Dos aves cantan entreveradas, provocando al amanecer. Todavía es todo noche la ciudad. Llego abatido a fumar sin esperas, el último aliento de la madrugada. La musa me ha dado vuelta la cara y no paro de sentirme un poco vacío. Las palabras me invitan como mirándome con pena, pero en medio hay un vidrio, sonrío triste y hago otro poco de tiempo en la parada bajo la torre de canal 4. Es como si estuviese drenado, envuelto por el calamar tormentoso de la soledad. Apenas recuerdo el día, con su río de corbatas y sus pezuñas llenando los bondis. Mi cerveza va perdiendo efervescencia y ganando temperatura, chapaleando en la humedad con que el tiempo ha inundado mi corazón y vaciado mis manos de versos y carreteras por donde flote la luna en danza y llamarada. Hago que espero un taxi pero en verdad me deutve a juntar mis escombros y echarlos en un asiento para llevarlos a casa. La murga que escucho suena a purgatorio y a epopeya de amor que se astilla en la lejanía de su océano. Supongo que este gusto ha de tener el desamor y la resignación a una vida sin su abrazo.
viernes, abril 20, 2018
miércoles, abril 18, 2018
martes, abril 17, 2018
Tres estrofas de una vieja retirada
Vuela un perfume de ciudad
Rompiendo soles con las alas
Gira y empieza a amanecer
Llega el futuro con ganas
Vamos de nuevo a renacer
En la más frágil realidad
Y a descubrir la mañana
Para escuchar su verdad
El viento que arranca las hojas
Del árbol que nos inventamos
Y un miedo que se desaloja
Ya no nos quema las manos
Rompiendo soles con las alas
Gira y empieza a amanecer
Llega el futuro con ganas
Vamos de nuevo a renacer
En la más frágil realidad
Y a descubrir la mañana
Para escuchar su verdad
El viento que arranca las hojas
Del árbol que nos inventamos
Y un miedo que se desaloja
Ya no nos quema las manos
domingo, abril 15, 2018
Sostener algo
Vieja arrogancia de saberse mortal. Paseo en las nubes, los ojos enceguecidos de tanto placer. Las manos azucenas, tomadas con única levedad. Llovió y vino la noche lavada y fría, como un solo de retirada que la clava en el ángulo. Es casi increíble cómo ando en taxi, impensado en épocas anteriores, no demasiado lejanas, cuando era parecido a la brisa o al viento. Apagón en 8 de Octubre. Magia de todos los cantores que no han dejado borrar sus pasos, sobre el polvo de la eternidad. Pero qué te voy a decir de la eternidad, esa culebra que se come a sí misma como un juego de mierda, al que está sujeta sin que le importe. Lo absoluto es el abrazo. Era nuestro abrazo, absoluto era mirarnos a los ojos, y descender sin salvavidas al fondo de las pupilas, que revelan sus secretos en códigos larguísimos, cuya exacta configuración ya en verdad no recuerdo, y me da pena, o cariño o ternura, pero me da para escribir cavernas y atardeceres de invierno, donde la luz era la exacta y su pecho perfumado de lavandas y de tigres, me esperaba convulsionado, con un ramo imaginario de azahar, temblando en peligro. Me cuesta abrir la ventanilla, forcejeo al tiempo que Troilo, en mis oídos, va embadurnando la noche con pedazos de conventillo e interminables callecitas de adoquín, donde una Luna pelea entre los balcones y donde las plazas duermen su misa narcótica. Mi mano aturdida se niega a repasar los contornos de su pelo, mi piel toda aferrada sigue evitando los extensos laberintos de su recuerdo. Las fachadas y las puertas de madera, se me antojan a esta hora, como tapas para hornos apagados, en los que se cuece el germen de esta ciudad de tiza y de jazmines. Entre ahogos sigue la murga, ave de paso que aborda silencios y soledades, para dejar sobre el pensamiento, la simplicidad de sus acordes y su cadencia de gorrión, ave cantora de callejones y baldosas. Me percato lo larga que ha sido la noche y me imagino el día como a una piscina sonriente en la que todos flotan, menos nosotros, los que somos la noche. Los que hacemos La Noche.
viernes, abril 13, 2018
Raíz de maíz
Vuelve a volar
La rosa fugitiva
De su lejanía
Vuelvo a volcar
Y vuelco
Vuelo en su vacío
Seco en penumbras
Con arroz en los rincones
Y amaneceres parecidos
Como pétalos
Que van saliendo.
Corta la madrugada la katana
Y la guitarra es como un pulpo
En el que el mundo adquiere
Un sentido inexplicable.
Un pabellón de viejos transparentes
Tras la ventana, volverá a dormir
Y entonces de vuelta
Volver
A pensar
En su amor.
La rosa fugitiva
De su lejanía
Vuelvo a volcar
Y vuelco
Vuelo en su vacío
Seco en penumbras
Con arroz en los rincones
Y amaneceres parecidos
Como pétalos
Que van saliendo.
Corta la madrugada la katana
Y la guitarra es como un pulpo
En el que el mundo adquiere
Un sentido inexplicable.
Un pabellón de viejos transparentes
Tras la ventana, volverá a dormir
Y entonces de vuelta
Volver
A pensar
En su amor.
jueves, abril 12, 2018
Tan
Vuela la despedazada golondrina, revolcándose en sus cadenas, la noche noticia vieja que me encuentra con la soledad de la lluvia antes del amanecer. Una onda. Un jardín inmóvil. Finales que se acumulan con relojes abandonados, mientras la multitud que duerme, de a poco se irá despertando para ir a trabajar. Por eso en el instante justo de bajar, la musa se vuelve un tango de Troilo y yo la sigo, la voy siguiendo con algo que tampoco es la vista. Si me preguntan diré cisterna, diré súbito galopar y montones de vueltas dando vuelta adentro de una vuelta un poco más grande... Y así.
Más guapa que nunca aparece en mis labios, a mala hora, el trazo definitivo de su recuerdo. La materia latente que desafía al olvido y que se resigna noche a noche a un recuerdo idealizado y una señal. Vacío rebota en la lluvia que sigue picando, rejunte de bandoneón, trueno del piano y se va.
Bella Bartok
Noche como brócoli
En la vereda un sucio elíxir
Es el alma de la ciudad.
Llueven botellas
Y el cielo es un abrojo
Que se me pega en el pelo
También una estática
Hace un bucle en las esquinas
Y cualquiera diría
Que el tiempo está estancado
O que yace debajo de los charcos
Fernández Crespo casi se secó
Y hay dos semáforos en verde
La sangre como una sombra
Oscila perpetuamente
Y el automóvil tiene voces dentro.
Nos detenemos.
En la vereda un sucio elíxir
Es el alma de la ciudad.
Llueven botellas
Y el cielo es un abrojo
Que se me pega en el pelo
También una estática
Hace un bucle en las esquinas
Y cualquiera diría
Que el tiempo está estancado
O que yace debajo de los charcos
Fernández Crespo casi se secó
Y hay dos semáforos en verde
La sangre como una sombra
Oscila perpetuamente
Y el automóvil tiene voces dentro.
Nos detenemos.
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