viernes, marzo 30, 2018

Recorte

Rubia desvencijada, en infinita pose calcada. Réplica exacta de otro millón de rubias con nombres épicos y piernas perfectas. Dolor de azul en el fondo de un cynar julep. Entran las mesas y las sillas. Sube un humo a mi barba, entonces me enredo en comedias y dramas próximos a la luna llena. Al fin el amanecer se ha acarreado hasta este rincón del planeta, todos los juegos empiezan, en eléctrizante consecución, siempre igual, solo su cambio es permanente mientras discurren de un lado al otro las virtudes y las miserias y mi escritura se va vaciando de su esencia, solo quedan calles vacías, llenas de papelitos que fueron alguna vez alegres cometas del carnaval. Hoy vuelvo a la Unión, cantan los Saltimbánquis partiéndole el pecho a la sobrecarga muscular y al retorcijo feroz de los sesos después de servicios como el de esta noche. Corta la franja lejana del alba, como viniéndose arriba pero sin jamás tocarnos. 8 de Octubre es tan fea, sin embargo tan familiar que siento jamás poder desprenderme del todo de sus misterios y sus rincones eternamente sepias. 

miércoles, marzo 28, 2018

Las Ánimas -24-

Galopamos acaso unos 600 metros, antes que la poderosa yegua diese señal alguna de fatiga, progresivamente fui aminorando el paso y el aire volvió a volverse una sustancia que nos envolvió. Andabamos al paso. Solo el viento tibio provocaba sonido. La cara este del cerro Enano, se alzaba ya cerca de nosotros. Un par de esas grandes aves que acá llamamos cuervos, describían círculos sobre la petisa cima. Yo seguía sin acceder a la experiencia sufrida con Ladiana. En ese momento todo era solamente ese momento. Nada más que el presente crudo y duro, mezclándose a penas con el paso del animal, el verde encendido del pasto y el cerro Enano. Al dar vuelta la cabeza tuve la misma sensación de libertad que tenía años atrás, cuando en mi yegua salía a encontrarme conmigo mismo y con aquel presente de entonces que, siendo tan inmensamente distinto de este, era casi casi el mismo. Pensé que los cerros y las montañas le imprimían al paisaje, su propia pincelada de inmutabilidad, su carácter imperecedero y que los Incas tuvieron gran intuición al considerar a las elevaciones rocosas como deidades. Me di cuenta que ese era el primer pensamiento formulado en palabras dentro de mi mente que tuve en un lapso que me pareció casi eterno. Volví a semtirme pesado, con el lastre de toda mi historia sobre la espalda, todas mis vivencias y emociones acumuladas, las responsabilidades y las derrotas acudieron de un golpe a mí, después de formular con palabras aquel pensamiento, al parecer tan inofensivo. Frontera se había detenido. Estábamos en el punto en donde era necesario decidir si iríamos por el monte o si, por el contrario, tomaríamos el paso del cerro. Recordé un poco más. La escena era casi calcada, Ladiana y yo en ese mismo punto, en la última tarde de calor de su vida. El mismo cielo celeste bordado apenas con decorosas nubes blanquísimas. La misma disyuntiva sobre el camino a elegir y la misma decisión instintiva del animal. Al igual que en aquel viejo presente, en éste, tomábamos el paso del cerro Enano por iniciativa de la yegua blanca. Mi cabeza, al reiniciar la marcha, volvió a aquel pacífico estado de silencio. Frontera atravesó con elegancia el primer obstaculo rocoso y enérgicamente nos trepó al primer nivel del cerro, por donde se llegaba a acceder a un viejo trillo que contornea al Enano de este a oeste.

martes, marzo 27, 2018

Patines

Pucho de martes
Puerta del pool
Chista el viento
En las doradas hojas
Que ya empiezan a ceder

La noche como un coágulo
Fértil y redonda
Soporta el trillo de la luna.

