Se hizo esperar demasiado esta lluvia que ahora sintoniza una susurrante serenata sobre las ramas y la noche. En quince van a ser las tres, el domingo ha colapsado bajo la sombra de su misterio. El día estuvo pintado todo de gris con el frío anudandolo todo pero hasta ahora, libre de lluvias. Mi corazón quiere que caiga ensordecedora y durante la madrugada entera, sin embargo es solo un chispear, una vaguedad del invierno profundo, un aviso lánguido de otras lluvias que hoy parecen jamás haber sido. Poco antes de dar las 5, en la esquina de Uruguay y Florida ayudé a cruzar a una joven mujer no vidente de negro cabello recogiten una alta cola de caballo, delgada, heroica, de delicados labios y segurísimas manos blancas, era tan bella, tan pálida, tan carente de miedo y sobrante en determinación que a su lado me sentí minúsculo y solamente agradecido por poder apreciarla desde tan cerca... Durante los 12 segundos que me tomó del brazo puedo decir que me hizo feliz, ya que su mero contácto y el hecho de confiarme su seguridad vial me produjeron una sensación hermosa de bienestar que, tras dejarla, se me atascó en el alma la espina de su ausencia, quedé junto al acantilado de su pérdida para siempre en mi vida, calcando en el horizonte una repetida sombra de renuncias. Ahora las mismas pocas gotas cantan su letanía secreta cuándo van a dar las 3. Me imagino que habrá llegado bien.
domingo, junio 26, 2022
lunes, mayo 30, 2022
A raíz de un frío en el 526
Arrecia ya ese frío punzante tan característico del Montevideo periférico. Como nacido dentro del Fuerte de San Felipe, debo admitir que para mí, todo lo que esté por fuera del Ejido es necesariamente campaña. Así que en esta campaña remota, me doy el torpe lujo de perder el ómnibus y esperar que pase el siguiente, escribiéndo estas líneas reconcentradas en el aire helado del penúltimo atardecer de Mayo. Pienso en el Origen de la escritura. Me acuerdo de un volumen polvoriento de Las Flores del Mal. Se mastican chicles de arcoiris en el cielo próximo de escarcha. Pasa el bus y viene con un tufo pujante de colonias frutales, al rato se cruza dominando la nariz, una incrustación olfativa como de guiso de lentejas de hace 2 días, pero no calientito y vaporoso, sino guardado en la heladera junto a jarras de vidrio sucias con agua de la canilla dentro. El olor sigue viajando con nosotros habiendo pasado ya unas 8 o 12 cuadras. Ahora una jovencita alta y rechoncha de cabello muy rizado, sube con una bolsa de nylon en la mano, en ella (en la bolsa) se hallan los restos de una hamburguesa de carrito, claramente con demasiada mayonesa... Y tal vez hongos. La luz grisácea del avanzado atardecer se torna igual a la de un sueño que tuve hace poco, en seguida creo revivir la exacta sensación que me sofocaba de melancolía en aquel largo tránsito onírico, pero afortunadamente se sube una parejita joven que recién ha salido junta de la ducha, y el perfume de manzana verde y coco del shampoo y la crema de enjuague Plusvalía, se apodera del ámbito del ómnibus... aunque no mucho después, entre las grietas mínimas del aire, se cuela la presencia un poco rancia de algunas camperas y bufandas que al terminar el invierno pasado fueron guardadas sin lavar, en infames roperos o en polvorientos cajones sin más ventilación que la respiración microscópica del moho. El viaje se fue bastante ligero. Vamos a grabar canciones. Ahora hace hasta más frío, pero menos del que va a hacer al volver.
domingo, mayo 22, 2022
A raíz de una tarde
ómnibus. Por lo general a eso de las cinco de la tarde me encuentra la plaza Matriz, ahora y más todavía en el invierno, con su manera única de anochecer temprano, de ser capturada por las sombras al son inexorable de las viejas campanas. La catedral es un bostezo, los bancos frente a la fuente soportan la lluvia y la madrugada, estoicas en su transitar de eternidades y sucesivas capas de gruesa pintura verde. La otra vez soñé que volvía en el tiempo a principios del siglo XIX y que visitaba la esquína de la casa donde nací, maravillado e incrédulo en medio de un mediano grupo de personas que parecía llevar a cabo alguna especie de asamblea vecinal. Ahora, meses después mi lectura me transporta vigilante hasta aquella misma época, pero ahora en el agreste y salvaje exterior de las murallas del Real de San Felipe. Página a página mi cabeza se pierde con admiración salvaje y repudio republicano ante la vida de los matreros indómitos que poblaban los montes fugitivamente, en su silencio arisco de bayo o de alazán decidido y fiero ante la constante amenaza de peligro que tan bien escondía el sarandí, el tala o la coronilla. Una imagen en particular del libro Ismael de Eduardo Acevedo me sobreviene incomodando la paz de mi tarde. Se trata del degüello de un jinete del cuerpo de Dragones a manos de 4 matreros, que tras un inesperado giro de los acontecimientos, pasaron de ser presas a ser matadores de aquel joven subordinado que encontró la muerte en aquel perdido pastizal de la campaña Oriental. La descripción del autor en este respecto es tan anatómicamente correcta, tan escupitada de vísceras y sangre venosa, que sin previo aviso y tras apenas dos o tres inocentes asociaciones libres, se adueña de mis pensamientos, estremeciéndome y con más ganas de terminar de leer el libro.
