lunes, febrero 12, 2018

Las Ánimas -6-

- Bueno, vamos!! Vengan todos así nos sacamos el "queloscumpla" de arriba y seguimos la pachanga. - dijo la vieja y con pulso de cirujana, apoyó la enorme bandeja con la torta sobre la mesa sin que ninguno de sus adornos se cayera ni nada. Tenía 80 años, pero no, estaba tan hábil y operativa como siempre. Se apagaron las luces y todos cantamos. Ella sonreía con orgullo, éramos su total orgullo. Fue un momento felíz. 
  A los diez minutos estábamos todos comiendo torta, muy buena y ademas bien lograda. La hermana de Silvia siempre contribuía con un postre extravagante de épica abundancia, una repostera del carajo que en un principio quise llevar a trabajar a Serrana. Beatríz se negó con mucha amabilidad y respeto, pero también dejándome ver entre líneas que para ella la familia era lo primero, y que irse a otro país por ganar tres mangos más, era un acto de egoismo que ella no iba a cometer, ni siquiera cambió de opinión cuando le dije la cifra que podíamos gastar en sus servicios, aunque se empeñó en resaltar que era una idea muy interesante. En verdad trabajaba bien el fondant y tenía un sentido del volumen y de "lo curvo" que me fascinaba. La torta estaba deliciosa. 
  Serían las once y poco de la noche. Mi primo Ezequiel, 10 años menor que yo, se encargó de musicalizar la jugada con una rapidez y una prestancia que dio al castigado grupo, un empujón anímico que revivió la fiesta. En un momento corrimos las sillas y empezó el baile. Víctor, su mujer Sonia y su suegro Emilio se fueron enseguida. Tío Ricardo con su familia se quedó y entre tema y tema, con un micrófono decía cualquier disparate con gran aceptación y risas de los invitados. Había hasta luces de colores que daban vuelta. Mi padrino bailaba con su mujer. Mis viejos bailaban felices, con pasos para nada a la moda. Yo en la mesa de los niños con Rolo y Ezequiel, íbamos armando la lista de temas por venir y a veces le cortábamos el micrófono a Riki durante sus intervenciones y nos reíamos cuando el miraba el aparato con curiosidad y no entendiendo el motivo de la interrupción.  La tía, sentada en la cabecera de la mesa, conversaba cruzada de brazos con Hugo y con Beatríz y con Susana. 
  En determinado momento, como a la una, llegó una segunda ola de invitados. Pibes mas jóvenes, que eran amigos de los adolescentes de la familia. Análogos a los amigos que yo mismo tenía y que venían a veranear o que vivían todo el año en el pueblo. Fue entonces que la vi, que la volví a ver. Inmediatamente la reconocí por el color de su pelo, un castaño muy rojizo que, la última vez que lo vi, iba sobre la cabeza de una niña flaca y alta que estaba en segundo de liceo y aun no había desarrollado tetas, y que ahora, más de 15 años después era un ángel venido a la Sierra. Mi corazón, con la guardia baja por la sensación de máxima contención que me daba el seno familiar, dio un vuelco sin fondo. 
  Valeria era la nieta de Alfonso, íntimo amigo de mi difunto abuelo Diego Monteiro. Alfonso estaba con mi padrino, tomando whisky y fumando entre pieza y pieza de baile. El viejo tenía 74 años y Nuria, su esposa, tenía más de 300, a juzgar por su apariencia. Aunque jamás se cansaba de bailar. Siempre se esforzaba en recordar a mi abuelo y las innumerables anécdotas que junto a él protagonizó, más de 4 décadas atrás.
   Ella vino con 3 amigas de su edad. Todo el que conozca el pueblo sabe que si hay fiesta en lo de Olga, lo mejor siempre es ir. También vinieron otros amigos de mi primo Ezequiel y se sentaron en la mesa chica. Me levanté y aun con la cantidad de vino en sangre que tenía, de la mesa grande agarré tres cuencos vacíos y tras lavarlos en la cocina, los llené con la ensalada rusa, la capresse y un poco de pan cortado con la mano. Lavé una tabla y sobre ella piqué dos chorizos y varios cortes de un queso semiduro que era un infierno. Le adicioné un puñado de aceitunas y cargue todo hasta la mesa sin trastabillar. 
- No ves, pavo? Que mientras te estás rascando la barba yo fui y vine y te armo tremenda mesa de la nada.
- Uy! Que bien que estuviste Jernancito. Me entró como un bajón, sabés. Lo que te faltó, eso sí y perdoname que te lo diga así, fue una botellita de vino y unas copitas para los muchachos. No sabés que primero se baja la bebida?.
- Por qué no te vas a la puta que te parió, primo.
- Ta, ta. Deja que yo voy - dijo el Eze y se levantó. 
 Rolo y yo nos quedamos charlando con los pibes mientras sonaba por el parlante la canción "Una Cerveza" de Ráfaga. No podía dejar de mirar, con disimúlo de borracho, a Valeria, que le había traido un regalo a la tía y la tía la abrazaba en un agradecimiento genuino y sonriente. Un juego de 6 platos cuadrados. Qué amor. 

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