Una bici levanta
El rastro de mi tristeza
Y los duendes de la madrugada
Comienzan a cantar su serenata
Para que los autos la arrastren
A su antojo.

Van a ser las 4
Y el nylon
Y la vela 
Y los semáforos
Para nadie
Regalan sus colores
Para el último poeta.

Rey de mi humo
Abogado de mi urgencia
Cómplice de mi debilidad
Sigo escribiendo. 

Las Ánimas -23-

Salí a atender aquel llamado. Al llegar a la puerta, parado como un antiguo mojón de la existencia, un anciano monumental, vestido con su bombacha y su chaleco sobre una camisa color crudo. La boina, la tez curtida, las botas de montar hechas con un cuero visiblemente noble. En la mano una rienda y al final de ésta, una robusta y musculosa yegua criolla blanca. Avancé hasta ella en un trote de ensoñación, el parecido con Ladiana, mi yegua muerta, era aterrador. Puse mi mano sobre su costillar, mi mejilla derecha en el cuello ancho. Los ojos altos e inexpresivos del viejo se clavaron como facones, en medio de los míos.
  - Se llama Frontera.- Me dijo. - monte y vaya por ahí. Vuelva cuando se ponga el sol.
  No pude responder, estaba fraccionado, una parte de mí entendía que Ladiana estaba muerta hace años, mientras que la otra, la más predominante, me indicaba que aquel animal que tanto amé y que había perdido una tarde en la Sierra, de cuyo fatal recuerdo hasta ahora, venía pudiendo escapar.
 Monté, y al hacerlo, pude darme cuenta que mi cuerpo se deshacía de un peso definitivo. Se amplificó el cielo en mi percepción acrecentada por el significado de aquel momento. Ningún pensamiento agredía con sus demandas, la claridad de mi corazón y de mi mente. Serían las 4 de la tarde. Tomé las riendas, elasticé mi espalda, ajuste los pies en los estribos y eché a paso apurado, subiendo la loma que muere directamente en el pasto abierto de la sierra. Al traspasar éste limite, recordé de un tirón todo el millón de otras veces que hice el mismo gesto a caballo. Prendiéndome del nacimiento de la crin, con un grito de mando y un golpe con los estribos en el costado del animal, me lancé a cabalgar a toda velocidad. Frontera respondió instintivamente y me llevó a máxima velocidad por el descenso de la loma hacia una pradera ancha y de unos dos kilómetros limpios hasta abrirse, para un lado en un pequeño monte y al otro con un arroyo y las estribaciones rocosas de un cerro bajo, que llamábamos cerro Enano. El animal y yo, mientras el calor del verano se volvía brisa fresca por causa de la aceleración, trazamos un acuerdo mutuo en el que el cerro Enano era nuestro primer objetivo. Frontera cabalgaba y el romper de sus cascos era en mis oídos, la música de un evento que largo tiempo reprimí y hasta olvidé. 

Incompleto

Ingreso al registro.

Hilera de ladrillos
Apliada junto a la tristeza
Muñeco de papel que se deshace
Entre magnolias y viejas epopeyas.

Noche de Tala Pando
Hacia 8 de Octubre y Comercio
Noche trincheta y alfajor
Con blanca luna de miga. 

Este lunes combinó jugos y alcoholes
En la sencilla escollera de mis labios
La barra buscando reinventar su carta
Juega entre risas y desastres
Al laberinto de la piedra filosofal.

Pasa una tanguería por mi ventana
Y se alumbra con un semáforo
La panadería donde más de una vez
Desayunamos el amor. 

Todo lo que sigue son puertas
Puertas como renglones
En una fuga lentísima
Hacia el final de la madrugada.

Llega hasta mí
El aire cálido
La esquina rota
Y las persianas de metal
Que se adormecen
Entre grafitis y letreros con propaganda.

Se superpone el aire
En la semana santa
Se descostillan los relojes
En Pte. Berro.

