridad de un lunes gris en el que seguramente una llovizna provocará la muerte de cien corazones con alas. Entonces solo la Luna es verdadera, cuando el ardor nos carcome, dejándonos siempre con un hilo, una fibra de cobre, que puede bajar a tierra la ira de todos los cielos, de todos los rayos y resguardar, al final, algún destello de bondad en el espíritu. Madrugada salta en el piano de la orquesta de Troilo. Velas en hileras larguísimas. Lágrimas que adornan candombes que ríen llorando, bailarinas de ocre y purpina, que cargan en su sonrisa ilimitada, el dolor de lo imposible, la mueca de horror de la resignación. El beso de la eterna agonía, el tango que es matador en la vereda del olvido. Mundo de un sueño olvidado. Nocturno. Puteros cascados que albergan a viejos mal barajados, con camperas de cuero que remiten a la violencia y a las derrotas de cárcel, en fascinerosa ostentación de libertad. Dentellada del perro de la melancolía, duro apretando el gañote, revólver, amasijo, tuertos de este tiempo imbécil y arrogante. Baldío donde los perros bípedos pululan comentando la tabla de un campeonato de putrefacción e idolatría vacía. Soledad arrolladora que habilita a un guante de gasa a acariciar las cicatrices , rascándose con venenos de la selva ecuatorial. Hay otro perfume atrás del perfume odioso del carbón y de los adoquines tapados de humos que como tumbas, decoran la ciudad. Hay algo más allá del muelle de penumbra en el que regalamos la vida a la primer pelotudez que ande suelta. Vendré de la escollera y del río de la plata. Sin flores esta vez, solo sonriendo, como una sombra agazapada bajo el mostrador y las esquinas. Cantando: algún día volverá Carnaval.
lunes, abril 09, 2018
domingo, abril 08, 2018
Los Tigres
Ojalá algún día L y L dejen de recordarme la época que no me querían. Despedirse en la esquina del Bar con motivo de un largo viaje. Balas plateadas al ritmo de las palabras del tachero que me lleva a casa. Plástico que se va a ir derritiendo conforme un reloj de arena vaya vomitando alguna especie de relato. A veces por querer acortar... La virgen que pedalea, el morral que contamina el trigo y al primer arrebol del alba, que aún no aparecio, pero que se insinúa siempre. El destino me avisa cuando no debería haber prendido ese cigarro, pero solo lo sé después, en el festival de tormenta y cartas en hojitas perfumadas que jamás han de llegar. Máscara y sudor marcando la arena con todas las tripas de todos los corderos del mundo. Somos nosotros. Haber sacado ese gato del baño diciendo "todo bien pero NO" es lo que en última instancia nos hace decididamente contestatarios. Me acabo de dar cuenta de la huevada que escribí en la línea anterior y justo afuera suena un motor, muy a lo lejos, avisando que el mundo es finito y que vos sos idiota.
viernes, abril 06, 2018
La distancia
Celular en falso
Ventilador
Susurros
Nuevo escenario
Donde apenas ayer
Fui yo.
Volver a la calle Lenguas
Con los mansos vítores
Del amanecer otoñal
Tiene ese dejo ocre
Que patina en algunos balcones
Y hace bucles y maromas
Resagando el final.
Me urge la caricia
Como una sábana
Que me avise destino
Me urge el abrazo
En esta rubia cercanía
Dudo de mi humanidad
Cuando repelo
Me afirmo en mi libertad
cuando me duermo.
Luego la tarde se parece a la mañana
Y el cielo gris
Y la luna negra
Y el humo azul
Y mis manos cortadas
Sobre el bandoneón
De la melancolía.
Las ventanas apagadas
Susurran azucenas
Para que los niños mudos
Jueguen a la rayuela
Y griten penumbra
En la fangosidad de su risa.
No hay jugo en mi camisa
Ni libertad en las palomas
Solo escaleras que suben
Indefinidamente.
Los dados ruedan pa todos lados
Salen letras, soles, caracoles
caricias solo imaginadas
Pero nunca besos
Nunca caricias en mi pelo
Y el romance está en los libros
Los árboles y la distancia.
Ventilador
Susurros
Nuevo escenario
Donde apenas ayer
Fui yo.