viernes, mayo 20, 2022
Parece
Entre las ramas en el frente de mi casa, el celeste pálido se va desvistiendo dejando al desnudo a la noche próxima, mis ojos se pasean por las copas adelgazadas por el viento y un suspiro acompaña el mate meditabundo de la tarde. Sirenas a lo lejos testifican una ciudad que me parece ausente o demasiado lejana, voy avanzando entre las hojas de un libro viejo y los paisajes se amontonan en mi mente como un álbum apelmazado por la lenta ira de los relojes. El aire está lleno de cumbias del caribe, duermen los perros, las naranjas en el árbol, de a una empiezan a regalar su dulzor bajo un rayo fugitivo, de los últimos cálidos del otoño. Siempre parece que se hace tarde...
domingo, abril 24, 2022
El aire
El aire del paso molino parece en pausa, parece una gelatina de piña flotando arriba de baldosas llorosas y de autos picados. Los omnibus después de la tarde van llenos de niños de padres separados, la gente habla todavía fuerte olvidando que mañana es lunes. Las últimas lianas del fin de semana languidecen en el aire húmedo y pesado, un reloj con ojos de loco susurra crípticas poesías en mi odio de sauce y queso muzarela. Trabajé tanto en la semana que casi no tuve energías para descansar, apenas pude atiborrarme con hostoria romana y biografías de Lord Byron u Al Capone. Vi a mi hijo parado sobre un escenario, aclamado por un público tan jóven que casi no me costó aceptar la belleza serena de mis casi 40 años. Vi en las redes, de rebote, una foto de V y con un terror suave y tibio, el paso del tiempo me hizo llegar un telegrma urgente que tenía la firma definitva de la muerte. Comí solo en un bar, vi un gol de Rampla, sigo escribiendo canciones.
miércoles, abril 13, 2022
Seguir durmiendo
En mi barrio el otoño tiene tentáculos secretos que comienzan a vestir de ocre las últimas copas. En mi calle la melancolía como siempre se disfraza de cometas tardías, ocasos tempranos y gallos polvorientos que cantan cada noche como espejos descuartizados del alba. Ayer soñé con un muerto grande, hablaba con él en una terraza dorada sobre nuestro actual gobierno, la inflación y aprovechaba esa mágica instancia para confesarle mi admiración. Su rostro pálido y damnificado por el año de muerte, vestía una peluca gris notoria y voluminosa, sin embargo su voz sonaba en mis oídos idéntica a la de su vida, acaso más profunda y triste. Desde ahí se veían las aguas perfumadas por un sol bajo y rojizo. Gente se arremolinaba yendo y viniendo junto a una bruja simpática que a modo de broma convertía a los niños en pequeños roedores color marrón. Yo me desperté de mal humor, resfriado y con ganas de seguir durmiendo.
martes, abril 05, 2022
El verano del ascenso
Una embarazada grita al dar a luz en la absoluta clandestinidad. La mujer se llamaba Sofía, sin embargo al convertirse al catolicismo ortodoxo adoptó el nombre que la haría Grande, Catalina. El niño era el fruto del amorío ilícito entre el General Orlov y la propia Catalina, ni bien el recién nacido fue arropado en la sectreta manta de la Rusia Zarista, la mujer acomodó el odio que aún pujaba en sus entrañas y se declaró pronta para dar el golpe de Estado contra su esposo, Pedro. Catalina ardía en vergüenza, no podia admitir que su nombre se viese asociado de manera alguna al del actual Zar, que beneraba a Federico de Prusia por sobre todas las cosas. Tras lo que los prusianos llamaron el Milagro de Branderburgo (la asunción de Pedro) Rusia se había visto envuelta en un espiral de autodestrucción irreversible a no ser por la determinante acción de Catalina. Meses de humillación pública a la emperatriz consorte y una errática voluntad bélica contra propios aliados, fueron quienes terminaron de poner sobre la cabeza de Pedro está situación inevitable, caería desde lo más alto y sería ella misma no solo quien lo iba a derrocar sino también quien iba a ascender a lo más alto de aquel poderoso imperio. Así que tras ser limpiada de las trazas de sangre que recorrían sus muslos y recobrar un mínimo el aliento y la compostura se incorporó del lecho, el cuerpo tembloroso por las horas de labor y con los ojos cristalizados no tanto por despecho como por un deseo infinito de poder, se miró al espejo. El año era 1762 y el verano vendría cargado de sangre y de gloria.
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