Yo hago crucigramas
Hago cabriolas de preso
Para gozar de mi libertad
Me aparto a un silencio en compota
Desde el que su mano
Quiere ser solo un recuerdo
Incompleto...
Como todos. 

lunes, marzo 26, 2018

Las Ánimas -22-

 Comimos con un inusual silencio,  pude sentir la ola de común estremecimiento, romper casi como una ola en el seno de mi familia. Tal vez no exista una manera, (o yo sea incapaz de imaginarla) de calificar el plato que habíamos logrado con la tía. Nadie se atrevió a hacer un solo comentario, ni siquiera padrino, que era de todos el más hábil y suelto de lengua. Mamá comía rápio siempre, apenas surgían en ella mínimos gestos de placer. Papá deglutía en un repetivo y absorto gesto de decir que sí con la cabeza. Rolo seguía distante, como presa de oscuras cavilaciones. Sin embargo, era evidente que llegaba, a través de aquel alimento, a una especie de amparo, desde donde era capaz de soportar el temporal que a todas luces, se batía sobre él.
 Yo me di cuenta que en lo que iba de la jornada no armó ninguno de sus famosos tronchos y apenas si habíamos intercambiado un par de miradas desde que desperté a la mañana.
 Beatríz y la Tía comían en silencio también, la energía de su goce era algo tangible para mí, podía sentir como si fuese una sustancia, todo el amor por la vida que ambas emanaban desde el simple acto de compartir los alimentos elaborados para la familia. Fue un almuerzo memorable durante el cual, apenas se hicieron comentaios y donde la unión de las personas se velaba como algo primitivo y lleno de un significado inexplicable.
Después, el ruido casi al unísono de los cubiertos chocando con la vajilla, marcó el final del ritual y toda la energía acumulada, fue liberada de golpe, cuando mi padrino se quejó, simulando gran sorpresa, al advertir que no se hicieron postres.
 Entonces la expresión de la tía atrajo la atención de todos. Su vejez, su afinación, todos los poderes de su secreto formaban una línea estética única, en el horizonte de su ceño. Silencio. 
- Dejáte de postres, con lo gordo que estás. Hoy es un día en que todos tenemos cosas para hacer y yo, que ayer cumplí 80 años, te puedo decir con toda claridad, que el tiempo es demasiado corto para gastarlo todo en postres, como haces vos, gordo. -dijo la tía y todos rompimos en risas de complicidad y buena gana. Sin embargo estoy seguro que a ninguno de ellos los conmovió tanto el breve discurso de la vieja como a mí, y a Rolo, quien al tornar yo mi mirada hacia él, lo vi algo pálido y hasta tembloroso. Lo busqué con la mirada temerosa, provocada por la sospecha que, sin dudas, nos vinculaba desde instancias análogas. 
 Tras unos segundos de reflexivo silencio, en grupos de a dos, los familiares se fueron levantando. En un momento todos se perdieron fuera de la amarilla pantalla de calor que había tomado la sierra de rehén. Solo quedamos Rolo, Beatríz, la Tití y yo. 
 Beatríz sonreía de forma tenebrosa. La tía no. Rolo y yo nos cagábamos del miedo. 
  Sonó en el aire quebrado un grito que me derritió la sangre. 
- Dipacce!!
  La tía me miró mortalmente seria y me dijo sin lugar a cuestionamiento: - Andá. Andá y volvé.

Un paso

Aplasta los rincones
Luna revoloteante
Semillas de plata
Que se desprenden
Entre murciélagos

Cabaña despedazada
Mueca ritual de balcones
Aplasta los rincones
Y salta, salta abandonada
La araña de la soledad.

Y de los castillos
Doncellas de nadie
Y del profundo mar
Fantasmas de casorios
Imposibles. 

Fuego y plástico
Batalla  y fatiga
hasta volver a amanecer

Se abre la flota de flores
Que atrae la caída de marzo.
Funeral para el silencio
La Unión parece dormir
Entre esquinas mustias
Y farolitos olvidados
Lejos de Dios
A un paso de la luna.