jueves, octubre 13, 2016

LIX

    Fue lunes entonces. Corrieron el  feriado del 12 de octubre para generar un fin de semana largo, en el que como dije, utilicé las instalaciones de la casa de Colón solo para dormir y bañarme. Esta noche volvía me padre de Carmelo y para las 2 de la tarde yo había dejado todo igual que lo encontré e intenté tomarme un tren en la estación detrás de la plaza Colón pero los horarios por el feriado, estaban demasiado espaciados y me separaban más de dos horas del siguiente tren. Desisití y fui a la terminal a esperar un ómnibus destino Ciudad Vieja. De paso chequearía los mensajes.
    Cada paso que daba me repercutía con intenso dolor muscular. El día anterior, en la mañana siguiente al festival de las Duranas, amanecí en casa del Cabe y de mi primo. Él y su novia partían a primera hora de la mañana. Nos levantamos todos a las 8 y poco. Las horas de sueño no fueron suficientes para el Cabe y para mí pero la mañana soleada y cálida generaba un marco espléndido para el disfrute de estar vivo y despierto.
    La idea era ir con el Cabe hasta el obelisco a levantar un compañero del Cabe con quien a las 11 jugarían un partido de fútbol en un complejo deportivo por ruta 5. Yo me bajaría ahí y caminaría por 18 de Julio hasta ciudad vieja a ver a mi madre y saludar a mu hermana por el festejo de su décimo cumpleaños. Sin embargo, cuando íbamos rumbo al obelisco, la persona que el Cabe iba a levantar anunció que no podría concurrir al partido. Querés ir Nando? Si vas para el centro después, a la vuelta te llevo porque llevo a otros dos compañeros, me dijo el Cabeza. 
   El día estaba en un punto de gran belleza, los dientes de León florecidos pintaban de amarillo los terrenos vacíos que veíamos rumbo a la cancha. Al llegar, mi amigo, mientras se iba cambiando de ropa me dio una flor y me dijo que la fumaba tranquilo mirándo el partido, también dejó su mate y bajó del pequeño terraplén a calentar. Me quedé tumbado en la grama, bajo los rayos del amable sol de Octubre y armé el faso con tranquilidad. Enseguida viene el Cabe con otros tres compañeros de su equipo y me avisan que falta uno, que son diez y que ellos tienen los tres cambios. Me ofrecen toda la indumentaria, botines, casaca, medias y canilleras. Dudé, venía con gran vaqueta arriba y medio mal dormido, sin hablar de la cantidad de estrés padecido en los ultimos días, además mi situación me invitaba a ser cauteloso y reservado con mi patrimonio calórico.
    Decliné, ellos jugában en el marco de un campeonato, iban con su indumentaria y para peor venían de perder tres partidos seguidos. Me pareció un compromiso tremendo. Sin embargo, al ver que el balón se deslizaba sobre el césped con absoluta gracia, sentí que me invitaba a participar y me invadió la confianza. El sol y el aire eran más que propicios para la actividad deportiva y a decir verdad siempre fui un saguero aguerrido, rústico y ordenado con buena ida a arriba, tal vez pudiese darles una mano. Acepté. En un minuto me habían proporcionado botines, medias, los cortos y una casaca roja del cuadro con el dorsal 22 y el nombre Agustín. Excelente. Los compañeros se mostraron muy agradecidos de mi decisión y se movió el balón.
    Jugué de 2, una posición fundamental en la que me sentía no solamente cómodo sino compenetrado caso hasta el trance y todo el tiempo me mantuve extremadamente alerta, siguiendo al pie de la letra y sin mirar atrás, las indicaciones del Cabe que a mis espaldas ordenaba la saga.
 Comencé defendiendo sobre lo que sería tribuna Amsterdam, mi compañero central se llamaba Diego, el 3. Nos entendimos muy bien desde el principio y cuando el 9 de ellos venía por derecha yo tomaba su marca y Diego sobraba por detrás y si iba por izquierda era yo quien sobraba y él quien tomaba la marca. El lateral izquierdo era muy aguerrido, metedor y estratégico. El detenía el ataque por la bandas con eficiencia aunque le costaba rearmar el juego hacía adelante por su falta de manejo  de pelota. A los 20 del primer tiempo nos hacen una falta a unos 8 metros del ángulo derecho del área grande. Diego y yo nos turnabamos también para sumarnos al ataque en las situaciones de pelota quieta. Esta vez subió él mientras yo aguardaba en el justo centro de la cancha. Sube mi cuadro en bloque, el 7 nuestro hace efectiva la pelota con un centro abierto y pasado que com efecto va a parar a los pies de Andrés, que jugaba de 9, esta la baja y la envía hacia dentro del área, donde tras un rebote que dio su gotero, el Polilla de mi cuadro logra conectar y mandarla al fondo del arco. 1 a 0 y pelota al medio. Después de eso nuestro cuadro se aplomó y con un orden importante intentamos buscar el segundo, sin embargo ellos jugában con 4 al fondo, doble 5, tres volantes y un 9. Esas 5 personas en el medio campo se encargaron de evitar que nuestro juego avanzara de forma peligrosa. Nosotros formamos el tradicional 4-4-2. Se jugaron 10 minutos de esta forma algo trabada en el medio, sus escasas excursiones al ataque eran repelidas de forma inquebrantable por la línea de 4, del mismo modo a nosotros nos costaba mucho avanzar a través de los 5 jugadores de ellos en el medio. Saca el golero de ellos con la mano, el balón va a parar a los pies de uno de sus mediocampistas defensivos, tras un entrevero el juego llega a su 9, este encara, logra eludir a Diego y le salgo a la marca, mi vehemencia era algo extravagante, no obstante cuidandome de no hacer falta en el área, logré llevar al atacante hasta la última línea, un metro y medio adentro del área sobre el lado derecho. La