Volver a la calle Lenguas
Con los mansos vítores
Del amanecer otoñal
Tiene ese dejo ocre
Que patina en algunos balcones
Y hace bucles y maromas
Resagando el final.
Me urge la caricia
Como una sábana
Que me avise destino
Me urge el abrazo
En esta rubia cercanía
Dudo de mi humanidad
Cuando repelo
Me afirmo en mi libertad
cuando me duermo.
Luego la tarde se parece a la mañana
Y el cielo gris
Y la luna negra
Y el humo azul
Y mis manos cortadas
Sobre el bandoneón
De la melancolía.
Las ventanas apagadas
Susurran azucenas
Para que los niños mudos
Jueguen a la rayuela
Y griten penumbra
En la fangosidad de su risa.
No hay jugo en mi camisa
Ni libertad en las palomas
Solo escaleras que suben
Indefinidamente.
Los dados ruedan pa todos lados
Salen letras, soles, caracoles
caricias solo imaginadas
Pero nunca besos
Nunca caricias en mi pelo
Y el romance está en los libros
Los árboles y la distancia.
miércoles, abril 04, 2018
A Roma
Cambio súbito en la brisa
Colapso, cataclismo
Botellas deformes rondando
Libertad de plagas y rubíes
Automóvil yendo por el agua
Bicicleta que hace ruido
Subiendo Pablo de María
Afán por acariciar una cabellera
Que aplaque la tempestad
De este silencio.
Vuelvo a Roma.
Colapso, cataclismo
Botellas deformes rondando
Libertad de plagas y rubíes
Automóvil yendo por el agua
Bicicleta que hace ruido
Subiendo Pablo de María
Afán por acariciar una cabellera
Que aplaque la tempestad
De este silencio.
Vuelvo a Roma.
Las Ánimas -25-
Una brisa de no sé dónde nos refrescó al llegar a la cara oeste. Casi en un acto reflejo, desmonté para admirar el paisaje con los pies sobre la tierra. Sentí el agradecimiento respetuoso de la yegua al poder disfrutar de aquel panorama liberada y naturalmente. La visión era la que tantas veces tuve en el pasado. El mismo lugar. La misma época del año. El terreno verde y vasto extendiéndose como palmas hacia el horizonte, con los dedos de la sierra tratando de asir las nubes blanquísimas y finas. Cada cosa en su justo sitio desde los inicios de mi memoria. Me tumbé improvisadamente en el suelo, con la espalda en una roca que arrojaba su sombra. Brotó en mi memoria emocional, primero, y luego en la visual, el recuerdo de la primera vez que recibí el golpe de aquella visión de la tierra. Fue la primera vez que monté en Ladiana, justo dos meses después que mi abuelo Máximo me la regaló para mi cumpleaños de 16. Ladiana y yo no nos entendimos desde el primer momento, nos temíamos, o acaso por la incomprensión propia de nuestra juventud, desconfiabamos el uno del otro. Estallé de alegría cuando mi Abuelo me llamó a Montevideo, la tarde de mi cumpleaños, para avisarme que tenía un regalo para mí. Supe instantáneamente de qué se trataba. Pedí a mis padres con toda la seriedad del mundo para poder viajar solo a la sierra esa misma tarde. Me lo permitieron y tras acompañarme a la terminal, partí rumbo a Minas, donde el abuelo Máximo me esperaba en su viejo Ford negro. Al llegar a la casa, un ratito después, bajé precipitadamente y corrí por la casa hasta el fondo, donde mi tía Olga, sonreía de pie, acariciando el cuello de la blanca yegua joven. Su belleza rompía el aire, los ojos gigantes daban miedo, como dos platos grises, planetas de lluvia enganchados a la carne. Se inquietó apenas la palma de mi mano. Se posó en su costado, el abuelo y la Tía se rieron sobresaltados. Yo no quise resignarme a que ella no se sintiera tan reventada de amor ante mí como yo lo estaba por ella. También me reí, pero haciendo uso de la buena condición atlética que tenía en aquel entonces, la monté de un salto, con un movimiento ágil e inesperado. La yegua se llevantó rampando y tratando de quitarme de arriba. Por supuesto caí de ojete, raspándome apenas el antebrazo y clavándome algunas espinas en la palma de la mano. El abuelo Máximo y la Tía, estallaron en carcajadas hasta que les vino tos. Su risa pareció, no obstante, apaciguar a la agitada bestia, cuyos ojos finalmente regresaron al quicio de sus órbitas.
martes, abril 03, 2018
Ruptura
Brisas botánicas
Cruzadas con cemento
Derritendo durmientes
Cerros comidos por la pólvora
Y todo tipo de insectos
Son casi lo único que encuentro
Al volver en un tala-pando
A la sigilosa noche de la Unión
Se siente el sofocón de la ausencia
Y se manda por la ventana
La enredadera opresiva
Que florece en la iglesia
De la calle Estero Bellaco
Donde encuentro una flor
Que se perdió entre las fotografías
Y vuelve a mí el turbio amor
De aquella dama tan blanca
Y por mucho que patalee
Y trate de desdibujar con su recuerdo
El tinte sombrío de mi viaje
La noche sigue siendo la noche
Y bailan calaveras y fantasmas
Al son de los últimos motores
Me pongo murga para zafar
Me prendo un pucho en la puerta
Al llegar.
Toco el consuelo del perfume
Que parece ser de flores
Pero que es el olor del amor infinito
Que solo se arecia ahora.
Cruzadas con cemento
Derritendo durmientes
Cerros comidos por la pólvora
Y todo tipo de insectos
Son casi lo único que encuentro
Al volver en un tala-pando
A la sigilosa noche de la Unión
Se siente el sofocón de la ausencia
Y se manda por la ventana
La enredadera opresiva
Que florece en la iglesia
De la calle Estero Bellaco
Donde encuentro una flor
Que se perdió entre las fotografías
Y vuelve a mí el turbio amor
De aquella dama tan blanca
Y por mucho que patalee
Y trate de desdibujar con su recuerdo
El tinte sombrío de mi viaje
La noche sigue siendo la noche
Y bailan calaveras y fantasmas
Al son de los últimos motores
Me pongo murga para zafar
Me prendo un pucho en la puerta
Al llegar.
Toco el consuelo del perfume
Que parece ser de flores
Pero que es el olor del amor infinito
Que solo se arecia ahora.
Desantenar
Ahí me da por pensar que la noche es como un serrucho, aunque inmediatamente sea incapaz de detetminar por qué. En lugar de sucumbir al aplaste de la oración, me afirmo, cagándome en el porque y repito, ahora como si fuese una verdad, que la noche es un serrucho. Y voy a más: la noche es un serrucho que va compartimentando el tiempo, cortando sus ramas incomprensibles y cantando extrañamente, como animado por las cerdas de un arco. La luna es patrona de la masacre que se acuña en el seno de este silencio sospechoso. Yo, ahora convencido de los postulados descabellados que me asaltan, voy buscando funciones en la masa informe, atesorando destellos en el mar de oscuridad que por siempre resistirá la debilidad miope de estas palabras. De corrido me viene la realidad, como una inspectora sin sustancia, llena de miedos y recuerdos borroneados, viene con su gorra a querer poner orden en la catástrofe de mi vulgar inspiración. Me encuentra expuesto, vulnerable y permeable a sus latigazos, que son como los de un policía siniestro. Me pega con el canto de su sable para que delate la verdad de este misterio, como un cliente demasiado acalorado que sacude al mago por la solapa y quiere mear en su galera. Me hunde la cara en el agua. Y yo respiro. Ahora le da por llover, suena una chapa, el inmenso aspersor delante de la luna de pascuas, la cortina corrida sobre las 5 y media de la mañana. La ola de la melancolía arrastra hasta mi su voz, la suave cadencia de sus manos, su licor... Mundo de frutilla pulida, su mordida y su zarpazo, que dejó canaletas para siempre en la noche serrucho que ahora sí, es más material que nunca, cuando compartimenta el tiempo, dejando acá una burbuja de lluvia finita; una irrealidad combativa y algo tímida; un morral lleno de ausencias. Aletea la inmortal entre los duendes de mi imaginación, escupe círculos de humo sobre la ruleta sobre la que gira mi suerte y firma como el diablo, reinando en mi debilidad de este amanecer todavía negro, que viene a cortar el chorro de mis letras, el humedal, la llaga, la comezón sin tregua y la fragilidad, en su máxima expresión.
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