situación estaba dominada, la única opción del 9 era buscar el corner haciendo rebotar en mi a la pelota. Todo ocurrió muy rápido, el de ellos la pisa, busca, yo lo encimo imposibilitando su reacción, pero de atrás mío y no se bien a santo de qué, el lateral  del otro lado se aproxima en una carrera demencial sobre la acción, el 9 levanta su pierna hábil para golpear al esférico y generar el tiro de esquina, antes de conectar le toco la pelota tirándola al corner, pero el pie del rival sigue de largo e impacta con gran fuerza mi tobillo exterior izquierdo, en ese mismo instante el lateral nuestro, en mitad de la acción le propina un puntapié desmesurado y sin motivo aparente. El 9 vuela, yo giro, grito de forma ahogada y puteo en voz alta. Penal y amarilla para el lateral. Corro hacía el juez, sabiendo de lo vano de esta reacción y le digo al juez, lleno de dolor en el tobillo y bronca por el tiro penal próximo. Primero me hace falta a mí le digo, el juez me ignora y sigue caminando al punto penal, pide la pelota y la coloca en el lugar. 
    Cabeza era conocido por sus altas habilidades como guarda metas, y ahora, mientras el 9 de ellos acomodaba la pelota sobre el punto, el Cabe saltaba, estiraba los brazos, arengaba al delantero a que no errase, éste se mostraba concentrado y sobrio, mi amigo era como un resorte vociferante. El juez le pidió calma y quietud hasta que pitara. Yo estaba parado en la media luna con los ojos clavados en el esférico, listo para saltar desesperadamente al rebote. Pita el árbitro, el 9 corre al remate y con cara interna pero con bastante fuerza lo eleva a la izquierda del portero, éste a su vez se lanza hacía su derecha y todos vemos como la pelota se cuela con justeza contra el travesaño y el vertical izquierdo del Cabeza. Gol, 1 a 1 y se reanuda el juego. Restaban pocos minutos para el final del primer tiempo y el lateral izquierdo nuestro, tras el penal se quedó amonestado. El resto del primer tiempo transcurrió de forma bastante trabada, ya que los ánimos y las ganas de ganar se habían vuelto demasiado pujantes, desviando el buen juego hacía los tranques, los bombazos y las pelotas divididas que morían saliendo del campo por las líneas laterales. 
   Pita el juez y se acaba la primer mitad. Mi cuadro se repliega y se sienta a estirar y beber agua fuera del campo. Se arma charla técnica. Varios compañeros me agradecen la mano otorgada, otros se dan manija para anotar otro gol, hay risas, bromas y se empieza a planificar la segunda mitad. 
     Se reanuda el juego y paso a defender sobre lo que sería tribuna Colombes. A los 10 minutos el rival efectúa su primer cambio, recurso al cual nosotros no podíamos echar mano ya que carecíamos de jugadores extra. 
    En una, ganamos un tiro de esquina, sentía yo que podría llegar a marcar de cabeza, le pedí a Diego que cubriera la defensa mientras yo subía a intentar conectar con el balón. Troté a toda prisa por el carril central e ingresé al área, los rivales tomando marcas me pechaban e intentaban empujarme para sacarme de la zona de peligro. Vuela el balón con efecto abriéndose, el tiempo parece bajar la velocidad y veo que la pelota viene hacia mí, uno de ellos me marcaba con mucha presión, corto y amago, doy un paso al costado y salto, la pelota roza mis cabellos cuando lanzó el cabezazo y la pelota, apenas peinada cae a pies del lateral de ellos que la revienta para arriba, ahí emprendí la desenfrenada carrera de regreso a mi posición. El lateral izquierdo nuestro logra cortar y la manda afuera. Cuando el rival va a reponer, el amonestado se aproxima a mi y me pide que cambie posición con él. Me dice que juegue por el lateral porque el próximo corte de él podría acabar en uba expulsión por doble amarilla. Cambié, no me sentía nada cómodo por ese sector izquierdo ya que soy diestro cerrado, además la nueva posición exigía mucha más velocidad que la anterior. Irían unos 25 minutos del complemento cuando el delantero rival recibe un pase magistral que lo deja de cara a la defensa. Elude a Diego y el loco que ahora jugaba de 2 lo arremete con vehemencia, falta, amarilla y expulsión. Quedamos con 10, ellos hacen el segundo cambio y varían su figura táctica a un 4-4-2, mientras que nosotros quedamos con un 4-3-2. No obstante fue imposible que ninguno de los dos equipos pudiese marcar. Uno de sus dos puntas se desprende por la banda y corro junto a él, cuando está por pisar el área me saca un metro en la carrera, acto seguido me barro, buscando detenerlo pero lo que logro es propinarle una patada tremenda con el filo de mi botín derecho en el costado de su canilla izquierda, cayó son estrépito y el balón va a dar a las manos del Cabe. Lo ayudo a ponerse de vuelta en pie y le pido disculpas por el golpe afortunadamente no sancionado, paso mi brazo sobre sus hombros y le digo: disculpame pero no quiero que me des vuelta el partido, mi cara emanaba una determinación total, no te voy a dejar, culminé y el pibe, que sería tal vez 5 años menor que yo se aleja de nuevo a su sitio. 

    Al final pita el árbitro y se acaba el encuentro. 1-1. El día era aún más bello y una media luna pálida y casi transparente se hallaba suspendida en el celeste. Cuando nos acabamos de cambiar, ya de vuelta rumbo al auto, distinguimos en el campo de al lado una verdadera batalla campal, unas 25 personas se arremolinaban en una generala de antología que iba y venía por todo el complejo. Me dolían todos los músculos y mucho más el golpe en el tobillo recibido en el primer tiempo. 

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